Derechos Humanos, Historia

La tumba está vacía: Del asesinato a la manipulación de Monseñor Romero

Monsenor Romero. VoxBox.

Derechos Humanos.- Hace 39 años, Romero regresó abatido y desconsolado del Vaticano. El entonces arzobispo de San Salvador se había reunido con el papa Juan Pablo II para mostrarle las pruebas que tenía sobre la persecución contra sacerdotes y católicos laicos en El Salvador, pero el pontífice apenas y las valoró. El papa, más bien, reprendió al arzobispo por mantener una relación tensa con el gobierno de su país. Los testimonios de las personas cercanas a Romero coinciden en que esa reunión dejó al arzobispo desahuciado y con los ojos llenos de lágrimas.

Este domingo 14 de octubre Romero regresa al Vaticano. Tras años de difamación, calumnia, manipulación electorera de su imagen y una impunidad vergonzosa de su asesinato, monseñor Romero será confirmado como un santo. Confirmado, porque para el pueblo que defendió hasta morir, siempre ha sido santo.

Esa tumba cerrada podía significar como un fracaso de la redención y de la resurrección de Cristo y, sin embargo, era el signo de una esperanza; nuestros muertos han de resucitar y las tumbas de nuestros muertos que hoy están selladas con el triunfo de la muerte, un día también serán como la de Cristo: tumbas vacías. […] Mientras tanto, hay que luchar, hay que trabajar para que el mensaje de esa tumba vacía de Cristo ilumine de esperanza todo nuestro trabajo en la tierra.

Diario personal del beato y mártir Óscar Romero, abril de 1978.

Así es el destino de los profetas.

Sixto e Irma Pacas son dos católicos laicos que alcanzaron un cupo para ir al evento en Roma. No fue sencillo, porque son entre USD 1,500 y USD 3,000 los que se debían invertir para ir. Ellos están en el grupo 60. Las monjas que dirigen una entidad privada les dieron la oportunidad de afianzar un puesto. Irma es sobreviviente de cáncer y también pidió a Romero que le ayudar a salir de su crisis. Ella tiene sus orígenes en Chapeltique, municipio de San Miguel, cercano al pueblo natal de Romero. En tanto, Sixto ha sido seguidor de Romero desde los setenta.

Sixto e Irma Pacas. Fotografía de Lourdes Quintanilla.
Sixto e Irma Pacas. Fotografía de Lourdes Quintanilla.

“Quien anuncia la palabra del Evangelio y, al mismo tiempo, denuncia las injusticias que están pasando, es un profeta”, dijo Sixto. “Eso fue monseñor Romero. Y él hasta tiene características que no tienen otros santos”, insistió. Una de ellas, dijo, es que el mensaje y la obra de este salvadoreño superaron las barreras que usan diferentes credos para separarse. La voz del mártir de América permeó en la iglesia anglicana y también en la evangélica. Pero, además de eso, el teólogo jesuita Jon Sobrino aseguró que los agnósticos reconocen el legado del beato y, hasta ahora, las manifestaciones de respeto fuera del cerco del catolicismo no han cesado.

Pero, además, lo han visitado en su cripta el expresidente estadounidense Barack Obama (2011) y los miembros del grupo de heavy metal Iron Maiden (2016).

En el grupo que irá a la canonización están alrededor de 5,000 peregrinos que viajan desde El Salvador. En total, se esperan cerca de 70,000 personas porque vendrán de otros sitios —Australia incluido—.

Cardenal Gregorio Rosa Chávez oficiando misa en la Catedral de San Salvador. Fotografía de Lourdes Quintanilla.

 

Breve historia de Romero

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, San Miguel. Desde que era niño, según recoge la escritora cubana María López Vigil, manifestaba sin reparos sus deseos de ser sacerdote.

Sobre la vida de él hay incontables libros, folletos, blogs y videos. El impacto que ha tenido su práctica pastoral data desde antes del crimen que le quitó la vida.

Romero estudió con la orden de los claretianos y con los jesuitas durante seis años. En 1942, a los 25 años, fue ordenado sacerdote. Estaba estudiando en Roma, pero tuvo que regresar porque la Segunda Guerra Mundial representaba un peligro. Ya en El Salvador, estuvo como párroco en Anamorós (La Unión) un corto tiempo y luego estuvo en San Miguel por aproximadamente 20 años. Desde entonces lo recuerdan como una persona sencilla, generosa y que no gustaba de los lujos.

En abril de 1970 lo designaron obispo auxiliar de Luis Chávez y González, que era el arzobispo metropolitano. Ahí coincidió con Arturo Rivera y Damas. Luego lo asignaron como obispo de Santiago de María y asumió en diciembre de 1974.

Los cambios continuaron. Las autoridades eclesiásticas lo eligieron como arzobispo de San Salvador en 1977 y asumió el cargo el 22 de febrero de ese mismo año. Un mes después, asesinaron a su amigo, el sacerdote jesuita Rutilio Grande, junto a dos campesinos. Grande había sido amigo personal de Romero y su muerte le dolió profundo. Así lo expresaba en sus diarios y frente a los amigos. El sacerdote jesuita, que había renunciado a su trabajo anterior para dedicarse a las comunidades, fue un punto de no retorno para el arzobispo. El crimen contra Grande sigue impune.

Como la muerte violenta de Rutilio Grande hubo otros homicidios contra sacerdotes, como Alfonso Navarro, Octavio Ortiz, Rafael Palacios, entre otros. Los asesinatos los atribuían a las fuerzas de seguridad, incluso de grupos de exterminio. La insurgencia estaba llegando a su máximo punto de tensión con los militares, pero las comunidades católicas y rurales quedaban en medio, vulnerables. Romero estaba devastado y se angustiaba. Sus homilías reflejaban el cambio.

… ¡La ciudad de Dios que baja para darle santidad a los hombres, para liberarlos de resentimientos, de odios, para quitar de sus manos armas homicidas! No tendríamos que lamentar historias tan tristes como el saldo que nos deja esta semana: un canciller asesinado, un sacerdote acribillado a balazos en su propia casa, un niño que no tiene culpa también con los sesos echados afuera por la bala homicida. El odio, la campaña difamatoria, como si la Iglesia tuviera la culpa de todo ese desorden. – Homilía de mayo, 1977.

Sus homilías lo llevaron a ser sujeto de amenazas. Pero, además, él visitaba a las comunidades y solía convivir con las familias. Marcó distancia con el gobierno y con la guerrilla. Junto a él permanecía un reducido grupo de sacerdotes y otros personajes de confianza, como Ignacio Ellacuría, Héctor Dada Hirezi, Jon Sobrino, Rafael Urrutia, José Simán, por ejemplo. También instituyó el Socorro Jurídico, para ayudar a las víctimas que no podían pagarse los servicios de representación legal de otra manera.

Así comenzaron las difamaciones que llegaron hasta Roma. En unas entrevistas, Romero dejó claro que estaba preparado para morir, pero que no renunciaría a su labor.

Irma recuerda que Romero “anduvo defendiendo a la gente que no podía hablar por otros medios. Él ayudaba como podía para encontrar a los desaparecidos”. Ella considera que su defensa fue escribir y grabar sus diarios, para dejar claro que no estaba politizando ni arengando. Su esposo también tiene presente esa época. “Él era convincente. Uno sabe distinguir cuándo es demagogia y cuándo sale del corazón. Romero mostró ese valor de anunciar el evangelio. Nunca me perdía las homilías”, comentó Sixto. “Somos testigos que fue un hombre de fe, de oración”, remarcó.

Para entonces ya era una personalidad. El parlamento británico lo nominó para el Nobel de la Paz (1979) y la Universidad de Lovaina le otorgó el doctorado Honoris Causa (febrero de 1980). En esos días fue la visita a Juan Pablo II que lo dejó con sensación de abandono.

El 23 de marzo de 1980, Romero dio uno de sus mensajes más contundentes, a fuerza de ser claro y directo. Se dirigió a los miembros del Ejército y de las fuerzas de seguridad. Se dirigió, con énfasis, a quienes ordenaban matar:

En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo, cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!

Fue la última homilía que Romero dio desde la Catedral Metropolitana. El lunes 24 de marzo de 1980, alrededor de las 6:30 de la tarde, un francotirador disparó con precisión al corazón de monseñor Romero en medio de la misa que celebraba en la capilla La Divina Providencia. Tenía 62 años.

Fotografía de Lourdes Quintanilla.
Fotografía de Lourdes Quintanilla.

Su cuerpo no resistió la herida, pero su obra y su mensaje alzaron el vuelo definitivo.

Sixto recuerda ese día. Eran sus tiempos de estudiante en la Universidad de El Salvador y escuchó que anunciaron por los altavoces del campus lo que estaba sucediendo. “Había confusión. Era difícil creer que algo así había pasado”, dijo Sixto.

El caso tuvo nulos avances en cuanto a condenas y capturas, hasta 1984, según el relato de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. En 1985 se reactivó y fue hasta 1987 que intentaron enjuiciar al capitán Álvaro Saravia, uno de los que planificó el crimen junto a Roberto D’Aubuisson. Pero Saravia ya había salido hacia Estados Unidos, donde vivió por años.

El doble martirio

Durante la guerra y en los primeros años de la posguerra, la imagen de monseñor estuvo dañada por la polarización en El Salvador, así como por la reticencia de los propios obispos a reconocer el impacto que tuvo la cercanía de Romero con las comunidades de los más desfavorecidos, de los que rechazaban la violencia. Héctor Dada Hirezi —de larga trayectoria en el sector público y quien fue cercano al mártir—, explicó en la revista Factum que “hay documentos de movimientos guerrilleros rechazando la actitud de monseñor Romero, de respaldo a la primera junta (la Junta Revolucionaria de Gobierno)”, que abrió la participación a los civiles en la presidencia.

Después de que un grupo de militares derrocó al presidente Carlos Humberto Romero (1977-1979), la junta intentó prevenir un recrudecimiento de la violencia, que ya había alcanzado niveles alarmantes. Una salida pacífica para el profundo descontento por la pobreza y la desigualdad. No fue posible. Los antagonistas —militares, fuerzas del orden, paramilitares y dirigentes de la guerrilla— tenían la franca intención de irse por las armas. Entonces, los miembros civiles de la junta, incluido Dada Hirezi, renunciaron uno a uno. Romero, ya en su posición de arzobispo de San Salvador, intentó mediar, pero tampoco logró frenar la marcha a toda velocidad hacia la guerra salvadoreña, que dejó entre 75,000 y 80,000 muertos, cientos de miles de desaparecidos, más un deterioro económico que no se ha logrado superar.

Luego del crimen y del recrudecimiento de la guerra, la figura de Romero aparecía como un bálsamo para el dolor de los que padecían la peor consecuencia. En esos días fue que apareció el texto de Pedro Casaldáliga, “San Romero de América” y la frase que pervive: “el pueblo te hizo santo”.

Jon Sobrino, teólogo español que ha vivido por décadas El Salvador, mencionó en un artículo editorial que publicó en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas en El Salvador que la “canonización popular” es lo que da sentido a la canonización oficial. “Ambas responden a distintos ámbitos de realidad y ambas son necesarias, pero no son lo mismo. Lo fundamental y primigenio es el conocimiento que tiene el pueblo”.

Las religiosas que cuidan el sitio donde Romero se hospedaba, el hospitalito de La Divina Providencia, saben que nunca se separaron de él. Rubí Lemus, hermana de las misioneras de la Madre Teresa, lo explica con estas palabras: “es una gracia especial. Que ahora sea canonizado, que sea nuestro santo, nos permite tenerlo mucho más cerca (…) No pertenece solo a unos, sino que pertenece a todo el mundo: su voz, su legado, siguen presentes. Siempre estuvo aquí. Eso es lo que más nos marca […] y esa es la certeza que tenemos. Que monseñor sigue estando aquí con la congregación y con el hospital”, agregó.

El sucesor de Romero al frente de la Iglesia católica salvadoreña, monseñor Rivera y Damas, comenzó la moción para encaminar a Romero hacia la santidad bajo los términos del Vaticano. El 24 de marzo de 1990, cuando se cumplieron 10 años del magnicidio, Rivera y Damas dio el primer paso para convertir en realidad un esfuerzo que, en aquellos días de fratricidios y persecución, más parecía una quimera. Designó a Rafael Urrutia, actual canciller del arzobispado, como el Postulador de la Causa —aunque Urrutia comenzó a dedicarse a esta misión desde 1988—.

Jon Sobrino: “Canonizar a un difunto, o difunta, cuya vida y muerte han cumplido ciertas reglas, se le declara bien arreglado… Y si le quieren canonizar, ¡que le canonicen! Pero que no piensen que lo canonizan porque ha cumplido las reglas. El pobre que no hizo milagros, ¿qué vamos a hacer?”.

Rivera y Damas ejerció como obispo de Santiago de María (Usulután) cuando Romero era arzobispo y fue uno de los pocos que lo apoyó en vida y después de que lo asesinaron. Incluso fue de los primeros en admitir, en público, que su antecesor fue objeto de acusaciones falsas. Rosa Chávez, un obispo leal y fiel a Romero, fue otro de sus defensores y quien comenzó, con Ricardo Urioste, a difundir la importancia de su legado.

En marzo de 1993, la Comisión de la Verdad publicó su informe sobre los crímenes cometidos por las fuerzas gubernamentales y por la insurgencia durante la guerra. Era un comité formado por expertos que había seleccionado la Organización de las Naciones Unidas. En ese documento, los investigadores concluyen, a partir de las pruebas, que había sido Roberto D’Aubuisson, el exmilitar y cofundador de Arena, uno de los que preparó y ordenó el asesinato de Óscar Romero. Menos de una semana después de que hizo público el informe, los diputados aprobaron la Ley de Amnistía, que impedía investigar los crímenes de guerra cometidos desde 1980 hasta 1992.

Un año después, el 24 marzo de 1994, la solicitud para iniciar la causa de la canonización se hizo con un decreto que establecía varias formalidades para profundizar en el sustento de la causa. Ya a partir de ese momento, Romero había subido el primer escalón y se consideraba siervo de Dios.

Ese año también tocaron elecciones presidenciales —Arena se encaminaba al segundo de sus cuatro períodos—. Un par de semanas antes, en una homilía que retomó Sobrino, monseñor Rivera y Damas lanzó unas duras palabras: “Cómo se puede votar pensando en el futuro, si se pasa por alto quiénes son los asesinos de monseñor Romero y quién organizó el complot contra su vida y dio la orden de matarlo […] Lo quieran o no, la sombra de este crimen sacrílego persigue a quienes, aun después de catorce años, siguen impenitentes idolatrando al hombre que quiso resolver los problemas de El Salvador a sangre y fuego”. Desde el Vaticano comenzó a dar seguimiento a esta causa un cardenal, reconocido por su profundo conocimiento de aspectos doctrinales, llamado Joseph Ratzinger.

Durante una entrevista que concedió a un semanario digital, Urrutia explicó que no tenía la experiencia requerida para mantener una causa de esa magnitud en marcha cuando Rivera lo designó. Tampoco recibió apoyo por parte de las autoridades eclesiásticas: “el nuncio de turno me dijo que Romero no era su problema y que no quería saber nada de él”, detalló en esa entrevista, pero no especificó el nuncio de qué año. Jesús Delgado, que había sido asistente de Romero cuando era arzobispo, trabajaba junto a Urrutia.

La conferencia episcopal salvadoreña estuvo dividida alrededor de la figura de Romero en esos años. El obispo de Santa Ana, Marco Revelo, fue uno de sus críticos más conocidos. El libro del periodista Roberto Valencia indica que ya existía algún rechazo de los feligreses contra Revelo porque no apoyó, ni antes ni después que lo mataran, a Romero.

Es en este contexto que llega la segunda visita del papa Juan Pablo II a El Salvador, en 1996. De hecho, durante este segundo encuentro, el papa fue a la tumba del arzobispo y se arrodilló a orar frente a ella.  Sobrino relata en su artículo que en este segundo encuentro “el papa preguntó a los obispos qué pensaban de la canonización de monseñor”. Esto es porque los obispos son como el filtro de información para los papas, sus testigos en el territorio. Sobrino prosigue: “el entonces presidente de la Conferencia Episcopal respondió que monseñor Romero había sido responsable de 70,000 muertos”. Ese año, según se puede consultar en la página web oficial de la Conferencia, Revelo era el presidente de la conferencia episcopal.

El siguiente año (1997) terminó el proceso local para fortalecer los cimientos de la canonización y se envió todo el material a Roma, a la congregación de las Causas de los Santos. El obispo Vicenzio Paglia tomó la misión sobre sus hombros desde esa fecha. Paglia, además, es uno de los fundadores de la Comunidad San Egidio, que ha respaldado por años la canonización de monseñor Romero.

Fuera de El Salvador, había otros opositores a que Romero tuviera un lugar en la lista de los santos: Alfonso López Trujillo y Darío Castrillón Hoyos, dos cardenales colombianos con mucho poder de influencia en Roma. Los dos han fallecido ya. El bloqueo histórico de los miembros de la curia fue proporcional a la persistencia de los fieles seguidores de Romero, de Paglia y de los nuevos obispos salvadoreños, que poco a poco sustituían al grupo anterior.

En términos prácticos, hizo falta que los obispos detractores del mártir cedieran espacio a los religiosos que celebraban su legado. José Luis Escobar Alas, arzobispo de San Salvador, así lo sugirió a VoxBox. “(De) los obispos que estaban con monseñor Romero (sus contemporáneos) ya no existe ninguno. Ninguno. A los que él se refiere, no existen. Ya no están. Los obispos que están ahora, sinceramente, estamos totalmente a favor de la canonización y estamos sumamente contentos”, comentó Escobar Alas.

“Eran otros obispos que, por una razón u otra —yo no los voy a juzgar— no estaban a favor de la canonización. Algunos decían que ʽmás adelante sí, pero en este momento noʼ y otros no querían. Y lo bloqueaban. Pero yo digo que ese era un reflejo de la sociedad, que también estaba bloqueando. Hay que decir: muchas personas estaban bloqueando”, agregó Alas.

Y mientras la canonización entraba en la etapa más delicada en Roma, surgían otras señales. En 1998, en Londres (Inglaterra) se inauguró el monumento a los Mártires del Siglo XX, en la abadía anglicana de Westminster. Ahí, Romero comparte espacio en el homenaje junto a Martin Luther King y Wang Zhimming (misionero cristiano de China), más otros siete personajes. Entonces, mientras la misma iglesia a la que se dedicó revisaba una y otra vez su legado con el más severo filtro, los anglicanos ya consideraban la muerte de Romero como un atentado contra la fe.

Fotografía de Lourdes Quintanilla.
Fotografía de Lourdes Quintanilla.

Un santo salvadoreño

En el 2000, Juan Pablo II decidió celebrar un jubileo. Entraba ya el siglo XXI, el tercer milenio desde que el cristianismo se convirtió en la medida de la historia. Ese año, el papa agregó con su puño y letra el nombre de Óscar Romero en la lista de los Nuevos Mártires de la Iglesia, porque la curia no lo había incluido. En este punto, Paglia y los demás promotores de la causa seguían encontrando grandes obstáculos, continuas difamaciones para evitar que la canonización del Siervo de Dios no se diera. No solo de cardenales, sino que también de funcionarios de gobierno del segmento más conservador de la derecha salvadoreña. Poco ayudaba el hecho de que los voceros mejor conocidos de la izquierda usaban su imagen —y solo su imagen— para propaganda. Pero, con todo, la causa avanzó.

En 2005 falleció el papa Juan Pablo II, durante la celebración de la Semana Santa. Tras una larga deliberación, en el Vaticano los cardenales eligieron a Ratzinger como nuevo jefe de la Iglesia católica en el mundo, y tomó el nombre de Benedicto XVI para ejercer. Entre ese año y el siguiente, desde la congregación de la Doctrina de la Fe en el Vaticano aún esperaban definir si Romero había sido asesinado por motivos religiosos o políticos. Contra todo pronóstico, asomaba el optimismo para redimir la obra del arzobispo asesinado.

“No avanzó mucho con él (papa Juan Pablo II), hay que decirlo. Fue con el papa Benedicto XVI que se desbloquea y ha sido el papa Francisco el que lo lleva a los altares”, explica el arzobispo Escobar Alas.

Fue Benedicto XVI quien logró acelerar un poco más el proceso. Durante un viaje a Brasil en 2007 para una reunión con otros religiosos se refirió al obispo salvadoreño, en público, como un hombre de fe y que luchó “por la paz y contra la dictadura”. Las condiciones de su muerte y su obra dejaban poca duda, explicó Ratzinger, pero era precisamente la instrumentalización por parte de la izquierda extrema lo que propiciaba que un grupo de cardenales siguiera pidiendo dilatar, o en todo caso detener, la causa.

Quienes intentaron apropiarse de la imagen de Romero para ganar simpatía entre los votantes llegaron al poder en 2009. Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén, bajo la bandera del FMLN —partido de la exguerrilla— dieron la primera presidencia para la izquierda en El Salvador. Funes presumía de tener al mártir como un modelo en su vida. Le agregaron el nombre de Romero a diferentes infraestructuras y agregaban sus retratos. Pero fue Funes quien regresó los militares a las calles y ha sido con el FMLN que la Fuerza Armada recuperó un poder que había estado perdiendo poco a poco. Aunque tuvieron la oportunidad de ayudar a resolver los crímenes de guerra en tribunales internacionales, se cruzaron de brazos. Bajo la administración de Sánchez Cerén es que organismos internacionales de Derechos Humanos han advertido que en El Salvador ocurren ejecuciones extrajudiciales por parte de las fuerzas de seguridad. Impunidad y abuso de la fuerza: dos faltas graves que Romero criticaba con dureza.

30 años después del magnicidio, en 2010, los obispos se dirigieron a Ratzinger para abogar por el proceso del pastor salvadoreño asesinado. Así lo explicó Escobar Alas. “Cuando se cumplieron 30 años del martirio de monseñor Romero… Con ocasión de los 30 años, le pedimos al papa que se desbloquee la causa, que se lleve a la canonización y la firmamos todos, por primera vez. Ya en tiempos del papa Benedicto”, detalló Escobar Alas. La división interna alrededor del arzobispo asesinado se había diluido.

Finalmente, Benedicto XVI le dijo a Paglia, en diciembre de 2012, que la causa por la beatificación de Romero superara una etapa más. Para ese entonces, Paglia había sustituido a López Trujillo en el Consejo de la Familia dentro del Vaticano. Desde ese momento, ya eran imparables.

Ratzinger renunció al cargo en febrero de 2013. Para sorpresa de todo el mundo, los cardenales eligieron a Jorge Bergoglio, de nacionalidad argentina y vocación jesuita, como el nuevo papa. Bergoglio eligió llamarse Francisco para ejercer.

Poco tiempo después de asumir el máximo cargo en el Vaticano, el 3 febrero de 2015, Francisco aprobó el decreto en el que afirmaba que Romero murió asesinado por odio a la fe; por tanto, es un mártir. Con este cambio ya no era necesario atribuirle un milagro al arzobispo para proceder a la beatificación. En marzo de ese mismo año, Paglia reveló que la beatificación se celebraría el 23 de mayo. El lugar elegido fue San Salvador.

Ese día se reunieron los representantes de las dos fuerzas políticas que, o difamaron a Romero, o manipularon su imagen a conveniencia. Estaba, incluso, el hijo de D’Aubuisson. Durante la ceremonia, el prefecto de la Congregación de los Santos, Ángelo Amato y el promotor de larga trayectoria, Paglia, enfatizaron el papel de Romero como pastor: su dedicación a los pobres, a los que nadie quería escuchar pero sí oprimir. Sus fuertes críticas al abuso de la fuerza, a la dictadura y la salida por la violencia. Es decir, los mensajes y la práctica pastoral de Romero que lo aislaron y lo condenaron al martirio.

En octubre de ese año un grupo de 500 salvadoreños visitó al papa Francisco en Roma para agradecerle por llevar adelante la causa. En esa ocasión, Francisco señaló cómo el martirio de Romero se extendió por el tiempo. “El martirio de monseñor Romero (…) fue también posterior porque una vez muerto -yo era sacerdote joven y fui testigo de eso- una vez muerto fue difamado, calumniado, ensuciado. Su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado”, dijo entonces. “Después de haber dado su vida siguió dándola, dejándose azotar por todas esas incomprensiones y calumnias”, agregó. Él mismo había escuchado esos comentarios contra el mártir.

También ese año, Jesús Delgado fue acusado de haber abusado de una menor de edad en los ochenta, desde que la niña tenía nueve años hasta que cumplió 17. La Iglesia le retiró sus funciones administrativas y eclesiales, de manera que uno de los promotores históricos de la causa de Romero, y que incluso fue su asistente, pasó a un lado.

Ya a esas alturas sí era necesario que en el Vaticano aprobaran un milagro atribuido a monseñor Romero para declararlo santo. Los milagros confirman que la persona está en contacto con Dios, al mismo tiempo que se puede comunicar con los creyentes. Los obispos enviaron entre tres y cuatro casos. Fue hasta marzo de 2018 que el papa Francisco anunció que se admitía el caso de Cecilia Flores y su esposo, Alejandro Rivas.

Sixto e Irma conocieron a la pareja del milagro. “La mamá del esposo fue amiga de monseñor Romero. A las 2:30 de la madrugada de septiembre de 2015, él se dispuso a orar y fue que, de la Biblia, cayó una estampa de monseñor Romero”, cuenta Pacas. Le pidió a Romero que lo ayudara a sacar a su esposa de una crisis severa. Estaba inflamada, padecía el síndrome de Hellp y tantas dolencias que hasta le afectaban el hígado, los pulmones… Las posibilidades de librarse de esa crisis eran pocas, pero sucedió. “Justo en la madrugada comenzó la recuperación”, comentó Sixto. Entre octubre 2017 y marzo 2018, el caso de Cecilia y Alejandro pasó los tres filtros necesarios y, el 7 de marzo de 2018, el papa Francisco firmó el decreto para aprobar la canonización de monseñor Óscar Romero, beato y mártir de América. En mayo se anunció que el evento de la canonización sería en la misma fecha que para Paulo VI, un pontífice que dio apoyo y consuelo a Romero.

Este medio intentó contactar con monseñor Urrutia por diferentes vías para conocer más detalles del proceso, pero no fue posible conseguir un espacio en su agenda al cierre de esta nota.

“En Roma se encontrarán con un aroma de Romero que inunda toda la ciudad y cuando el papa proclame santo a don Óscar Romero, ese aroma inundará el mundo entero”, dijo Rosa Chávez, ordenado cardenal en 2017 y asesor de Francisco. Es el primer cardenal salvadoreño y el primer obispo auxiliar elevado a esa categoría. Él mismo atribuyó su nombramiento al mártir que tanto admira. “Hoy estamos unidos a todos los peregrinos; porque hoy, todos los caminos llevan a Romero: en Roma”, agregó el cardenal.

Mientras que Escobar Alas mencionó: “Ahora vamos a la canonización todos los obispos. Todos los obispos. Entonces, cuando usted ve documentos y ve que los obispos estaban opuestos, no somos nosotros, sinceramente. No somos nosotros, son otros. Yo ya dije que no voy a juzgar, porque ya hay quien los juzgue: la historia misma”.

La tumba de Romero ahora está vacía. Es una metáfora. Después de haberlo martirizado incluso ya muerto, después de denigrar su imagen por motivos políticos, el mártir de América sigue vivo.

Es muy fácil matar, sobre todo cuando se tienen armas, pero qué difícil es dejarse matar por amor al pueblo. Homilía de mayo 1977.

“Después de 38 años del asesinato de monseñor Romero, sigue viviendo la injusticia social en gran envergadura. (…) Por eso es de desear que la figura de Romero sea conocida por todos. Que haya asignaturas en los distintos grados de la escuela, del bachillerato, para que se conozca a monseñor Romero y que su enseñanza se lleve a la práctica”, expresó Escobar Alas.

“Y aquí tenemos una tarea grande todos: Romero es un santo exigente. Es un santo incómodo. Nos descoloca, nos cuestiona. Nos obliga a reconocer que somos mediocres y cobardes. Nos invita a tener un espíritu martirial, de testigos radicales que saben ir contracorriente”, aseguró el cardenal Rosa Chávez en la misa de envío a la canonización.

Fotografía de Lourdes Quintanilla.
Fotografía de Lourdes Quintanilla.

VoxBox.-

Artículo previoSiguiente artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *