Edwin González

Dedicado a oficios y emprendimientos inútiles. Síndrome de Fausto. Escribo porque sí, por las dudas y por compulsión.

Stanley Kubrick, el hombre que caminó por el sendero de la gloria

Stanley Kubrick. VoxBox

Stanley Kubrick solo puede ser vilipendiado o elogiado. Quien pretenda ser indiferente o ignorarlo, solo porque sí, es porque tal vez no dimensiona bien su figura.

“Solo hay un Stanley Kubrick. Creo que es inimitable”.
Christopher Nolan

Opinión.- Para un cinéfilo no es difícil pensar en Stanley Kubrick y tener sentimientos encontrados. ¿Demasiado aparente sentido del rigor? ¿Su visión era demasiado abierta o cerrada? ¿Fue innovador o dogmático con la técnica?

También ocurre que poco a poco el ámbito académico le ha ido dando un lugar, sumado a lo propio que hacen los libros de historia, críticos, cinéfilos, blogueros y todos los interesados en su obra. Es normal verlo citado a la par de otros grandes como Hitchcock, Bergman, Orson Welles, Fellini, Luis Buñuel o Truffaut. Naturalmente en cuestión de cine nada hay escrito, y mientras para unos es un director revelación en su área, para otros su trabajo será apología de la vulgaridad. En este tiempo de relativismo es normal enfrentarse a admiradores y detractores. Y sobre todo con un hombre como él, de quien se sabe que era de trato muy difícil.

¿Por qué era tan difícil trabajar con Stanley Kubrick?

En este artículo trataré solo con mis propias impresiones: para eso me puse a ver todas las películas en orden cronológico, y traté de ponerle nombre y apellido a mis propias experiencias. No será ni la mejor ni la peor, y en ningún momento pretendo que sea la verdad de este mundo. El universo de Stanley Kubrick me resulta inabarcable, y este espacio no da para escribir todo lo que quisiera expresar. Así que la primera advertencia es la más obvia: esta es mi opinión, con base en mi conocimiento limitado del mundo, y usted estará en su derecho de no concordar. La segunda advertencia es que esto tendrá spoilers.

Por otra parte, la experiencia de ver en orden cronológico todas las películas de Stanley Kubrick me hizo sentir que en cada uno de sus filmes buscó alcanzar la obra maestra. Siento que cada aspecto en el que se involucró nos muestra su afán de perfeccionismo, su deseo de presentarnos una historia con fondo, con una propuesta digna de las más exquisitas discusiones.

Para ahorrarle la wikipediada, traigo para usted un cuadro resumen con los filmes comentados, el año de estreno, la edad que tenía Stanley Kubrick cuando salió cada película y los orígenes de cada realización, para que pueda poner en perspectiva cada uno de los aspectos que usted pueda inferir de su propio conocimiento: cuáles eran las tendencias de ese tiempo, cuáles son los acontecimientos históricos destacados, por qué tiene mérito uno u otro trabajo en relación con su edad, etc. Para bien o para mal, los datos en frío nos proporcionan información que a veces no imaginamos en principio.

De igual manera, me pareció pertinente incluir las calificaciones de tres de las más reconocidas páginas que se dedican a recopilar las ponderaciones de miles de usuarios. Esto nos da también un parámetro de cómo en general la gente percibe los filmes de Stanley Kubrick. Espero que usted pueda servirse de esta información.

Para cada tiempo en el que sacó sus filmes, la edad y el cine del momento, Stanley Kubrick nos muestra que su incursión fue oportuna y demoledora, en cuanto a lo que Hollywood nos ofreció. Su ponderación en los principales sitios también son un parámetro de resultados y aceptación de miles de espectadores. Dicha importancia se acentúa más, si tomamos en cuenta que Kubrick pateó una línea muy delgada entre su visión de director e independencia, y lo que podían exigirle los estudios con los que trabajó: constituye un mérito por sí mismo, lo veamos por donde lo veamos.

Stanley Kubrick no realizó estudios universitarios, y se tiene noticia de que fue un estudiante promedio hasta la secundaria. Su pasión por la fotografía y la admiración hacia el cine europeo han despertado una serie de debates sobre sus posibles influencias. Hasta la fecha son muchas las suposiciones al respecto. Pero lo que está claro es que su conocimiento de mundo, su enciclopédico saber de la fotografía, su actitud melómana y el ajedrez, fueron claves para formar su temple y concepción del saber hacer. En todo caso, sus grandes influencias no tuvieron que necesariamente provenir de otros cineastas.

Desde la siempre reduccionista generalidad, se acusa a la mayoría de filmes de Stanley Kubrick de ser fríos y lejanos, que la historia a veces impera tanto, que va en detrimento de los personajes. Es decir, el relato nos es representado como si cada personaje fuera nada más que una bacteria estudiada en una placa de Petri. Sin embargo, no es una exageración afirmar que en la totalidad de su filmografía intentó abarcar todos los aspectos de la experiencia humana. Dramático o no, el mérito de su tesis y visión de mundo es válido.

Sus películas exigen mucho por parte del espectador, y prefiere que saquemos nuestras propias conclusiones de las situaciones presentadas, en lugar de solo brindarnos una opinión. Stanley Kubrick es meramente visual, por lo que podríamos denominarlo cine en estado puro, tal y como fue en sus albores y en sus mejores momentos de la historia.

Pero sobre todo, tal como veremos en el comentario de cada una de sus películas, trató de frente muchos de los grandes temas que nos interesan a todos, siendo aquellos que nos causan incertidumbre los que más trató de llevar a buen puerto, independiente del sabor agridulce que cada uno nos dejara al final. El amor, la locura, la muerte, la guerra, la venganza, el odio, la actitud irracional: trató de abarcar mucho de aquello que nos queda grande. Y él no esperaba hacerlo de la mejor manera, sino que nos mostró que precisamente la dificultad de los grandes motivos radica en la imposibilidad de abarcarlo todo, pero que al final tiene mérito el intento, porque son temas universales que no podemos evadir, y que por el contrario, de vez en cuando debemos dejarnos llevar.

Fear and Desire (1953), el pecado pretencioso de Stanley Kubrick

GÉNERO: Drama bélico

SINOPSIS BÁSICA: En una guerra ficticia, en un lugar no identificado, un grupo de soldados se encuentra atrapado dentro del territorio enemigo y tienen que encontrar la manera de salir de allí. Oportunidades y riesgos serán encontrados en el camino.

Aunque el drama resulta efectivo y los diálogos tienen suficiente consistencia, lo cierto es que intentó dotar a la historia de una trascendencia humana y espiritual que no se hace manifiesta, efectiva. Sus referencias culturales en los diálogos requieren de un esfuerzo regular, y hasta uno grande en el espectador no especializado. Eso será una marca importante en casi todo el trabajo del director.

Sin embargo, se debe destacar el aspecto que ya se podía entrever en el futuro trabajo de Stanley Kubrick: un manejo de la técnica cinematográfica impecable. Las tomas, las luces, el uso oportuno del paisaje natural. El planteamiento es bueno y lo innegable es que sí hay historia, a diferencia del cine actual, que apenas hace uso de un par de hilos argumentales. Y al ser una historia precisa y con un guion al menos decente, no es descabellado pensar que algún director visionario lo utilizara para un remake.

Aunque el mismo Kubrick renegaba de esta película, eso no quita que miles de directores quisieran que este fuera su debut y no otro: ya se podía entrever el perfeccionismo y la mística que le imprimiría a su trabajo. Además, desde el principio nos perfila uno de sus más grandes intereses: explorar las implicaturas de los vaivenes de la humanidad en las situaciones bélicas.

Frase interesante: “No tenemos nada que perder, salvo nuestro futuro”.

Killer’s Kiss (1955), tan inconsistente como elogiable

GÉNERO: Cine negro

SINOPSIS BÁSICA: Narra la historia de dos hombres que luchan por la misma mujer, solo que uno tiene más poder y posibilidades, mientras que el otro es apenas un fracasado boxeador.

En mi experiencia personal, me resultó la historia más trillada en todo el trabajo de Stanley Kubrick. No sé hasta qué punto él se sintió a gusto con eso de que el protagonista se salga con la suya y alcance un final feliz.

No tiene coherencia, por ejemplo, que el jefe de los malvados tenga secuaces que son capaces de encargarse del trabajo sucio, pero al final tenga que ser él mismo quien resolviera en una especie de mal duelo final con el protagonista. Y dicho duelo por “la chica” está sobredimensionado, lo cual demuestra que la historia resulta bastante pobre, o que por lo menos se vio en la necesidad de llenar demasiados huecos.

Lo que sí se debe destacar es que ha mejorado notablemente el manejo de los recursos técnicos. Es evidente que aprende de sus errores y es capaz de utilizar con audacia todo lo que tiene a su disposición. Se nota que tenía la intención de experimentar con encuadres y escenarios concretos. Para cuando realiza este filme, ya asimiló casi del todo sus influencias.

Frase interesante: “Yo no lo sabía, pero ya estaba metido en un lío y no me importaba lo más mínimo”.

The Killing (1956) o cómo experimentar con la intriga

GÉNERO: Cine negro

SINOPSIS BÁSICA: Un expresidiario planea minuciosamente lo que él considera un atraco perfecto, eligiendo un hipódromo que ha observado por un buen tiempo. Pero en el camino se encontrará con dificultades que no había imaginado.

El primer punto a elogiar es, en definitiva, el guion. Su entramado narrativo merece un estudio por parte de estudiantes e interesados en cinematografía, además que los académicos deberían de tenerla en cuenta para el análisis estructural.

Eso nos lleva al segundo punto: una historia así de consistente, sumado al género en el que se encuentra circunscrita, solo puede presentarnos un derroche de intriga, muy elogiable para la época (y para la edad del director), de cuyos rescoldos del cine negro comercial, eso sí, no se pudo escapar Kubrick.

En todo caso, es un imperativo acotar que esta es la clase de película que nos asombra por el ingenio, porque todo está fríamente calculado, pero que hasta los imprevistos se suceden con tanta naturalidad, que lo fatal nos puede llegar a parecer como algo marcado a fuego en el orden natural de las cosas. Intriga de la buena.

No sabría distinguir si Kubrick cayó o no en la trampa de sojuzgar moralmente sus personajes, o si fue una forma de autocensura la resolución de la historia. O bien: a lo mejor quería dotar de un signo trágico el absurdo de tomar un camino arriesgado para tratar de resolver los “problemas de la vida”.

Frase interesante: “A menudo pienso que los gángsters y los artistas son iguales a los ojos de las masas. Se les admira y se les venera, pero siempre sienten un deseo de verlos caer cuando están en la cima de su gloria”.

Paths of Glory (1957), el mensaje trascendental y eso de pillarle el truco a la voz y al estilo

GÉNERO: Drama bélico

SINOPSIS BÁSICA: Un ataque del ejército fracasó, desmoralizando así a las tropas. Con tal de no reconocer los errores en dicho ataque suicida, un general hace creer que muchos se acobardaron, por lo que escogerá a tres soldados para fusilarlos frente a todos, como castigo ejemplar.

Kubrick desde sus primeros trabajos se mostró muy dueño de su estilo. Pero creo que es hasta esta película que él realmente dotó de una voz propia, de una propuesta que cualquier espectador puede identificar en verdad como un trabajo de este aclamado director.

Ahora bien, tal vez en su primer intento (Fear and Desire) quería presentarnos los vaivenes de la condición humana durante un conflicto bélico: ahora todo está en su lugar y lo hace efectivo. El juego de la vida militar se nos presenta desde un panorama quizá poco explorado hasta ese entonces. Estamos ante la primera genuina obra maestra de Kubrick.

La historia y los escenarios nos obligan a tomar distancia emocional, a recibir muy a nuestro pesar un escenario crudo y endurecido. Todo eso solo para quebrarnos con un final que nos obliga a poner en balanza dos aspectos humanos irreconciliables: la guerra y la vida misma, lo que entendemos como vida plena, vida de verdad, trastocada ahora por las ambigüedades de un conflicto.

La escena final con la mujer cantando posee un efecto de impresión que la convierte en la escena más conmovedora de toda la filmografía de Kubrick. Y aunque es un terrible spoiler el que acabo de hacer, es importante recalcar que solo viendo todo el filme se llega a comprender esta escena en toda su dimensión.

¿Y el aspecto técnico? No hay nada qué decir. Se nota que tiró la casa por la ventana. A partir de aquí, a nivel técnico, para Kubrick el fin justificará los medios.

Frase interesante: “El juicio contra estos hombres es una burla a la justicia humana. Señores de la Corte, declarar culpables a estos hombres sería un crimen que los perseguirá hasta el día de sus muertes. No puedo creer que el impulso más noble del hombre, su compasión por los demás, esté muerto en esta sala. Les ruego, pues, con humildad, que se apiaden de estos hombres”.

Spartacus (1960) como currículum y demostración de poder

GÉNERO: Épico / Péplum / Cine histórico

SINOPSIS BÁSICA: En una recreación del acontecimiento histórico conocido como Tercera Guerra Servil o Guerra de los Esclavos, el gladiador Espartaco lidera una rebelión contra el Imperio de Roma.

Para la existencia de este filme merecen más crédito Kirk Douglas y Dalton Trumbo, que deben tener su propia historia. Pero atendiendo al papel oportuno de Kubrick como director, al menos hay un par de detalles por agregar.

En su tiempo la novela de Howard Fast gozó de una inmensa popularidad. Además, el cine péplum estaba en su máximo apogeo. Con todas esas circunstancias a favor, Kubrick no desperdició su oportunidad y se tiró de cabeza con un proyecto que terminó convirtiéndose en uno de los largometrajes más sorprendentes de su época, y en uno de los más elogiados de su género en la historia. Toda una demostración de poder y valía.

Pero además logró un equilibro entre su público, pasando de los académicos y buscadores del cine exquisito hacia un público más amplio, que supo apreciar todas sus audacias, y que desde entonces no le perderían la pista cuando apareciera una nueva producción con su firma.

Sin embargo, fue también una película polémica. Sufrió recortes y un par de censuras. Pero las actuaciones de Kirk Douglas y Laurence Olivier, sumado a un gran guion, crearon un hito en la historia del cine. Dos obras maestras al hilo.

Frase interesante: “Cuando un hombre libre muere, pierde el placer de la vida. El esclavo pierde el dolor de la vida. La muerte significa la libertad para el esclavo. Por eso no le teme a la muerte. Por eso ganaremos”.

Lolita (1962), símbolo de la terrible encrucijada del pecado

GÉNERO: Comedia negra / Drama

SINOPSIS BÁSICA: Un profesor de mediana edad contrae matrimonio con su casera, para así poder tener oportunidad de acercarse a la hija adolescente, por la que siente una incontrolable atracción.

Si con el anterior filme creó un poco de polémica, con este nadó en aguas peligrosas. Si la novela de Nabokov sufrió censura en muchas partes, con la película Kubrick estaba dispuesto a arriesgar demasiado.

En esta ocasión no se trataba de un espectáculo de grandes proporciones, pero trajo a la palestra un punto importante: ¿hasta dónde podemos llegar ante la debilidad del pecado y las consecuencias que arrastra consigo el vicio?

Mediante su adaptación libre de la historia de Nabokov, Kubrick nos demuestra la autodestrucción, la degradación moral, la impotencia de cuando despertamos de la ceguera que mantenemos con el velo de nuestras debilidades, independientemente del ejemplo polémico de la cuestión sexual. Y el personaje paga con creces las consecuencias de su obcecación.

Frase interesante: “Lo que me vuelve loco es la doble naturaleza de esta ninfa, de todas las ninfas, quizá: La mezcla que hay en mi Lolita de tierna, soñadora infantilidad, y una especie de vulgaridad inquietante. Sé que es una locura conservar este diario, pero me da una extraña emoción hacerlo”.

Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964) y la inusual forma de hacer comedia

GÉNERO: Comedia negra

SINOPSIS BÁSICA: Un general que está mal de la cabeza inicia una serie de movimientos que desencadenarán un conflicto de proporciones bíblicas. La burocracia y las salas de guerra darán un toque casi surrealista a la resolución del conflicto.

¿Stanley Kubrick haciendo comedia? Si en Lolita fue apenas perceptible, verlo en un filme de forma deliberada con su manejo del humor fue mi primera sorpresa. Y ver que se trataba de humor serio llevado hasta los límites de lo absurdo me resultó en una experiencia caótica: vienen a mi mente las palabras genial y escalofriante. Desconozco si la película escandalizó en su época o fue poco comprendida, aunque no me extrañaría.

No sé si es un filme que Stanley Kubrick apreciara personalmente, pero considero que dentro de su género es uno de los más grandes representantes: una película destinada a su respectivo top histórico. Así que puede considerarse su tercera obra maestra.

Se sabe que la película iba a ir en serio, pero pronto Stanley Kubrick descubrió la comicidad absurda del tema y modificó las premisas iniciales, creando así una de las obras maestras de la comedia negra. Y el importante papel de Peter Sellers sería uno de esos rasgos que le imprimiría el carácter para siempre.

No hay que olvidar que la culpa de la guerra la tiene la libido: Stanley Kubrick lo pensó como pesadilla cómica. Y es curioso cómo lo que Kubrick usó como motivo de humor lo convirtió en tema trascendente y digno de analizar con total seriedad en Eyes Wide Shut.

Frase interesante: “¡Caballeros, no pueden pelearse aquí! ¡Esta es la Sala de Guerra!”.

2001: A Space Odyssey (1968) como búsqueda de la trascendencia del simbolismo

GÉNERO: Ciencia ficción / Drama

SINOPSIS BÁSICA: En un futuro posible, en el año 2001, la humanidad se encuentra con un monolito no identificado, enterrado bajo la superficie lunar. Interpretando las señales y los indicios disponibles, se inicia una misión hacia Júpiter, con el supercomputador HAL 9000 acompañando a los tripulantes.

Es célebre el match cut realizado por Stanley Kubrick, que hasta ese momento fue la elipsis cinematográfica más extraordinaria de la historia del cine: el hueso que vuela de la criatura primitiva (llena de un éxtasis y sabedora de conocer algo que le ayudará a conquistar el mundo), para luego fusionarse con una nave espacial. Millones de años elididos pero simbolizando la historia de la humanidad. El triunfo del espacio, la expansión de los límites.

Esta es una película que de forma deliberaba abunda en silencios para imprimirle un dramatismo también poco explorado hasta entonces. Esto permitió que cada escena se nos antojara llena de simbolismos, que van desde lo nietzscheano hasta lo romántico —en ese sentido artístico y clásico que está pensando—, dejando una multiplicidad de lecturas que van desde el disfrute per se, hasta los razonamientos más sesudos de cualquier experto que quiera abordar el filme.

El mérito del monolito es que cualquier pregunta sobre su causa resulta imposible, por lo que aumenta su expresividad simbólica y poética. Además, Bowman renace como un embrión que es hijo de las estrellas, por lo que renace como un superhombre. Esto puede notarse incluso con el intencional arreglo musical de Así habló Zaratustra.

Los pocos diálogos, las largas escenas con el oportuno fondo musical, cuya mágica ejecución nos hace sentir que la música también es protagonista de la historia, dotan a las imágenes de un efecto surrealista inesperado, sumado a todos sus efectos especiales, dejándonos una multiplicidad de lecturas, una semiosis infinita. El director solo sugiere y no nos impone su juicio de forma directa, permitiendo que el derroche de imágenes nos obligue a interpretar, creando así lazos comunicativos que pueden considerarse como cine en estado puro. Cuarta gran obra maestra y de nuevo dos filmes al hilo.

Esta película ha dado lugar a sesudos estudios. ¿Qué podría agregar? Creo que nadie ha leído o traducido todos los comentarios y críticas existentes sobre este film. ¿Será eso un parámetro para determinar si esta es la gran obra maestra, la opus magnum del legendario director? En cuanto a ese excesivo interés por el público especializado, lo dejo al criterio de cada lector.

Frase interesante: “Ningún ordenador 9000 se ha equivocado, ni ha distorsionado información. Todos somos, bajo cualquier definición, infalibles e incapaces de cometer ningún error”.

A Clockwork Orange (1971) y la explicación del mundo

GÉNERO: Drama / Ciencia ficción / Comedia negra

SINOPSIS BÁSICA: En un futuro posible, de tipo distópico, un líder sádico de una pequeña pandilla es encarcelado, debido a una fechoría en la que todo salió mal. Para tratar de evadir la condena lo máximo posible, acepta formar parte de un experimento que en realidad no saldrá como estaba planeado.

¿Estará de más añadir que es una de las películas más discutidas de la historia y quizá uno de los mejores filmes jamás hechos?

Sin ser demasiado explícita (hay que decirlo: hay miles de películas más explícitas, gore o ultraviolentas), logró herir miles de susceptibilidades, además que desató un nivel de polémica y disgustos que haría que el propio Kubrick pidiera que dejaran de presentarla en Reino Unido, porque incluso recibió amenazas de muerte no solo él, sino también su familia.

Pero dejando por un momento de lado todo eso (además de la eterna discusión de cómo catalogar realmente la propuesta ideológica de este filme), su relato nos ofrece una interpretación audaz, una caricatura exagerada de cómo funcionan todas las aristas morales de nuestro mundo, los matices de nuestras diferentes apologías y condenaciones. La desproporción entre el infantilismo y la violencia solo nos demuestra que en nuestra forma más básica representamos un peligro, solo contenido por un aparente sentido común. Es cacofónico, pero hay que decirlo: quinta obra maestra y ahora tres al hilo.

La naranja mecánica es un discurso completo sobre la relación entre el poder, la estética y los medios. El método Ludovico transforma al Alex autor del crimen en un Alex espectador. Ahora bien, lo que para él, el pendenciero de otros tiempos, es una tortura, para quien contempla la película es el máximo placer: ser puramente ojos sin implicarse activamente, ser un mero observador sin despegarse lo más mínimo de la butaca. Nosotros somos como Alex, pero sin el tratamiento que físicamente nos haga arrepentirnos de ese pecado morboso. Y mientras no desarrollemos una futura empatía espiritual y cultural, siempre pasaremos de lo que ocurra al resto, mientras no afecte a nuestro yo.

Frase interesante: “No nos conciernen los motivos, la Ética de altura. Solo nos concierne la disminución del crimen. Hay tradiciones de libertad que defender. La libertad es todo. La gente común la dejará ir. Venderán la libertad por tranquilidad. Por eso deben ser llevados, dirigidos, empujados”.

Barry Lyndon (1975), el mejor ejercicio de estilo de la historia

GÉNERO: Drama / Cine de época o cine histórico

SINOPSIS BÁSICA: Un astuto joven es exiliado luego de ganar un duelo a una figura importante en su tierra. Al viajar por Europa vivirá toda clase de aventuras e incluso seducirá a una de las viudas más ricas de su época.

De todos es conocido que Barry Lyndon es una de las más grandes películas de época jamás realizadas. Exhaustiva hasta en aquellos detalles que deleitan a los cinéfilos más esnobistas e intelectuales, con iluminación natural y fotografía probablemente jamás vistas en aquel momento, además del vestuario y una serie de detalles técnicos que tomaría tiempo enumerar y reparar en ellos. Mérito absoluto si lo vemos así. Sin embargo, hay algo en la consistencia de la historia que hace que muchos la sientan distante, o al menos esa es la experiencia de buena parte de los espectadores.

Por otro lado, es sabido que Kubrick quiso filmar una película sobre la vida de Napoleón Bonaparte y que jamás lo logró, por múltiples circunstancias. También se sabe que el obsesivo director pretendía crear —según él— la mejor película de la historia jamás realizada. Leyó, viajó, se documentó hasta el hartazgo (su patrimonio bibliográfico sobre Napoleón tiene un valor extraordinario), y lo no hecho de Napoleón da para su propia historia, sobre tantas peripecias. La película no se dio, pero al menos algo quedó, y fue un ejercicio de estilo, quizá una de las mejores películas de época jamás realizadas: Barry Lyndon.

Los escenarios, los vestuarios, la música, la fotografía (por poco y cada fotograma, el uso de la luz natural, deja la impresión de que se trata de un derroche de color, de una larga sucesión de pinturas prerrafaelitas), la historia como muestra de toda una idiosincracia, de toda una cosmogonía: ¿no es suficiente rigor y catarsis para producir como consuelo, como ejercicio, una película de la que no se tenía certeza de si alguna vez la filmaría? Barry Lyndon es despecho puro. Pero ¡qué señor despecho!

Pero ¿por qué ejercicio de estilo? Me veo obligado a responder con otra pregunta: ¿y la novela de W. M. Thackeray? No, no se trata de si un director puede o no disponer de un material y realizar una adaptación libre. Stanley Kubrick, no sé hasta qué punto sin saberlo, lleva la historia a tal punto, a tal ritmo, que la sucesión de los acontecimientos va en detrimento del carácter de los personajes. A Barry Lyndon lo conocemos superficialmente y del resto apenas obtenemos un par de estampas. Y un narrador en off trata —sin éxito— de suplir todas las faltas. Y lo peor de ello es que me dio la impresión de que todo eso a Kubrick no le importó, porque los logros técnicos cubren de forma elogiable todas las faltas, logrando el aplauso del público especializado y de los amantes de lo visual. Toda una picardía. Pero en honor a la verdad: sexta obra maestra y ahora cuatro al hilo.

Frase interesante: “Bésame, hijo mío, porque nunca volveremos a vernos”.

The Shining (1980) y las sutilezas del destino

GÉNERO: Terror / Suspenso

SINOPSIS BÁSICA: Una familia decide hacerse cargo durante el duro invierno de un hotel de montaña. Una presencia maligna comenzará a influir en la psique del padre, mientras que el hijo despierta totalmente sus poderes psíquicos y es capaz de tener horrendas visiones del pasado y del futuro.

Es pertinente la pregunta sobre esta película: ¿Por qué funciona o no? Creo que el filme exige demasiado, o al menos para el espectador actual. Patea una delgada línea entre referencias claras y las que se sobreentienden solo si el espectador ha leído el libro de Stephen King.

No sé hasta qué punto el futuro sea injusto con este filme, ya que si bien la historia es efectiva, corre tan deprisa que se pierde carga dramática: no parece una sucesión natural y por momentos la trama está matemáticamente forzada, por encima de lo que los personajes nos pueden ofrecer. A pesar de eso, The Shining está llena de elementos enriquecedores de la trama, y las impresiones emocionales ocurren, lo cual en la experiencia del espectador es fundamental.

El don del niño puede interpretarse al principio como locura, aunque pronto tendremos que conformarnos con la extraña manifestación de su don, a través de una posible fuerza invisible. Ese don no es exclusivo. Además del niño, el filme brevemente nos muestra que otros personajes incluso lo tienen más desarrollado, incluidos aquellos que podemos considerar antagónicos. Lo que no se entiende es qué con eso, cuál es el objetivo, por qué los espíritus malvados quieren acabar con el niño. Es por eso que sin el libro, y sin un espectador que no ponga de su parte, en alguna medida es fácil perderse y no entender de qué va la cosa.

¿El filme es bueno? Sí, por muchos aspectos técnicos. Y no, porque hay vacíos que mutilan la comprensión global de la historia. Si el objetivo es lograr el efecto de intriga, un poco de terror y suspenso, la película entonces lo logra, aunque sería una sobrevaloración decir que con un gran mérito: en realidad todos esos efectos los hacen patentes con mayor efectividad otros filmes. La historia es consistente, pero el desarrollo de los personajes es pobre. Como la mayoría de trabajos de Stanley Kubrick, posee elementos que incluso influyeron en la cultura popular. Pero ¿eso es un mérito en sí mismo?

Frase interesante: “Querida, sol de mi vida, no voy a hacerte daño. ¡Solo voy a aplastarte los sesos!”.

Full Metal Jacket (1987), la tesis y el silencio

GÉNERO: Acción / Drama / Cine bélico

SINOPSIS BÁSICA: Un marine miembro del ejército de EE. UU., y participante en los medios de divulgación activos en la Guerra de Vietnam, es testigo de cómo va deshumanizando poco a poco a todos aquellos que están directamente involucrados en el conflicto.

Fácilmente podría pensarse que se trata de dos películas en una. Vuelve Stanley Kubrick a su papel de cronista, aunque en esta ocasión deja lo épico y adopta una postura más interiorista, que no intimista: quiere mostrarnos con mejor elaboración (como en Paths of Glory) los vaivenes de la vida militar.

Aunque esta historia es más cruel y despiadada que anteriores filmes del mismo género realizados por el director, hay algo de nostálgico en el tratamiento de los hechos. Es una paradoja extraña. A estas alturas ya no hay una postura fija, ni juzga la guerra como buena o mala: a la manera de Flaubert, la estampa nos es presentada a través de una extraña forma de vasos comunicantes, y está en el espectador juzgar moralmente o no los acontecimientos.

Mientras que en Paths of Glory de golpe se nos devuelve la fe en la humanidad, o al menos nos alumbra una pequeña llama de esperanza, con Full Metal Jacket solo nos resta endurecernos, e incluso nos queda un dejo de cinismo en medio de la nostalgia. El elemento de la locura está logrado con maestría, superado ahora el fracaso de Fear and Desire, en cuanto a la insuficiencia de elaboración en uno de los personajes. Aquí todos presentan una locura básica, y el personaje obeso llega al punto del colapso.

Es importante recalcar la pregunta: ¿Nos muestra aquí Stanley Kubrick la pérdida de la fe? Más allá del océano o dentro de nuestros mismos muros es lo mismo: comemos, vivimos bajo un techo (deplorable o no) y tenemos las mismas inquietudes hacia el mundo. Y sin embargo, al ser un soldado, al sentirme amenazado, al estar convencido de que el futuro de mi entorno está en peligro, mi respuesta es seguir hasta el final, defender a los míos, tener lealtad con mi causa. ¿Qué es lo que me convence a seguir a pesar del dolor ajeno? La creencia de que lo mío sobrepasa lo correcto o lo incorrecto: o son ellos o somos nosotros. El dilema moral es entonces una disonancia cognitiva y cualquiera puede venir y autojustificar su causa, su punto de vista.

Por otra parte, el filme fue casi un fracaso comercial. Y aunque a partir de ahí se dio un periodo de largo silencio (1975-1999), no puede probarse que se deba al fracaso económico de este filme. Lo cierto es que Stanley Kubrick tuvo muchos proyectos que no llevó a buen puerto, sobre todo porque pocos se arriesgaban a financiar sus utopías.

Frase interesante: “El arma más mortífera del mundo es un marine y su rifle. Es su instinto de matar Io que debe entrar en juego, si esperan sobrevivir en combate. Su rifle es solo un instrumento. Lo que mata es un corazón frío. Si su instinto de matar no es impecable y fuerte, titubearán en el momento de la verdad. No matarán, se convertirán en marines muertos. ¡Y entonces irán para un mundo de mierda! ¡Porque los marines no están autorizados a morir sin permiso! ¿Entienden eso, gusanos?”.

Eyes Wide Shut (1999), la suspicacia, la ceguera espiritual y el principio de negación plausible

GÉNERO: Drama con tintes eróticos

SINOPSIS BÁSICA: Un médico de la clase media neoyorquina, casado con una curadora de arte, descubre una sociedad secreta que le causa curiosidad y fascinación. Su camino a partir de entonces será de una odisea que no había imaginado.

Muy en el fondo a todos nos preocupa el qué dirán, la validación básica de los otros. Cuando ya no nos importa es porque hemos sopesado la posibilidad de sobrevivirse a pesar de y la imposibilidad de tenerlo todo bajo control: el menor daño es el desenfado ante la realidad. Pero solo el rico tiene el poder para ejercer cierto control sobre eso (incluido el uso de la fuerza y la intriga, de ser necesario), por lo que el qué dirán sí es una de sus preocupaciones constantes.

Es necesario destacar eso, porque en Eyes Wide Shut la Gran Casa resuelve de tajo y a nivel colectivo toda posibilidad de paranoia: las máscaras permiten mantener el anonimato para dar rienda suelta a los instintos con olímpica tranquilidad, dejando de lado en ese performance del pacto colectivo las precauciones básicas que la vida en sociedad nos impone.

Es curioso cómo Stanley Kubrick nos quiere poner en perspectiva algo que siempre ignoramos: somos polígamos en la mente, mientras mantenemos la monogamia física. Después de la fiesta Bill y Alice tienen intimidad, pero se nos sugiere el implícito de satisfacerse mutuamente mientras piensan en las personas que conocieron, con quienes jamás se acostarían por la carga moral y social de no poner en peligro jamás su matrimonio. De hecho, esto puede probarse cuando ambos consumen marihuana, la inhibición desaparece y entonces pueden sincerarse sobre los deseos egoístas mutuos, saliendo más afectado Bill.

De hecho, la infidelidad mental de Alice es lo que termina por empujar a Bill a todas las peripecias que darán forma a la historia. Ante la imposibilidad de vengarse nos sobrevendrá la lección moral, pero en esta ocasión no será de mano directa del argumento, sino del carácter del personaje, quien se siente impotente e incapaz de afrontar el mar de fango en el que se siente hundido.

Todos somos infieles, pero la mente es una zona de confort: ahí no le hacemos daño a nadie, y no hay por qué confesar todo lo que pensamos.

Visto así, esta película es un examen oscuro sobre la sexualidad humana. El sexo es una categoría de poder que solo afrontamos parcialmente a lo largo de nuestras vidas. Merece su propio sesudo análisis sobre qué significa el precio de la cama en nuestras vidas.

Los implícitos se convierten en el lenguaje semiótico de nuestro día a día, lo cual provoca, entre otras cosas, que activemos las alertas de nuestras suspicacias e interpretaciones, filtrando la verdad del cuerpo físico a través de nuestros mecanismos culturales, negando lo que no entendemos y aceptando con resignación lo que apenas comprendemos. Preferimos así el confort del principio de negación plausible.

En cuanto a lo técnico, aunque hay comentarios de supuestas afirmaciones de Stanley Kubrick, quien habría dicho: “Esta es mi mejor película”, suena más coherente lo explicado por Frederick Raphael en Eyes Wide Open. A memoir of Stanley Kubrick and Eyes Wide Shut, donde acota que el controversial director estaba pasando por una etapa anímica que poco a poco lo estaba empujando a cierto nivel de conformismo (algo impensable a lo largo de su vida y por parte de todos sus allegados y conocidos). Solo bajo estas circunstancias es que él, en ese constante tira y encoge del trabajo en equipo, fue que debió acceder en muchas cosas que antes habría sido imposible.

Frase interesante: “Uno de los encantos del matrimonio es que hace del engaño una necesidad por ambas partes”.

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Aunque se habla poco de este aspecto en el estilo de Stanley Kubrick, él se impuso una búsqueda particular del deber ser de la interpretación de personajes, con los actores que participaban en sus filmes. De alguna manera quería impedir la excesiva teatralidad que por momentos permeó en gran manera el cine de su época, y que de hecho también ocurrió en sus primeros filmes. Sin embargo, provocó un extraño efecto entre la búsqueda de la inalcanzable e imposible naturalidad absoluta y la actuación verosímil.

Eso hace que —según quien juzgue las representaciones de sus personajes— por momentos se sientan distantes, y sumado al trabajo de guion, que deje en el espectador la sensación de estar viendo el análisis de unos sujetos encarcelados, pero que en realidad muestran las aristas más humanas de cómo nosotros mismos estamos atrapados en la prisión de nuestras monótonas vidas.

Además, como se mencionó al principio, aunque a Stanley Kubrick por lo general se le acusa de frío y distante, en realidad en sus filmes podemos ver una cantidad de contrastes que solo enriquecen nuestra visión de la condición humana.

Vemos historias sobre seres devastados en lo emocional, psicológico, espiritual y físico, o que se convierten en un algo producto de la guerra, y al mismo tiempo vemos cómo en distintas situaciones toda la dureza se quiebra a través del amor, o a través de algún recordatorio sobre el rescoldo de humanidad que les queda. En Paths Of Glory un grupo de soldados babea por una mujer, pero lloran al oírla cantar. Barry Lyndon pasa por todas las peripecias del mundo, pero llora como un niño al escuchar las últimas palabras de su tío. Y podrían ponerse más ejemplos.

Todos los personajes de Stanley Kubrick, incluso en medio de la fatalidad, pasan por un proceso de redención, por una especie de tabula rasa, que nos hace pensar que solo aquel que ha experimentado la caída hacia el abismo conoce la verdadera misericordia, y que a veces son más afortunados los que mueren que quienes sobreviven, pero que en verdad vernos al espejo y reconocer nuestra capacidad para la muerte, el miedo y la destrucción, es el primer paso para experimentar el poder de una nueva realización, una que pase por nuestra redención individual: más agradece quien más perdón ha recibido, y más se agradece mientras mayor es la carga que quitan.

Stanley Kubrick es un hombre que caminó por el sendero de la gloria. La historia lo ha salvado y le ha dado un lugar, no sin cierta incomodidad de algunos sectores de la crítica del arte y cinematográfica. Lo cierto es que su más grande lección es que la realidad es implacable, y a veces lo que nos salva de nosotros mismos es el estoicismo de sobreponernos, o también evadirnos. El mundo de Stanley Kubrick se nos muestra caótico y sin timón: y la realidad es así de cruel también. Pero para sobrevivirnos no solo necesitamos de toda la parafernalia y entretenimiento que nos hemos inventado: también necesitamos productos como los de este hombre, para no olvidar lo maliciosa que puede resultar nuestra naturaleza.

VoxBox.-

A más de medio siglo de la tragedia: El Día que la Música Murió

Opinión.- Un 3 de febrero de 1959 se estrelló en un campo de maíz un monoplano Beechcraft Bonanza B35, en el que iban a bordo Buddy Holly, Ritchie Valens, Jiles Perry Richardson, más conocido como The Big Bopper, y el piloto inexperto Roger Peterson. Dicho evento llegó a ser conocido como El Día que la Música Murió.

Mientras realizaban su gira Winter Dance Party, en la que además de los tres artistas fallecidos acompañaban otros músicos, viajando por diferentes partes de EE. UU., realizando grandes recorridos bajo condiciones adversas, en un viejo autobús que por las condiciones climáticas afectaron a todos, padeciendo gripe algunos, e incluso otros llegando al punto de congelamiento, según la poca resistencia al frío que cada persona tuviera. Para tratar de minimizar las dificultades que estaban padeciendo, Holly decide rentar una avioneta para llegar más rápido a su próximo evento de la gira, que en ese momento era Moorhead, Minnesota.

Los tres músicos tomaron el vuelo a las 12:55 a. m., después de una presentación, el cual alcanzó una altitud 914.4 m y que debido a las probables malas lecturas del piloto realizó una maniobra controlada, que por culpa de la oscuridad los llevó a chocar directo contra tierra, falleciendo todos instantáneamente.

En rigor, esta tragedia no se diferencia de ningún turbio acontecimiento humano: nuestras pérdidas, en general, siempre nos duelen. Pero en lo fundamental, esta tragedia se enmarca en aquellas que nos dejan una extraña desolación, ese dolor extraño cuando lo ajeno nos afecta. Nos invade ese pensamiento de: “¡Qué lástima! Estaban tan jóvenes, tenían tanto por dar…”. Y a esto se suma esa sensación de pérdida en lo cotidiano: su música se metía en la privacidad de esos hogares, en la pista de baile de quienes se alegraban con sus ritmos, en el día a día de los vaivenes y circunstancias de toda clase.

Y entonces sentimos que quien se murió se llevó algo de nosotros. La muerte del famoso, del artista, del sujeto admirado, nos recuerda nuestra propia fragilidad, nuestra inevitable condición de ser-para-la-muerte. Y entonces recordar estas tragedias no dejan de lanzarnos a la contemplación, a la detención del segundo para reflexionar apropiadamente sobre cualquier eventualidad que esté ocurriendo en nuestras vidas.

A pesar de eso, gracias a la era de la sobreinformación, vivimos en tiempos en que el dolor nos dura unos días (también dependiendo del personaje) y luego pasamos página, como si nada, banalizando en cierto modo la muerte, la tragedia, como si solo asumiéramos que un día ocurrirá de todos modos, y ya. En esos tiempos la gente podía pasar recordando hasta por años, o al menos podía permanecer por mucho tiempo como tema de conversación: no olvidemos cómo murió cierta inocencia en el inconsciente colectivo estadounidense, por todos los magnicidios ocurridos en la década de los sesenta. Y cómo no, para ellos en aquellos tiempos era normal seguir sintiendo ese extraño saudade, por todo lo perdido.

Buddy Holly

Charles Hardin Holley, mejor conocido por su nombre artístico Buddy Holly, fue uno de los más grandes talentos de su generación e influencia de futuras estrellas, y tenía apenas 22 años cuando ocurrió la tragedia. Y aunque la muerte lo alcanzó a tan temprana edad, contaba con 5 años de trayectoria y tres álbumes que ahora se consideran una de las grandes y decisivas innovaciones del rock and roll.

Conoció a Elvis Presley e incluso fue telonero en algunos de sus conciertos. Tocaba varios instrumentos y era dueño de un carisma sin igual. Bandas como The Beatles (quienes se nombraron así porque Holly perteneció a la banda The Crickets —“Los grillos”—), The Rolling Stones (que hasta versionaron algunas de sus canciones), The Kinks, The Who, The Animals, The Proclaimers, The Hollies (clara alusión a Holly), The Clash, Blondie, Weezer, e incluso Radiohead, profesan abiertamente admiración por su música y su figura. De igual manera un gran número de solitas, entre los que destacan Elvis Costello, Bob Dylan y Don McLean, siendo este último quien dedicara una canción a la tragedia ocurrida el 3 de febrero de 1959, mundializando el nombre y el evento para muchas generaciones.

Caso muy particular el de The Beatles, ya que Harrison aprendió a tocar guitarra con la música de Holly y John Lennon trató de tener su mismo carisma en el escenario. Por su parte, en la actualidad Paul McCartney es tan fan, que es propietario de los derechos del catálogo completo de sus canciones.

Todo eso sin contar que dejó una profunda huella en la cultura y música popular anglosajona. En particular, Bob Dylan mencionó en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura 2016:

Si tuviera que volver al amanecer de todo, creo que tendría que empezar con Buddy Holly. Buddy murió cuando yo tenía 18 años y él 22. Desde el momento en que lo escuché por primera vez, me sentí identificado. Sentí casi que era como un hermano mayor. Hasta pensé que me parecía a él. Buddy tocaba la música que me apasionaba —la música con la que crecí: country western, rock ‘n’ roll y rhythm & blues—. Tres hebras separadas de la música que entrelazó y fundió en un género. Una marca. Y Buddy escribía canciones, canciones que tenían bellas melodías y versos imaginativos. Y cantaba muy bien, cantaba con distintas voces. Él era el arquetipo. Todo lo que yo no era y quería ser. Lo vi sólo una vez, unos días antes de su muerte. Tuve que viajar 100 millas para verlo actuar y no me decepcionó. Era poderoso y electrizante, y tenía una presencia imponente. Yo estaba a solo seis pies de distancia. Estaba hipnotizado. Le miré la cara, las manos, la forma en que marcaba el ritmo con el pie, sus grandes gafas negras, los ojos detrás de las gafas, la forma en que sostenía su guitarra, su postura, su traje elegante. Todo él. Aparentaba más de 22 años. Algo en él parecía permanente, y me llenó de convicción. Entonces, de repente, sucedió lo más extraño. Me miró directamente a los ojos y me transmitió algo. Algo que no sé lo que era. Y sentí escalofríos.

Entró al Salón de la Fama del Rock and Roll en 1986. Su estilo desenfadado, alegre, ameno e inocente se convertiría en un modo de vivir, en una de las actitudes básicas de los rockstars de aquellas décadas.

La música de Holly fue capaz en su momento de borrar las diferencias raciales, como puede comprobarse con los conciertos que ofreció al público afrodescendiente y su amistad con artista de la talla de Chuck Berry y Little Richard. Por otra parte, en este comercial-homenaje de VH1 podemos ver a algunas de las estrellas más legendarias de la música en las últimas décadas: está de más decir que la canción de fondo es de Holly.

Por si tiene interés en ella, la canción se titula True Love Ways. Por otro lado, a pesar del inmenso éxito que tenía con su banda y como solista, lo cierto es que Holly estaba ahogado en deudas y necesitaba realizar más conciertos para estar un poco más solvente.  Su decisión de volar en la avioneta se basó en el mal clima, las malas condiciones de viajar en un autobús que los estaba matando de frío, y además tratar de contribuir al bienestar del resto de acompañantes en el vuelo, quienes se encontraban mal de salud, precisamente por el mal clima.

Ritchie Valens

Célebre a nivel mundial por interpretar La Bamba, aunque también tiene a su espalda otros éxitos. Este joven talento estaba a unos meses de cumplir apenas 18 años. Aquel zurdo que dominaría la versión diestra de la guitarra, debido a su persistencia y amor por la música, tendría una carrera meteórica de apenas 8 meses. Sin embargo, fue tiempo suficiente para dejar su huella en el rock and roll.

La historia suele ser un poco injusta y nos muestra a un Valens que quizá estaba desesperado por la fama o por salir adelante económicamente. Pero lo cierto es que el artista no vivía tanto de su fama, como sí ocurre con la mayoría de casos en la actualidad, al menos si comparamos los niveles de fama.

Lo que sí parece una realidad es que le restó importancia a todos los errores logísticos que ocurrieron durante la gira. Al ser alguien que provenía de una vida difícil, las condiciones adversas le podían parecer una cosa que por fuerza tenía que pasar.

Por otra parte, la suerte puede llegar a ser una cosa macabra, ya que su lugar en esa avioneta lo ganó en un duelo a cara o cruz, con el músico Tommy Allsup.

En un tiempo en que de verdad no era tan frecuente que un música latino destacara a nivel internacional entre el público anglosajón o europeo, Ritchie Valens se marchó dejando una de las carreras truncadas que más se lamentan en la historia de la música, a nivel mundial. Su influencia en Latinoamérica se capitalizaría durante los años sesenta, y es innegable que hasta el día de hoy se le asocia de inmediato con el rock and roll y con su época.

The Big Bopper

Era el mayor de todos los que iban a bordo de la avioneta. Murió con 28 años de edad. Como gran conocedor del gusto musical de su audiencia, The Big Bopper tenía el récord de haber transmitido sin parar casi 2,000 canciones durante seis días seguidos. Ritmos y géneros no le eran ajenos, por lo que en sus ratos libres se dedicó a escribir sus propias canciones.

Cuando se animó a cantar su propio material, no sabía que uno de sus éxitos se convertiría en una de las canciones más escuchadas de 1958. En su tiempo le llovieron muchas ofertas, pero aceptaría ir de gira con Holly, Valens y otros artistas. Nadie sabe lo que le depara el mañana.

De las tres celebridades que fallecieron, quizá la historia ha sido más injusta con The Big Bopper. Sin embargo, su sencillo marcó la cultura adolescente de principios de los sesenta, e incluso pasó un par de décadas más sonando en bailes escolares de aquellas generaciones aficionadas a la pista de baile.

Roger Peterson

El desafortunado piloto tenía apenas 22 años. Aunque la historia cataloga a Roger como piloto inexperto, lo cierto es que un mal tiempo puede pasarle factura hasta al más experimentado. Ahora bien, no se puede negar que lo más probable es que hizo una mala lectura al momento de estar pilotando, por lo que la probabilidad de la tragedia fue prácticamente del 100 %.

Es muy probable que estuviera consciente de los riesgos y dificultades de volar en esas condiciones, pero aceptó a petición de Holly porque, como suele ocurrir en estos casos, consideró todo bajo control, y creyó en las circunstancias y la urgencia de la situación. Se considera ahora que hizo una mala lectura durante el vuelo, y que la total oscuridad fue el sello letal que marcaría el destino de todos.

El hubiera y los azares del tiempo

Es imposible saber con certeza absoluta qué hubiera sido de la carrera de estos tres músicos, de no haber fallecido en ese fatal accidente. No sabemos si ahora serían menos recordados, o si por el contrario nos esperaba conocer tremendas carreras brillantes, cuyos éxitos hubieran llegado de forma entrañable a más generaciones. Y aunque suene exagerado, tampoco sabemos en qué hubiera mutado el rock and roll, o qué dirección habrían tomado otras figuras que trataron de hacerse un lugar en la industria musical.

Una visión interesante es la que nos presenta Don McLean con su canción American Pie, con la cual muchos fans (incluido el autor del video que comparto a continuación) se prestaron a las más variadas interpretaciones, incluido los supuestos mensajes ocultos que nos dejó en cantautor estadounidense. Por sobre todas las cosas, eso sí, la canción evidencia la profunda admiración que sintió McLean por las tres superestrellas de finales de los cincuenta.

Pero antes de la canción de McLean, en el mismo año de 1959 apareció la canción Three Stars, del cantautor Eddie Cochran, quien también fallecería un año después, solo que en esta ocasión en un terrible accidente automovilístico.

Por otra parte, después del accidente con el enlace fatal, se disparó las ventas de álbumes de estos tres artistas, sobre todo de Buddy Holly. Probablemente con esta tragedia la industria musical terminó por comprobar que el comercio con la muerte trae grandes réditos.

Además, lo acontecido en esta fatalidad hizo reflexionar a representantes, artistas y demás interesados en la industria musical, para que crearan mejores condiciones para realizar giras y no dejar tan al azar detalles logísticos tan importantes como el transporte y la estadía en cada ciudad, entre otros aspectos. Naturalmente las bandas sin mayores recursos siempre se lanzan a azar por puro amor a su arte o por intereses en desarrollarse en el medio, pero lo cierto es que se crearon y mejoraron estándares.

A lo mejor para usted, estimado lector, el apelativo del Día que la Música Murió le parezca demasiado exagerado, ya que contamos con un tradición rica en este mundo, además de estrellas que llenan una constelación con todos lo gustos posibles. Pero quiero que piense por un momento: el rock and roll comenzaba a tomar fuerza a nivel mundial como género, además que estas jóvenes promesas nos cantaban de amores, ingenuidades, esperanzas, ilusiones de toda clase, que en ese momento marcaron a más personas de quienes ahora podamos dar cuenta. Su muerte hizo sentir vulnerables y frágiles a millones de jóvenes que disfrutaban el mundo a su manera. Los años que siguieron trajeron cambios sustanciales en los ritmos y las letras, e incluso en su momento se pensó que el rock and roll había muerto, cuando en realidad solo había mutado, quizá evolucionado.

Pero todo comenzó cuando el mundo presenció esta pérdida, que con ella se llevó el espectáculo de la insalvable juventud.

VoxBox.-

Mozart y el amor

Opinión.- Hay una anécdota célebre acerca de Mozart, imposible de corroborar, pero que mencionan algunos de sus biógrafos, que cuenta que una vez los llegó a visitar un amigo de la joven familia y que él escuchó ruido de personas bailando, lo cual le extrañó, ya que era de noche y no se oía música por ninguna parte. Cuando se acercó a la ventana de la pequeña vivienda, vio a través de la mirilla y se guio a la luz de una débil vela, donde vio que Constanze y Mozart bailaban para calentarse, porque resulta que a veces ni siquiera reunían dinero para comprar carbón y así colocarlo en la estufa… y como se imaginará Viena era (y es) especialmente fría.

La primera vez que leí eso me impactó profundamente. Constanze tuvo varias propuestas matrimoniales y su madre siempre estuvo en desacuerdo en que se casara con Mozart, porque sabía que le esperaba una vida de penurias. Varían las versiones, pero se sabe que también el papá de Mozart se opuso, porque estaba consciente de que a su hijo no lo querían en esa familia. En una célebre carta, Mozart le escribió a su papá:

Uno de mis amigos contrajo matrimonio por dinero: Espero nunca casarme de esta manera. Deseo hacer feliz a mi esposa, pero no ser rico por medio de ella. La nobleza no debe casarse por amor o inclinación, sino por interés, además de muchos otros tipos de consideraciones. Pero nosotros, la gente pobre y humilde, tenemos el privilegio de poder escoger una esposa que nos ame y a quien amemos. Debido a que no somos nobles, ni altezas, ni ricos, podemos hacer esto y lo hacemos. No necesitamos una esposa con riqueza, puesto que nuestra riqueza yace en nuestras cabezas y muere con nosotros. Y esta riqueza, ningún hombre puede quitarnos, salvo que nos la corte, en cuyo caso ya no necesitamos nada.

Cuando Mozart enfermó gravemente (cosa que lo llevaría a la muerte), Constanze vivía abrazándolo y besándolo… incluso cuando murió, ella no se apartaba del cuerpo, porque esperaba contagiarse de algo (¡de lo que fuera!) y así poder morir con él y acompañarlo. Se puso tan mal y se deprimió tanto, que quedó en un estado que no le permitió asistir al funeral de su propio esposo. Como era pobre, apenas unas cinco o cuatro personas (según varían los testimonios) asistieron al funeral. Como no tenían dinero, el enterrador colocó el cadáver de Mozart en una tumba comunitaria (que casi equivaldría a la fosa común de hoy en día), junto con otros cinco o seis más. Es por eso que hasta el día de hoy nadie ha logrado encontrar un solo vestigio u osamenta del genio.

Pero hay algo característico en esta historia, lo cual espero que usted haya deducido, pero que si no, pues se lo refuerzo: Mozart y Constanze, a pesar de la maldita pobreza (y perdone que haga el énfasis, pero conozco a demasiadas personas que la maldicen sin comprender realmente su naturaleza), fueron inmensamente felices y eso todo el mundo lo sabía. Se escribían cartas obscenas, hacían el amor como conejitos, bromeaban vulgarmente e incluso jugaban juntos al billar.

Sé que esos detalles son irrelevantes, pero los menciono porque a veces la felicidad está en esas pequeñas trivialidades. Mozart siempre la hacía reír, tenía un chiste para ella, ambos poseían una curiosa sencillez de espíritu y sabían adaptarse a sus mutuas circunstancias.

Ella siempre respetó su trabajo, sus viajes, sus excentricidades, y sobre todo lo amó y creyó siempre en él. Siempre. Ella misma reconoció que nunca amó a nadie tanto y que nunca había sido tan feliz como lo fue con él. Y siempre le pareció que la vida fue injusta, porque esa felicidad duró apenas nueve años, porque a la edad de 35 Mozart falleció. Él, como muchos grandes genios, nunca encajó del todo en sus distintos grupos de relaciones humanas, pero Constanze le ofrecía ese espacio de niño provocador (¡oh!, sí, Mozart era casi un trol profesional), ese que le fue negado en todos lados, pero que ella amaba como nadie más. Su yo-trol no le quita lo genio. De hecho, esa curiosidad infantil creo que alimentó su obra.

Pocos creerían que el hombre que escribió más de 600 piezas musicales llevara SIEMPRE una vida con carencias, penurias, pobreza e incomprensión en general. Si Mozart hubiera vivido al menos unos años más, de seguro que su suerte habría cambiado, porque Alemania entró por entonces en una extraordinaria época de prosperidad. Pero la vida es así y no podemos cambiarla.

Si el más grande genio de la música, quien se esforzó toda su vida para tratar de salir adelante, tuvo el inevitable final tan atroz: ¿quiénes somos nosotros para cuestionar los designios de la existencia? A mis más cercanos siempre les persisto en que entonces seamos consecuentes por lo que consideramos en esencia nuestra felicidad. Debemos aprender a vivir conforme a nuestras decisiones.

Si la vida es o no misericordiosa, si la historia está o no de su lado, todo atañe a cómo confronte usted su propio destino. Nada más. Si Mozart se hubiera detenido a pensar en su pobreza, jamás habría escrito una sola sinfonía. Su pobreza era una circunstancia que NO era su culpa, porque era una variable del destino. Lo que SÍ es nuestra culpa es dejar de avanzar por nosotros mismos (y en caso, de Mozart fueron culpa suya un par de negligencias que por el momento no vienen al caso).

Detenerse nos vuelve a todas las personas culpables. Pero esa es una cuestión personal que cada quien asume. Hay quienes se asumen en la realización material. En mi caso, me asumo en otras cosas. Y eso es todo: son solo cosas diferentes, ni una es mejor que la otra y son solo diferentes. Y si no es la realización material lo suyo, le invito a que se cuestione: ¿Qué es lo suyo? Si lo encontró, asúmalo y sea consecuente. Eso es todo.

La soledad, el miedo, el tedio, la angustia de la existencia, suelen ser pruebas de que algo no marcha bien en nuestro camino a la felicidad (palabra demasiado sospechosa). Puedo estar de acuerdo con esa idea parcialmente, porque hay demasiadas variables en juego. De lo único que tengo certeza personal es que he asumido todos y cada uno de esos sentimientos, y por eso sé que mi ruta, lo que hago con mi aquí y ahora, es una cosa para mí, ni mejor ni peor, solo para mí. En resumen, he asumido lo que me toca, pues. Quisiera añadir palabras de sabiduría o algo así, pero nunca se me dio eso de escribir cosas motivacionales.

Es imposible para un simple mortal como yo abarcar y tratar con propiedad un tema como este. Eso lo digo porque el título del post es bastante irresponsable. Mea culpa, solo quería ser popular. Pero hace poco estuve conversando con alguien sobre un tema que es imposible no tratarlo en terreno fangoso y en términos escabrosos, el cual es la inevitable relación en la concepción actual de las relaciones de pareja: el binomio del amor y el dinero.

En mi turno en esa larga esgrima verborreica me acordé de esta historia, la cual es posible que ni siquiera haya ocurrido, pero que no por ello deja de ser aleccionante. Y como usted notará, prefiero defender con todas mis fuerzas la firme creencia en el amor, pero al mismo tiempo respeto si alguien considera que sin las condiciones adecuadas (términos que se me antojan ambiguos) es imposible la realización personal. Concepciones son concepciones y para eso son. Yo tengo una sostenida y profunda creencia en la pobreza y la fealdad, pero eso es otro tema, del cual paso por ahora.

VoxBox.-

El corrector de estilo es un bien (o un mal) necesario

Corrector de estilo. VoxBox.

“Yo creía, y sigo creyendo, que el autor debe anteponer la obra al amor propio, de modo que si descarta correcciones atinadas porque le llegaron de mano ajena, es un necio”
Adolfo Bioy Casares, Memorias

Opinión.- “¿Y los de Letras estudian los letreros?”, me preguntó alguien en tono jocoso. Sabía que era para hacer ambiente, aunque lo intentaba hacer a costa mía. Aquí en El Salvador ocurre con frecuencia en muchas reuniones sociales de carácter informal, y eso incluye agarrar al más desprevenido. No sé quién era esa persona y por qué quería bromear conmigo de esa manera, o si desconocía la existencia de una carrera llamada Letras. La cuestión es que solo sonreí y me limité a decir: “Sí, cabal”.

A varios les causó gracia, pero a raíz de eso, de forma espontánea, a todos se les ocurrió tratar de dilucidar cuál era la profesión más importante y por qué. Usted ya sabe cómo es eso: que los médicos, los abogados, los ingenieros… que si en tiempo de guerra la profesión de las armas y en tiempo de paz los voluntarios. Es la de nunca acabar.

En lo personal —y se lo digo como alguien que tiene que lidiar muchas veces con el desdén de los demás por mis decisiones vocacionales—, me parece que todas las profesiones y oficios son importantes, porque cumplen funciones y llenan necesidades en su momento y en cada aspecto de nuestras vidas. Pero en ese momento escuché y escuché en silencio, hasta que por fin me prestaron la guitarra y me dieron la oportunidad de hablar. Acepto que todavía estaba un poco sentido por la broma, así que concebí en ese momento mi oportunidad de hablar para hacer mi desquite por las burlas. Palabras más, palabras menos, mi opinión fue la siguiente:

En el mundo hay una incontable cantidad de editoriales. De esas, menos de 25,000 cumplen estándares internacionales y menos de 100 están consideradas las mejores del mundo. Entre todas publican para los idiomas con mayor número de hablantes y por ende alimentan de conocimiento al 65 % de la humanidad. Desde parvularia hasta el último posgrado, desde manuales para cualquier oficio hasta libros de texto académicos y didácticos para cualquier profesión, desde un periódico de una gran redacción hasta las publicaciones de la comunidad científica, todo texto que lleve el sello de una de esas grandes editoriales lo hizo pasar primero por las manos de un equipo de correctores de estilo.

Todos callaron… algunos sonrieron, otros me dijeron que como siempre todo me lo tomo en serio y que conmigo no se puede bromear, y bueno… para no quedar como el resentido o algo así, me dispuse a cambiar de tema, a bromear con todos, porque al fin y al cabo era una simple reunión social, y solo se trataba de pasarla bien.

Y bueno, también es importante aclarar que hablé de forma irresponsable, porque no conozco y ni tengo ningún dato que respalde mis afirmaciones. Ni siquiera soy una autoridad en el tema de la redacción, y soy una vergüenza para mis colegas, porque debería de tener más rigor a la hora de escribir. Ni modo: mea culpa.

Pero al punto que quería llegar es ese: La corrección de estilo es ese oficio silencioso, ese trabajar tras bambalinas, pero que tiene la finalidad de hacer que la lectura le resulte más amigable, para acercarnos la información de la mejor manera. Son héroes invisibles, menores, pero héroes al fin y al cabo. Es un oficio de suma paciencia, de resolver escollos: un oficio con el que al aparecer errores crasos le cortan la cabeza al corrector y no a quien redactó.

El Día Internacional del Corrector de Estilo se instituyó por la unión de varias asociaciones de correctores, por tratarse del natalicio de Erasmo de Rotterdam, quien nació un 28 de octubre, pero que en América sería 27. Erasmo no solo es el gran humanista y genio, autor de Elogio de la locura y otras obras, sino que también realizó encomiables actividades editoriales, como su traducción parcial de la Biblia, que sigue siendo estudiada y debatida.

Y como dato curioso, Titivillus es el demonio que hace que los correctores y editores se equivoquen. Y creo que tienen un santo patrono, aunque en esta ocasión le debo el dato. Sí, lo leí en alguna parte, pero aunque busqué en Google no lo encontré.

Igual, por eso y por todas esas cosas más, solo me resta añadir para algunos de mis amigos y para quienes ya saben: FELIZ DÍA DEL CORRECTOR DE ESTILO.

VoxBox.-

El compromiso, la emoción y la felicidad forman una cadena frágil

Felicidad. VoxBox.

Opinión.- He escuchado historias sobre gente que mantiene su palabra a lo largo de la vida: amigos que sobreviven a las adversidades, a la distancia, a los años sin verse, a malos entendidos, etc. De igual manera con la familia o con los compañeros laborales. Y no olvidemos esas personas que aunque no son familia o amigos, o que apenas tuvimos una relación de tipo contextual (organizaciones, estudios, proyectos) y al vernos nos saludan como si la semana pasada fuera la última vez que nos vieron.

De parejas, ni se diga: conozco esposos ancianos que se soportaron mutuamente durante toda una vida, con historias sorprendentes o con pruebas de vida que yo digo para mis adentros: “No sé si hubiera sido capaz de soportar esto… de verdad no lo sé”.

Pero así también conozco a gente que no se siente en la obligación de aguantarle carga a nadie (en mi país les llaman mecha corta), que son prácticos con la vida y no dudan en volver a empezar. Conozco también personas que se olvidan de las viejas amistades, que después de una relación contextual sencillamente pasan página y desaparece toda forma de cordialidad, o bueno: solo sacan de sus vidas a quienes de forma utilitaria o de razones inmediatas ya no les sirve.

Hay de todo en esta vida y usted sabía que a esa frase clásica quería llegar. Pero ¿por qué mencionarlo entonces?

Sonará a quiero hacer una crítica millenial o algo así, pero le aseguro que no se trata de eso. Creo que en todas las épocas han habido personas así, y que de hecho, salvando las distancias y dentro de lo que cabe en las múltiples discusiones, cada vez la humanidad y las nuevas generaciones suma más puntos a nuestra parte civilizada que a nuestra barbarie.

Pero nuestra edad contemporánea maneja un escabroso e inexplicable concepto de la felicidad. Y como la felicidad es fundamentalmente individual, nos parece natural la necesidad de legitimarla con preguntas como: ¿Estoy bien conmigo mismo? ¿Cómo me siento? ¿Soy feliz con lo que tengo ahora? ¿Estoy siendo fiel a mis sueños y aspiraciones? ¿La estoy pasando bien?

Y de entre todos estos pensamientos que permean nuestra filosofía de vida, hay personas a quienes les parece normal legitimar su peculiar trato hacia otros, justificando que ya son así por los modelos actitudinales que han desarrollado, por los patrones culturales que mediante vivencias legitiman como paradigmas. Les parece cómodo justificar el abandono de los otros o su displicencia, porque en su mundo de emociones encuentran el asidero que necesitan (“Es que me cae mal… si supieras cómo es… solo lo ves desde tu punto de vista… si estuvieras en mis zapatos”).

Con esto no invalido a quien haya vivido experiencias difíciles. Lo cierto es que todos las tenemos y es demasiado complejo determinar un dolorómetro para verificar quién ha sufrido más y con qué. Y pensar en lo traumático, al menos en el contexto de lo que expongo, sería una reducción al absurdo. No quiero que pierda eso de vista.

El meollo del asunto es que estamos viviendo tiempos en que los compromisos son tan volátiles como las palabras que se las lleva el viento. No digo que antes eso no pasara. Como dije anteriormente, esto ha ocurrido en todas las épocas. Pero parece que en estos tiempos está ocurriendo con mayor frecuencia, porque sencillamente hay muchas maneras de justificar el desechar a otra persona o legitimar comportamientos.

Y no está mal que usted no se deje pisotear por nadie, por supuesto. Nuestra concepción moderna de los derechos nos ha hecho saber que recibir maltrato físico o verbal no es normal (como en miles de años de humanidad ha estado ocurriendo), que tenemos derecho a un espacio individual y un largo etcétera.

La cuestión es en qué parte de todo esto encuentra el equilibrio entre adquirir un genuino compromiso con otro ser humano o huye de eso a la primera oportunidad. O peor aún: deja a la otra persona vestida y alborotada, metafóricamente hablando (es decir, somos cordiales, nos mostramos genuinos, pero cuando la persona quiere llegar más lejos de inmediato ponemos barreras… aplica para nuevas amistades, no crea que solo en cuestión de parejas).

Y no crea que lo digo desde afuera. Yo también siento que lo he hecho a lo largo de mi vida. De hecho, escribo esto mientras me autoexamino: ¿a qué le temo? ¿A que me lastimen? (Como si después de tantas experiencias buenas y malas eso fuera tan fácil). ¿O es que temo a perder algo de mi esencia individual? (Imposible: lo temático y melancólico ya nadie me lo quita). Usted puede autoexaminarse. De verdad, ¿qué le impide aprender a adquirir compromisos con otro ser humano? ¿Qué le resulta más fácil: quedarse o salir corriendo?

No sé si dentro de 50 años las relaciones humanas serán más volátiles todavía… relaciones basadas únicamente en lo utilitario, carente de todo ese humanismo y emoción que nos ha aleccionado 30 siglos o más de filosofía, ciencia y literatura. Quisiera pensar (a lo mejor por puro confort infantil) que usted se animará a llamar o escribirle a esa persona, a quien el fondo apreció siempre y que tiene tanto tiempo de no comunicarse.

El compromiso, la emoción y la felicidad forman una cadena frágil. En lugar de esperar a que todo llegue a su lugar de una forma misteriosa (la dichosa e imposible felicidad perfecta), mejor pongamos unas gotas de estoicismo y disposición, para que eso que tal vez cueste un poco resulte más recompensante. A veces nos equivocaremos, ¿y qué? ¿Cambiaría todo ese amor y cariño que fue capaz de dar? ¿Se arrepiente de las veces que fue capaz de sostener una promesa hasta el final?

Bueno, bueno… no soy quién para cuestionar cuánto está dispuesto a dar. Quedemos en que hay satisfacciones que están más allá de huir en aras de sostener la moderna visión de felicidad.

VoxBox.-

El ghost inabarcable, breve e ínfimo

Opinión.- Al pensar en el ghost no evito recordar esto: La bioquímica nos traiciona todo el tiempo: ¿con qué facilidad podemos pasar de la felicidad al enojo, del éxtasis al terror? ¿En qué momento nos hace la mala jugada la calidad o la ausencia de aquello que se da en llamar inteligencia emocional? Autodestrucción a cuentagotas o disciplina demoledora. La transición siempre duele y cada paso siempre nos hace sentir que falta un universo del camino… pero es que el paradigma en ese sentido suele ser erróneo, porque el camino jamás termina y los problemas nunca se solucionan del todo, ya que apenas en esta vida hay tiempo para amortiguarlos o minimizarlos.

Es por eso que a veces nos entregamos a todos y cada uno de esos pequeños placeres. No importa lo que sea, todos necesitamos unas cuantas onzas de hedonismo diario para sobrevivirnos. Hay personas a quienes les basta con lo que tienen al alcance, ya sea un libro, la compañía de otra persona, una actividad física o algo que simplemente consideren recompensante. Otros suelen ir más allá y necesitan intervenir directamente su proceso bioquímico, por lo que recurren a las drogas, ya sea legales o ilegales.

Esto —en lo personal— me ha intrigado grandemente, porque el mecanismo bioquímico es tan subjetivo como no querer levantarse por la mañana (no ceder al dolor de cabeza de levantarse de golpe), a permitirse la autodestrucción a cuentagotas (el cigarrillo de cada día, el desvelo descontrolado, o cualquier forma de laceración espiritual), todo en una lucha diaria que tiene algo de infantil, pero visto en rigor: ¿quién es 100 % maduro y afronta la vida con el absoluto deber ser y hacer? De seguro solo las primeras comunidades humanas, y lo hicieron sin saberlo, sin vivir-en-sí, porque la emergencia de sobrevivir cada día impedía pensar en otra cosa con propiedad.

He pensado que en nuestro tiempo de utilitarismo y placer es imposible, pero por aquello de no tener pruebas más allá de toda duda razonable debo dejar el margen de duda y admitir que quizá todavía existan personas excepcionales, que atienden las responsabilidades de la vida como corresponde, aquello que nuestro relato humanista considera ética y moralmente procedente.

Estoy clarísimo en que jamás podremos vencer del todo nuestra naturaleza, a menos que se descubran formas artificiales de someterla (como ocurre con la filosofía del consumidor de drogas, que prefiere conectarse con el mundo a su manera, en lugar de lo establecido por nuestros patrones naturales). Hay intentos a granel como para hacer una lista exhaustiva, y los hay en todos los ámbitos y formas. Pero mientras eso no pase, somos prisioneros del estuche en el que está encerrada la esencia, el ghost, ese relato que nos hemos creído y que llamamos espíritu, alma, condición humana.

El miedo a la libertad, el tedio, la empatía como muro de cristal, el cinismo: ¿cuáles son los vestigios, las huellas con lo que le damos sentido a todo, y con lo que justificamos el hacer de cada día?

Eso me recuerda una investigación relativamente reciente, que todavía se encuentra en fase experimental, al menos hasta donde estoy enterado. Se trata de la estimulación transcraneal con corriente directa (TDCS, por sus siglas en inglés). A través de pequeñas descargas, en breves impulsos de corriente eléctrica en áreas específicas del cerebro, se logra un estado parecido al flujo de conciencia, y en algunos casos (los más favorables, digamos) puede alcanzar la todavía incipiente y desconocida hiperconcentración focalizada, que en casos concretos podría llegar a ser de gran ayuda.

Sally Adee, en un razonado artículo para la New Scientist, nos cuenta una experiencia extraordinaria con la estimulación transcraneal, que incluso dejó una posterior secuela mental que roza un poco la crisis existencial.

En síntesis, hizo una prueba en un simulador, en el que tenía que dispararle a todos los blancos (como en los videojuegos shooter). Es investigadora y no militar, así que es evidente afirmar que falló y se sintió como una niña a quien le encomendaron una misión difícil. Volvió a repetir la prueba, pero esta vez con los electrodos puestos en un casco de estimulación craneal, y en esta ocasión de forma asombrosa le dio a todos los blancos, con una puntería casi impecable.

¿Qué fue lo que pasó? Al parecer la estimulación con los electrodos le permitió callar la voz interna que nos hace dudar, que suele autoinvalidarnos en momentos críticos (la bioquímica del miedo, la adrenalina, la confusión, etc.). Entró en estado de flujo y pudo actuar como una profesional, como si toda su vida hubiera tenido la habilidad de disparar. Había una claridad pasmosa, algo que nunca en su vida había experimentado. Mientras que naturalmente practicamos y practicamos hasta que lo que hacemos se vuelva un movimiento reflejo, con el casco de estimulación craneal podemos ahorrarnos miles de horas que naturalmente necesitaríamos para practicar.

En un inicio (como suele ocurrir con esta clase de experimentos) el casco tiene fines para investigación militar, pero en un futuro no muy lejano se está considerando que quizá sirva para tratar algunos padecimientos en el amplio espectro autista, además que (quién sabe si en un futuro no muy distópico) tal vez llegue a servir para uso doméstico, para acelerar los procesos de aprendizaje.

Pero Sally Adee afirmó sentirse un poco afectada, ya que durante semanas trató de explicarse cómo era posible que esos instantes (que ella sintió como un minuto, pero que en realidad pasaron 20) fueron de una claridad, de un ser-en-sí que jamás en su vida había experimentado, y que durante días le dejó la sensación de impotencia, un sentimiento de inutilidad emocional. ¿Será que nuestra traicionera bioquímica siempre nos ha mantenido en un permanente letargo, que nos permita sobrellevar la angustia de la existencia, la aterradora sensación de la vida y la muerte?

Si solo somos un proceso bioquímico que perfectamente puede llegar a controlarse, ¿será que el ghost entonces es solo un relato, un producto del mito humanista estimulado por siglos de metafísica, mitología e imaginación?

O quizá esta tecnología solo deja claro que la comprensión de las dimensiones cerebrales todavía es un tema pendiente, algo que requerirá más experimentos (y los experimentos cerebrales siguen siendo un tabú mayúsculo, incluso en las sociedades más avanzadas), más investigación y más reflexión. ¿Cómo razonar lo que apenas podemos tocar? El ghost se nos hace cada vez más inasible, dejando un margen de incertidumbre en cuanto a lo que creemos que significa el vivir-para-sí y el resbaloso concepto de felicidad.

VoxBox.-

¿En la guerra y en el amor todo se vale?

Opinión.- ¿A quién se le habrá ocurrido la frase “en la guerra y en el amor todo se vale”? Sé que forma parte de la sabiduría popular y siempre he considerado que dicha sabiduría es más importante de lo que parece, aunque muchos suelen subestimarla, como si el acumulado de la experiencia colectiva no contara. Sin embargo, esta frase me parece demasiado sospechosa… y he vivido varias situaciones indignantes que solo me refuerzan la idea. Ya no sé si hay o no sabiduría en esa frase, pero lo que sé es que me niego a aplicarla en mi vida.

Es decir, de entre los asuntos humanos no hay nada más descontrolado, impredecible, aleatorio y a lo sumo con efecto entrópico que el amor y la guerra, lo cual implica que simple y sencillamente es imposible mantener todo bajo control. La frase entonces se convierte en una justificación y legitimación, en una ruptura ética y moral, y en estos tiempos implica además la exaltación del egoísmo individualista.

Lo he dicho en muchas conversaciones y de seguro alguien más ya lo pensó o escribió, pero quiero mencionarlo como frase de cajón (me perdonará la falta de rigor): estamos más listos para hacer la guerra que para hacer el amor. No sé si es misántropo de mi parte pensar que es sencillo acceder a la maldad, pero piénselo: hay quienes hasta tienen pavor a enamorarse y salen corriendo, pero están con los puños listos si alguien desea ponerlos a prueba. ¿O solo yo conozco personas así?

En la guerra y en el amor hacemos cosas desesperadas, a veces cargadas de insensatez. Se me ocurre, por ejemplo, las tablillas de maldición de amor de la antigua Grecia (algunas tan antiguas que resultan insólitas a la misma comunidad científica), que son la prueba de la preocupación y del tratamiento que se le da al asunto en un caso de la antigüedad. Si le interesa el tema, lea esto, por ejemplo.

¿Cómo podemos pensar que estamos listos para el amor si nos gusta adueñarnos de las personas? Si no nos aman en la misma medida en la que amamos, nos frustramos o actuamos de forma incorrecta. Cuesta, cuesta, no ser egoísta. Como le dije a alguien una vez: “Vos no tenés nada de culpa… todo esto es solo un inmenso rollo mío”. Y no lo digo para fingir algún tipo de falsa madurez: me he equivocado más veces de las que quisiera admitir. Muchas. Pero todos aprendemos de las caídas, ¿o no? Y distinguir entre el autoengaño y cuando podría estar pasando algo puede considerarse un arte. ¿Por qué un algo? No sé… creo en este tiempo cuesta ponerle nombre a las cosas.

Lo peor es que el amor quema. Al menos el que creo conocer. Y este es un tiempo en que a nadie le gusta quemarse. ¿Y qué decir de la guerra? Estos son tiempos (¡ejem!… creo que siempre ha sido así) en los que la guerra podría ocurrir en cualquier momento, de forma espontánea, con cualquier cosa. Y convertir todo en un caos. ¿O me negará que vivimos en un mundo que es una inmensa olla hirviendo? Quizá estoy siendo demasiado negativista. Veo fantasmas en todas partes.

Ya nos defraudamos de las ideologías (de los grandes relatos, diría un filósofo francés) y qué se yo de qué otras cosas. Son tiempos demasiado cínicos para lo que estoy acostumbrado. La frase de Clausewitz lo apunta muy bien: “La política es la continuación de la guerra por otros medios”, ya que pareciera que siempre estamos a punto de reventar. Siempre indignados, con deseos revolucionarios, con etapa anárquica, etapa existencialista-nihilista, absorbidos por el sistema a regañadientes y dejando pasar aquello que no entendemos. Como en el amor y en la guerra.

Siempre otras emergencias, siempre resolver otra cosa primero. ¿Resolver el qué? Es imposible resolver algo. “Los problemas no puede resolverse, solo minimizarse”. ¿Quién lo dijo? Ya lo he olvidado.

Son tiempos de demasiado analfabetismo emocional. Y claro, yo no soy ningún iluminado. Acepto que estoy despotricando desde mi cueva, desde mis propias incertidumbres, porque el primero que ya no entiende nada soy yo. Pero si no escribo sobre todo esto no puedo exorcizarme.

Y bueno, ¿cómo es eso de que todo se vale? Naaaaaa, no estoy de acuerdo. Es una concepción demasiado irresponsable. Primero hay que resolver todos esos deficiencias emocionales, todos esos prejuicios, todas esas rasgadas de vestiduras posvictorianas, todas las hipocresías, amar y dejarse amar con responsabilidad pero con honestidad, asumir la parte que corresponda… y entonces me dirá si se vale todo o no la frase. Ahora bien, para qué negarlo: si usted tiene un argumento (que no consista en la simple descalificación, que eso cualquiera lo hace) para dialogar al respecto, con mucho gusto le pondré atención. Hace tiempo que quiero muchas respuestas y las he buscado por mi cuenta… quizá hace falta dialogar con expertos…

Si le creyéramos un poco a uno de los grandes maestros de la sospecha, el mayor problema del amor y la guerra sería el sexo, porque parece ser que está en todas partes, incluso relacionado (aparentemente) con las cuestiones más sutiles e inútiles. Que conste, no es mi opinión: hay muchos que incluso defienden esa postura. Es una posibilidad de las miles que hay.

Pero dando un poco de crédito al respecto, ¿no es de todos sabido que lo más visitado en la red es todo lo relacionado con los temas de amor y el sexo? Ojo, que no digo que eso sea la media del internet. Es falso que la pornografía —por ejemplo— sea el 90 % del internet o algo así. Pero es muy complicado negar los números de la industria del sexo… representa un porcentaje muy alto de la economía de la red y a nivel mundial. Pero ese tema son otros veinticinco pesos, uno que incluso las autoridades mundiales tratan con discreción. Usted sabe. Es complejo.

Hablar de amor y hablar de sexo es un tema espinoso, no quiera negarlo. Familiares, amigos, miembros de iglesia, personas que se escandalizan con facilidad y que hasta podría pender de un hilo la amistad si se llega a ser políticamente incorrecto: ya lo ve, estamos más listos para hacer la guerra que para hacer el amor.

Pero son demasiadas ideas y ni modo: quedarán en el tintero por el momento. Ninguna opinión es más trascendental de lo que en promedio todos podemos opinar. Así que si leyó hasta aquí, gracias por eso. Deseo de corazón que el amor llegue a usted en la justa medida. Eso sí se vale.

VoxBox.-

Sobre la necesidad de creer y el sentido de pertenencia

El sentido de pertenencia es una de las formas de plenitud que alcanzamos los seres humanos. Pero ¿cómo podemos saber cuándo hacemos bien y cuándo creemos demasiado?

Opinión.- Siempre me lo repito: carecer de la suficiente inteligencia emocional es un problema, ya que de repente puede ocurrir una caída y uno entra en crisis. Lo sé por experiencia.

Cuando tenía 12 años me dio por buscar a Dios con todas mis fuerzas. Pasaba por algo que yo consideraba como dolor de mundo. Había un sinsentido que me corroía desde el fondo de mí y sentía que me agobiaba. Ahora sé que eso se llama angustia… y ya más alcanzativo podría considerar eso como una protocrisis existencial. Comencé a orar por las noches, a escuchar predicaciones y a leer la Biblia, hasta que me la terminé y sentí que todavía no era suficiente. Así que decidí comenzar a congregarme.

En definitiva asistir a la iglesia es una de las experiencias más importantes de mi vida. Hay un antes y un después en todo sentido. Ahí conocí a mis amigos y aprendí a socializar como no lo había hecho en la escuela ni en el pasaje donde vivía. Es decir, de ambos lugares tenía —y tengo— amigos, pero en la iglesia aprendí que los amigos no solo son para hacerse bullying mutuamente, sino también para hablar, para exteriorizar lo que uno pueda estar sintiendo.

Y aunque suene exagerado, en la iglesia aprendí que a las amistades se les abraza, se les dice y recuerda que uno los quiere mucho, que se les extraña, que uno las lleva en sus oraciones. Al principio no hallaba que hacer con tanta cordialidad y es por eso que mencioné al inicio del post lo de la inteligencia emocional: llegó un momento en el que de verdad creí en las palabras de todas esas personas y  pensé en que todos los gestos eran de genuina honestidad. Creo que realmente estaba falto de algo y tenía una ceguera extraordinaria. Pero bueno, siempre me lo autorrepito: tardo, pero de un momento a otro caigo en la cuenta. De que caigo, caigo.

El despertar suele ser muy duro.

Hubo un momento en el que no soportaba pertenecer a una organización donde el 80 % es representación y el otro 20 % cordialidad. En ese estado aguanté 5 años, hasta que mi fe no dio para más. Hay honestidad, por supuesto, pero no hay diferencia con otros círculos o causas sociales, donde hay honestidad solo entre los amigos, entre los pequeños grupos, en esos donde uno no cabe. Y cuando me doy de frente contra la pared de ladrillos… bueno… en aquellas circunstancias me comporté como un completo idiota.

Al menos hoy sí estoy consciente de mis rarezas… es decir, no me asumo anormal, pero antes creía que de verdad encajaba en el grupo, cuando en verdad era solo representación. Así que eso, sumado a mi angustia y a la estupidez supina propia de dicho contexto, debió provocar que le hiciera puñetera la existencia a cuantas personas tenía a mi alrededor. La mayoría de quienes conocí han tenido la amabilidad de no echármelo en cara, pero estoy seguro de que resulté insoportable para muchos. Y claro, aún no he perdido la habilidad para caer mal: esa es una de mis principales virtudes.

A estas alturas podría estarse preguntando (y si no es así me tocará poner como prejuicioso palabras en su boca): “¿Y este idiota que es demasiado ingenuo o qué?”. Bueno, algo así… al menos asumo la parte que me corresponde. No soy todo inocencias, por supuesto, pero en principio creí en la pureza de la sal. Me entregué en cuerpo y alma como nunca lo había hecho en ninguna cosa o aspecto de mi vida. Mi relación con Dios fue de lo más fenomenal, porque no hay nada más maravilloso que bajar la mochila invisible llena de cargas espirituales que todos nos arrogamos llevar en la espalda, porque de locos nos ponemos a cargarla más y más a lo largo de la vida.

Creo que un cristiano que con honestidad tiene fe en Dios lleva una vida menos desdichada, porque carece del dilema sartreano y de todas esas angustias que solemos añadir en este valle de lágrimas a quienes nos gusta complicarnos. El buen cristiano deposita sus cargas en Dios y con eso resuelve en lo espiritual… al menos quien de verdad tenga fe. Si hay verdad o falsedad en lo espiritual es cosa de cada quien. Yo no me meto en la relación con Dios de nadie. Y si su relación con Dios es inexistente, eso también es cosa suya. Todos tenemos una escala espiritual de valores y eso se respeta. Mi punto en este post es otra cosa.

Es ingenuo creer en la pureza de las instituciones, eso lo sé… es lamentable que yo tuve que aprenderlo a puros golpes. No hubo nadie que me aconsejara o me dijera esto o aquello. También me faltó boca para hablar, por supuesto, pero con los años he llegado a la conclusión evidente de que hay personas que somos proclives a caer en esta clase de cosas. No sé si hay un problema emocional implicado en esto (aunque de seguro sí), pero trataré de ser breve para exponerlo. No sé si ahora podré alumbrar donde antes fui incapaz de comprender qué es lo que ocurre en este proceso. De todos modos la experiencia enseña.

Igual, hay que distinguir entre los casos de fanatismo y enajenación extrema, como los planteados de una forma muy ilustrativa en la película La ola, de Dennis Gansel (película que, por otra parte, da para mil ensayos, sin contar la novela y los experimentos reales). Ese tipo de alienación corresponde a un perfil muy concreto, peligroso en lo inmediato, por supuesto, pero radicalmente distinto al otro tipo de alienación.

Si de repente conocemos a alguien extraordinario, determinado y que es capaz de cumplir con éxito cualquier idea o proyecto que tenga, suele pasar que de repente dan ganas de seguirlo, apoyar su causa, contribuir para que las cosas de verdad cambien (¿cambiar el qué? No lo sé… solo dan ganas de creer que por fin algo cambiará). Fue así como terminé convenciéndome de servir en un par de causas a lo largo de mi vida… iba a enlistarlas, pero mejor me ahorro la autobiografía.

Luego de un modo infantil terminé decepcionado. El error, por supuesto, es mío, no de las instituciones humanas. No todas las personas creen en entregarse a una causa y eso también merece respeto. Hay personas que se unen a grupos o causas para adquirir sentido de pertenencia, por lo cual no hay ninguna diferencia entre pertenecer a una institución  que desea ayudar, que a un club social cualquiera.

Lo mismo ocurre con los estudios o con otros ejemplos que se le ocurran. Cuando hacíamos trabajos en grupo (en la universidad) yo era de esos que leen todo, investigaba material y todavía quería saber acerca de temas periféricos o eje transversal. Y dentro del grupo había quienes solo querían pasar la materia y ya, que agarraron la carrera porque había que estudiar algo. Visto así, ¿qué derecho tengo para echarles en cara si hay o no mediocridad? Lo correcto es que cada quien decide si tomar a broma o en serio su proyecto de vida. Y la navaja sartreana indica que cada quien lo resuelve y no tengo por qué invadir o juzgar el proyecto del otro. Sin embargo, por años me dejé afectar.

Si me convierto en voluntario de algo, no solo leeré el material que me proporcionen, sino que investigaré todo lo relacionado con mi futura labor. Y no quiero que se confunda, que no es diligencia o querer quedar bien: es pasión… una pasión irrefrenable, que de repente se convierte en una luz celestial. Pero tarde o temprano caigo a tierra y el golpe entonces duele. Lo explico con muñequitos por si usted no conoce el perfil del que le hablo. Pero si ha pasado por el mismo padecimiento, entonces todo lo dicho está de más.

Y como ya puse demasiados ejemplos, mencionaré el esclarecedor de siempre, la vieja confiable, solo para llegar al punto que espero me esté siguiendo. En el clásico ejemplo nazi, si bien eran peligrosos aquellos fanáticos radicales que eran capaces de hacer vandalismo o quién sabe qué otras barbaridades, lo cierto es que los desmoralizados solían caer, al menos una buena parte. Pero quienes de verdad eran y son peligrosos son aquellos que con suma tranquilidad defienden a muerte el ideal, que son capaces de convencer a los demás, y han llegado a asumir de tal manera, que es casi imposible sacarlos de ahí, porque han llegado a la etapa donde filtran la realidad a través de esa creencia.

No juzgo si la ideología nazi estaba o no en lo correcto, que eso es un punto aparte. Pero espero que me esté siguiendo en ese punto: hay personas que somos proclives a caer en esos idealismos peligrosos, de esos de los que nadie nos puede sacar, porque somos apasionados, nos gusta profundizar, creemos en la causa de verdad, como si fuéramos a salvar al mundo de algo. Y me incluyo, porque hasta que estuve observándome, hasta que vi atrás y todo lo que dejé, me enteré de cuántas veces me entregué en cuerpo y alma, y cuántas veces me “defraudé”.

No digo que lo he superado. Nada me convence más que ver a alguien que está con todos los poderes y que quiere formar un buen equipo de trabajo. Si es una buena causa, yo digo: “¡Vamos, hagámoslo!”, y de verdad colaboro con todo lo que puedo. Pero ahora, con menos enajenación (siempre está, pero la iré minimizando con los años), creo que puedo comenzar a servir a futuras nuevas causas con el equilibrio correcto, con la justa medida.

Espero que otras personas que estén pasando por lo mismo hagan autoanálisis y puedan sanar un poco su corazón: decirlo es una obviedad, pero todos fallamos y por ende las organizaciones también lo harán. Eso no debe hacer que perdamos las convicciones o el sentido de pertenencia. Tal vez siempre se necesita cambiar el rumbo, pero a veces solo debemos movernos un par de escalones y las cosas pueden mejorar. Suena a superventas, pero a varios años de estar alejado de cualquier causa me doy cuenta y hago balance.

Siento que veo con más claridad lo recorrido y los siguientes pasos que quiero dar.

VoxBox.-

El momento “cráter”

Opinión.- A mí se me antojan los momentos cráter como esa sensación random que nos queda cuando algo nos cala hondo: es algo que no veíamos venir y que al mismo tiempo desencadena las reacciones más variadas. Parecido al factor sorpresa, pero llega más lejos que el simple asombro.

Como nada de esto me lo he inventado, debo añadir que tan curioso nombre lo saqué de unas palabras de Roque Dalton, que de abusivo se me ocurrió utilizarlas como la definición. Él escribió sobre el momento cráter:

Una noche, se produjo un fuerte temblor de tierra. Nada particular en aquellos tiempos en que según el Servicio Sismológico se daban hasta mil temblores diarios en la zona central del país. Lo bueno estuvo en que este temblor no fue de los que pasan como mareos personales o que solo son registrados por los sismógrafos más sensibles. Por el contrario, fue verdaderamente fuerte y produjo un cambio notable en la morfología de mi celda. Una gran parte del repello de la pared larga que se había hinchado debido a las corrientes de las lluvias, se vino abajo con gran estruendo. Pasó lo que llamo un “momento cráter”, y que sólo yo sé de qué se trata, no tiene que ver exclusivamente con volcanes y terremotos o explosiones de granada de obús. Saber de pronto que tu mujer te engaña, por ejemplo, es un típico “momento cráter”.

Este fragmento aparece en la novela Pobrecito poeta que era yo…, que fue publicada en 1976. Además de ese dato, reconozco que, en rigor, ni siquiera se pueden considerar como definición ninguno de los elementos de la cita mencionada, y que, de hecho, el autor no tiene ni la menor intención de hacerlo, ya que es ficción y es una cita marginal sacada de contexto. Sin embargo, para mí —y me ocurrió desde la primera vez que leí esa novela— resultó ser algo revelador. Quizá porque sin saberlo había vivido cosas que me recordaron tan escurridiza definición.

Sin entrar en mayores detalles, quizá porque también fui víctima de un engaño recuerdo con claridad mi reacción: estaba con mucho, mucho sueño y de repente un torrente de adrenalina invadió todo mi ser. No estaba ni alegre ni triste y solo se apoderó de mí una resignación, una cólera sorda, una certeza de algo que no podía definir con palabras en aquel entonces… en un sentido casi poético sabía que, por más que lo intentara, no había vuelta atrás y mi relación jamás volvería a ser igual. Tal vez se convertiría en algo mejor —eso nadie podía saberlo en ese momento— o en algo peor, donde la suerte estaba echada. Pero solo sabía que la certeza de saber esa verdad lo cambiaba todo.

Como la mente obra de formas misteriosas, con los años esa definición volvía a mi cabeza. De palabrerío insuficiente, pasó a ser para mí una forma acertada y poética de entender las cosas. Por la ambigüedad, supongo. Dalton no nos dice cómo reaccionaría el que llegue a saber que su mujer lo engaña: solo nos anuncia que ese instante mismo es el momento cráter. Lo demás lo pone uno después. Yo, por ejemplo, actué con naturalidad, aunque por dentro me invadió una tonta resignación, la sensación de que ella nunca me quiso de verdad.

Si eso lo trasladamos a otra clase de situación, notaremos que los momentos cráter se encuentran en más experiencias de las que querríamos imaginar. Desde lo simple inesperado, pasando por lo emotivo y las más de las veces en instantes poéticos.

El momento cráter no es ni lo sorprendente, ni lo épico, ni lo terrorífico. Solo se sabe que es y ya. Todo dependerá de la reacción: cuando ocurre el momento cráter, la reacción será siempre inesperada. Hay quienes llorarán, de otros se apoderarán sentimientos encontrados, quizá algo parecido a la anagnórisis, o bien, simplemente un momento que sobrepasa lo sorprendente, porque tiene mucho de inolvidable, lo suficiente para meditar una y otra vez sobre el hecho en particular.

Y para que suene más concreta la cosa, dentro de la cita de Dalton menciona lo del temblor de tierra, lo cual implica que el momento cráter lo aplica a dos situaciones distintas: la cuestión es cómo va a reaccionar después.

En mi caso creo que soy del tipo que se corta, congela o petrifica. Es decir, con pena debo reconocer que quizá sería de los tipos inútiles que al comenzar una balacera se quedaría quieto, y que al mismo tiempo no haría nada para ayudar. Por el contrario, hay personas que en el instante mismo, como si hubieran estado esperando a que la situación ocurriera, son capaces no solo de reaccionar, sino de tomar acciones importantes al respecto, porque comprenden con estoicismo que la vida está en juego.

Según este ejemplo, el suceso vendría a ser la balacera, pero el momento cráter es lo que vive en su interior cada persona: unos se quedarán paralizados, otros gritarán, unos llorarán, otros tendrán ataques neuróticos, algunos actuarán a lo loco, quizá unos con calma y frialdad como si fueran soldados, otros pensarán en soluciones inmediatas, y bueno… inserte aquí el ejemplo que se le ocurra. La cuestión es que el momento cráter es ese instante que usted no puede predecir, pero que a continuación tendrá que afrontar y conocer.

¿Cuál fue su reacción la primera vez que vio un momento crucial en su caricatura preferida? En mi caso fue hace muchos años, pero me parece delicioso el ejercicio de recordar. Se me ocurre, por ejemplo, la primera vez que vi a Goku convertirse en Super Saiyajin (Dragon Ball es ejemplo que todos conocemos); o la vez que vi a Shishio atravesar con la espada a su mujer, con tal de poder herir a Kenshin (en Samurai X); o cuando Rock Lee apareció de pie, mientras todos pensaron que estaba derrotado (del anime Naruto). Todas son situaciones inesperadas e intensas, pero la cuestión es cómo reaccioné.

O bueno, piense, por ejemplo, cómo reaccionó la primera vez cuando en la película Braveheart escucha a Mel Gibson gritar de forma sorpresiva: “¡¡Libertad!!”, cuando todos lo dábamos por muerto sin hacer bulla. Ahora podemos verlo a cada rato y sentirnos conmovidos por deporte. Pero la pregunta es: ¿cómo reaccionó la primera vez que lo vio? Esa reacción, mi estimado lector, es el momento cráter. Y es un momento random pero también placentero, doloroso y catártico. Es una extraña forma de disfrutar la verdadera obra de arte, aunque también nos haga pasar malos ratos en la vida práctica. Es la sensación de estar vivo y es la anarquía impredecible de nuestro proceso bioquímico. Es, de alguna manera, una constante microscópica que nos recuerda lo inescrutable que resulta ser la vida.

VoxBox.-

Joseph Merrick: la vida, el amor y la dignidad humana

Joseph Merrick. VoxBox.

“Es cierto que mi forma es muy extraña, pero culparme por ello es culpar a Dios;
si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo procuraría no fallar en complacerte.

Si yo pudiese alcanzar de polo a polo o abarcar el océano con mis brazos,
pediría que se me midiese por mi alma. La mente es la medida del hombre.”

Joseph Merrick,
inspirado en unos versos de Isaac Watts

Opinión.- El 5 de agosto de 1862 nació Joseph Merrick. La mayoría le conoce como el Hombre Elefante. Su mal congénito, que a partir de los 5 años se mostró en su cuerpo con una agresividad que lo aquejaría toda su vida, hizo que se ganara tan terrible apodo, ya que partes de su piel parecían tener la misma consistencia y color que la de un elefante.

Si Merrick estuviera vivo, incluso ahora no habría solución para su enfermedad. El estoicismo, su actitud hacia la vida y el mundo que le tocó vivir lo convierten en un ejemplo de valentía, tenacidad, amor y dignidad humana.

Los medios en su época lo llamaron “el hijo más desafortunado de Inglaterra”. Y también hubo algún columnista anónimo que llegó a escribir que el mundo entero tendría que ponerse de rodillas y pedirle perdón a un hombre que solo conoció vejaciones, dolor, morbo, curiosidad y desprecio. Un mundo que le negó todo el amor, aunque él de su parte devolviera la otra mejilla y prodigara amabilidad y cariño.

La vida de Joseph Merrick

Es conocida la anécdota que Merrick vivió con una dama: ella le dio la mano y él de repente rompió en llanto incontenible. Cuando le preguntaron qué le pasó, él solo acertó a decir que era la primera vez que una mujer le daba la mano, y que no estaba acostumbrado a ser tratado con amabilidad. Debo confesarle que el solo pensarlo me parte el alma. Incluso reconocer la causa del llanto requiere coraje y honestidad.

Trabajó desde niño, aunque le fue imposible hacerlo bien por sus impedimentos. Sufrió hambre, burlas, golpes y otro tipo de maltratos de parte de su familia, de tal manera que en varias ocasiones intentó huir, hasta que al fin lo logró.

Al no encontrar ningún tipo de trabajo y con el hambre a punto de devorarlo, se decide a trabajar como sujeto de exhibición en esos ambulantes que presentan rarezas. De ahí fue que nació el apodo del Hombre Elefante.

La gente al verle actuaba con tanto escándalo, que muchas veces la policía cerró las exhibiciones que estaban abarrotadas de curiosos y morbosos. Insultos, amenazas, satanizado por fanáticos religiosos, posibles maltratos físicos no precisados en ningún testimonio, asco, terror, miradas hostiles y mórbidas, y todo lo que se le ocurra, lo vivió Merrick todos los días de su vida, hasta que llegó a vivir en London Hospital, donde apenas en sus últimos años de vida conoció un poco de sosiego, y relativa paz y tranquilidad.

Sobrellevar una enfermedad que le impedía comer, respirar y movilizarse con normalidad, además que cada noche de su vida fue un martirio, ya que las dimensiones de su cabeza le impedía dormir en posición natural como la mayoría de personas. ¿Cómo fue que no sucumbió a la locura?

Eso sí: se cree que cayó en la tentación de dormir en una postura normal y que eso lo llevó a la muerte, porque de seguro en esa posición se lesionó la nuca de manera fatal. Es decir, la única noche de sueño que él decidió intentar vivir con normalidad le resultó fatal.

El amor

Merrick conoció el amor desde temprano, a través de su madre. Ella quería que fuera a la escuela, que aprendiera en medio de sus dificultades a llevar una vida lo más cerca posible de lo normal. Y por el propio Merrick se sabe que ella fue su ángel, la única persona de este mundo que trató de darle todo el amor.

Fue tanto así que él se volvió dependiente de ella, además que fue su modelo para considerar que todas las mujeres eran así de sensibles: por testimonios, conversaciones y cientos de comentarios, se sabe que tenía casi devoción religiosa por la figura de la mujer. Así que cuando su madre falleció para él fue la tragedia más terrible de su vida.

Incluso lo consideró más terrible que todo lo que vivió. Se me ocurre que de seguro fue que ese amor compensaba los millones de desprecios del resto de la humanidad. Sin ella literalmente quedó en la más pura orfandad moral y espiritual. Pero su estoicismo y resiliencia son la prueba de que Merrick estaba destinado a sobrellevar sus circunstancias con un amor del tipo consagrado, de ese que se aprende a llevar después del duelo. Se sabe que jamás se despegó de un pequeño retrato de su madre.

Ashley Montagu (autor de The Elephant Man: A Study In Human Dignity) considera que ese amor de madre desmesurado permitió que Merrick aprendiera a amar bien y por sobre cualquier circunstancia. Las miradas de temor, de odio y fobia irracional no las recibió jamás con rencor, sino que con amor culpable; es decir, con ese extraño sentimiento parecido pero que no es masoquismo, y que se caracteriza por sentir que uno es culpable de algo y que tiene que hacer otro algo para remediarlo. Si nunca ha vivido ese sentimiento, lamento comentarle que es imposible explicarlo con todas las palabras del mundo.

Se encariñaba de la gente con una rapidez pasmosa, y desde el momento en que lo miraban con temor o asco mejor se apartaba, más para no sentir que era molestia que por sentirse ofendido. Tal como lo representa la película de David Lynch, Merrick prefería en la mayoría de ocasiones no hablar, no porque careciera de inteligencia, sino porque veía cómo la gente cambiaba la cara (quizá por los extraños sonidos y el terrible esfuerzo que hacía para pronunciarse correctamente) y mejor le ahorraba al prójimo el disgusto, como si el pobre Merrick hubiera sido culpable de su condición.

Ese extraordinario amor en general puede resultar extraño para muchos, pero a lo largo de la historia han existido personas que se identifican con el sentir de Merrick, ya que aprender a amar sin recibir, a amar en medio del desprecio, a sobrellevar el dolor y a mostrar la mejor cara: Merrick es un ejemplo impresionante de amor, en definitiva.

La dignidad humana

A pesar de la vida que Merrick conoció, destacó por su sensibilidad, don de gentes, carácter dulce, estilo ingenioso, educado y distinguido, con un vocabulario extenso y una memoria prodigiosa. Y no es una exageración: sostuvo conversaciones con algunas  de las gentes más importantes de su época, incluida la princesa de Gales. Hay quienes llegaron a pensar que quizá nació con una inteligencia por encima del promedio, pero es algo que jamás podremos saber.

Visto en frío, Merrick tendría que haber guardado resentimiento con el mundo circundante que le tocó. O como mínimo, ya que le resultaba imposible valerse por sí mismo para siquiera defenderse, le quedaba la opción de volverse loco, de suicidarse, de buscar una manera de aislarse del resto del mundo. En alguna ocasión pensó en la posibilidad de irse a vivir a un faro o un asilo especial para ciegos: pero todo era para que ocurriera la posibilidad de que alguien por fin lo tratara con normalidad.

Joseph Merrick Plaque
“Un verdadero modelo de valentía y dignidad para todos los pueblos, de todas las generaciones. Erigido por sus amigos, en todo el mundo, en el año 2004”.

Ya me ha pasado que me han tratado mal sin que yo le haya hecho nada a la otra persona. También —sin deberla ni temerla, como decimos en mi país— han insultado mi inteligencia, o se han aprovechado de mi nobleza, o ignorado mis gestos y buenas intenciones. Digo todo esto para que usted, estimado lector, también reflexione en que de seguro le ha ocurrido también, y muchas otras experiencias que no nos queda de otra que callar.

O también hemos pasado por amores tóxicos, o tragedias personales, o toda clase del sufrimiento que trae la vida. Leo la historia de Merrick y pienso en las palabras de Roque Dalton, en uno de los diálogos de su novela: “Ustedes lo que tienen son angustias metafísicas tropicalizadas”. Me río con amargura y me siento como un niño inmaduro.

Y no diré que me consuelo al pensar que alguien la pasó mil veces peor: me siento mal, porque quisiera ser más fuerte, quisiera a veces haberme defendido, quisiera que comprendieran quienes nunca quisieron hacerlo, quisiera haberme apartado cuando debí hacerlo… quisiera… en fin… entonces la historia de Merrick resulta en un sentimiento agridulce.

Y en una gran enseñanza, por supuesto.

VoxBox.-