Edwin González

Dedicado a oficios y emprendimientos inútiles. Síndrome de Fausto. Escribo porque sí, por las dudas y por compulsión.

El compromiso, la emoción y la felicidad forman una cadena frágil

Opinión.- He escuchado historias sobre gente que mantiene su palabra a lo largo de la vida: amigos que sobreviven a las adversidades, a la distancia, a los años sin verse, a malos entendidos, etc. De igual manera con la familia o con los compañeros laborales. Y no olvidemos esas personas que aunque no son familia o amigos, o que apenas tuvimos una relación de tipo contextual (organizaciones, estudios, proyectos) y al vernos nos saludan como si la semana pasada fuera la última vez que nos vieron.

De parejas, ni se diga: conozco esposos ancianos que se soportaron mutuamente durante toda una vida, con historias sorprendentes o con pruebas de vida que yo digo para mis adentros: “No sé si hubiera sido capaz de soportar esto… de verdad no lo sé”.

Pero así también conozco a gente que no se siente en la obligación de aguantarle carga a nadie (en mi país les llaman mecha corta), que son prácticos con la vida y no dudan en volver a empezar. Conozco también personas que se olvidan de las viejas amistades, que después de una relación contextual sencillamente pasan página y desaparece toda forma de cordialidad, o bueno: solo sacan de sus vidas a quienes de forma utilitaria o de razones inmediatas ya no les sirve.

Hay de todo en esta vida y usted sabía que a esa frase clásica quería llegar. Pero ¿por qué mencionarlo entonces?

Sonará a quiero hacer una crítica millenial o algo así, pero le aseguro que no se trata de eso. Creo que en todas las épocas han habido personas así, y que de hecho, salvando las distancias y dentro de lo que cabe en las múltiples discusiones, cada vez la humanidad y las nuevas generaciones suma más puntos a nuestra parte civilizada que a nuestra barbarie.

Pero nuestra edad contemporánea maneja un escabroso e inexplicable concepto de la felicidad. Y como la felicidad es fundamentalmente individual, nos parece natural la necesidad de legitimarla con preguntas como: ¿Estoy bien conmigo mismo? ¿Cómo me siento? ¿Soy feliz con lo que tengo ahora? ¿Estoy siendo fiel a mis sueños y aspiraciones? ¿La estoy pasando bien?

Y de entre todos estos pensamientos que permean nuestra filosofía de vida, hay personas a quienes les parece normal legitimar su peculiar trato hacia otros, justificando que ya son así por los modelos actitudinales que han desarrollado, por los patrones culturales que mediante vivencias legitiman como paradigmas. Les parece cómodo justificar el abandono de los otros o su displicencia, porque en su mundo de emociones encuentran el asidero que necesitan (“Es que me cae mal… si supieras cómo es… solo lo ves desde tu punto de vista… si estuvieras en mis zapatos”).

Con esto no invalido a quien haya vivido experiencias difíciles. Lo cierto es que todos las tenemos y es demasiado complejo determinar un dolorómetro para verificar quién ha sufrido más y con qué. Y pensar en lo traumático, al menos en el contexto de lo que expongo, sería una reducción al absurdo. No quiero que pierda eso de vista.

El meollo del asunto es que estamos viviendo tiempos en que los compromisos son tan volátiles como las palabras que se las lleva el viento. No digo que antes eso no pasara. Como dije anteriormente, esto ha ocurrido en todas las épocas. Pero parece que en estos tiempos está ocurriendo con mayor frecuencia, porque sencillamente hay muchas maneras de justificar el desechar a otra persona o legitimar comportamientos.

Y no está mal que usted no se deje pisotear por nadie, por supuesto. Nuestra concepción moderna de los derechos nos ha hecho saber que recibir maltrato físico o verbal no es normal (como en miles de años de humanidad ha estado ocurriendo), que tenemos derecho a un espacio individual y un largo etcétera.

La cuestión es en qué parte de todo esto encuentra el equilibrio entre adquirir un genuino compromiso con otro ser humano o huye de eso a la primera oportunidad. O peor aún: deja a la otra persona vestida y alborotada, metafóricamente hablando (es decir, somos cordiales, nos mostramos genuinos, pero cuando la persona quiere llegar más lejos de inmediato ponemos barreras… aplica para nuevas amistades, no crea que solo en cuestión de parejas).

Y no crea que lo digo desde afuera. Yo también siento que lo he hecho a lo largo de mi vida. De hecho, escribo esto mientras me autoexamino: ¿a qué le temo? ¿A que me lastimen? (Como si después de tantas experiencias buenas y malas eso fuera tan fácil). ¿O es que temo a perder algo de mi esencia individual? (Imposible: lo temático y melancólico ya nadie me lo quita). Usted puede autoexaminarse. De verdad, ¿qué le impide aprender a adquirir compromisos con otro ser humano? ¿Qué le resulta más fácil: quedarse o salir corriendo?

No sé si dentro de 50 años las relaciones humanas serán más volátiles todavía… relaciones basadas únicamente en lo utilitario, carente de todo ese humanismo y emoción que nos ha aleccionado 30 siglos o más de filosofía, ciencia y literatura. Quisiera pensar (a lo mejor por puro confort infantil) que usted se animará a llamar o escribirle a esa persona, a quien el fondo apreció siempre y que tiene tanto tiempo de no comunicarse.

El compromiso, la emoción y la felicidad forman una cadena frágil. En lugar de esperar a que todo llegue a su lugar de una forma misteriosa (la dichosa e imposible felicidad perfecta), mejor pongamos unas gotas de estoicismo y disposición, para que eso que tal vez cueste un poco resulte más recompensante. A veces nos equivocaremos, ¿y qué? ¿Cambiaría todo ese amor y cariño que fue capaz de dar? ¿Se arrepiente de las veces que fue capaz de sostener una promesa hasta el final?

Bueno, bueno… no soy quién para cuestionar cuánto está dispuesto a dar. Quedemos en que hay satisfacciones que están más allá de huir en aras de sostener la moderna visión de felicidad.

VoxBox.-

El ghost inabarcable, breve e ínfimo

Opinión.- Al pensar en el ghost no evito recordar esto: La bioquímica nos traiciona todo el tiempo: ¿con qué facilidad podemos pasar de la felicidad al enojo, del éxtasis al terror? ¿En qué momento nos hace la mala jugada la calidad o la ausencia de aquello que se da en llamar inteligencia emocional? Autodestrucción a cuentagotas o disciplina demoledora. La transición siempre duele y cada paso siempre nos hace sentir que falta un universo del camino… pero es que el paradigma en ese sentido suele ser erróneo, porque el camino jamás termina y los problemas nunca se solucionan del todo, ya que apenas en esta vida hay tiempo para amortiguarlos o minimizarlos.

Es por eso que a veces nos entregamos a todos y cada uno de esos pequeños placeres. No importa lo que sea, todos necesitamos unas cuantas onzas de hedonismo diario para sobrevivirnos. Hay personas a quienes les basta con lo que tienen al alcance, ya sea un libro, la compañía de otra persona, una actividad física o algo que simplemente consideren recompensante. Otros suelen ir más allá y necesitan intervenir directamente su proceso bioquímico, por lo que recurren a las drogas, ya sea legales o ilegales.

Esto —en lo personal— me ha intrigado grandemente, porque el mecanismo bioquímico es tan subjetivo como no querer levantarse por la mañana (no ceder al dolor de cabeza de levantarse de golpe), a permitirse la autodestrucción a cuentagotas (el cigarrillo de cada día, el desvelo descontrolado, o cualquier forma de laceración espiritual), todo en una lucha diaria que tiene algo de infantil, pero visto en rigor: ¿quién es 100 % maduro y afronta la vida con el absoluto deber ser y hacer? De seguro solo las primeras comunidades humanas, y lo hicieron sin saberlo, sin vivir-en-sí, porque la emergencia de sobrevivir cada día impedía pensar en otra cosa con propiedad.

He pensado que en nuestro tiempo de utilitarismo y placer es imposible, pero por aquello de no tener pruebas más allá de toda duda razonable debo dejar el margen de duda y admitir que quizá todavía existan personas excepcionales, que atienden las responsabilidades de la vida como corresponde, aquello que nuestro relato humanista considera ética y moralmente procedente.

Estoy clarísimo en que jamás podremos vencer del todo nuestra naturaleza, a menos que se descubran formas artificiales de someterla (como ocurre con la filosofía del consumidor de drogas, que prefiere conectarse con el mundo a su manera, en lugar de lo establecido por nuestros patrones naturales). Hay intentos a granel como para hacer una lista exhaustiva, y los hay en todos los ámbitos y formas. Pero mientras eso no pase, somos prisioneros del estuche en el que está encerrada la esencia, el ghost, ese relato que nos hemos creído y que llamamos espíritu, alma, condición humana.

El miedo a la libertad, el tedio, la empatía como muro de cristal, el cinismo: ¿cuáles son los vestigios, las huellas con lo que le damos sentido a todo, y con lo que justificamos el hacer de cada día?

Eso me recuerda una investigación relativamente reciente, que todavía se encuentra en fase experimental, al menos hasta donde estoy enterado. Se trata de la estimulación transcraneal con corriente directa (TDCS, por sus siglas en inglés). A través de pequeñas descargas, en breves impulsos de corriente eléctrica en áreas específicas del cerebro, se logra un estado parecido al flujo de conciencia, y en algunos casos (los más favorables, digamos) puede alcanzar la todavía incipiente y desconocida hiperconcentración focalizada, que en casos concretos podría llegar a ser de gran ayuda.

Sally Adee, en un razonado artículo para la New Scientist, nos cuenta una experiencia extraordinaria con la estimulación transcraneal, que incluso dejó una posterior secuela mental que roza un poco la crisis existencial.

En síntesis, hizo una prueba en un simulador, en el que tenía que dispararle a todos los blancos (como en los videojuegos shooter). Es investigadora y no militar, así que es evidente afirmar que falló y se sintió como una niña a quien le encomendaron una misión difícil. Volvió a repetir la prueba, pero esta vez con los electrodos puestos en un casco de estimulación craneal, y en esta ocasión de forma asombrosa le dio a todos los blancos, con una puntería casi impecable.

¿Qué fue lo que pasó? Al parecer la estimulación con los electrodos le permitió callar la voz interna que nos hace dudar, que suele autoinvalidarnos en momentos críticos (la bioquímica del miedo, la adrenalina, la confusión, etc.). Entró en estado de flujo y pudo actuar como una profesional, como si toda su vida hubiera tenido la habilidad de disparar. Había una claridad pasmosa, algo que nunca en su vida había experimentado. Mientras que naturalmente practicamos y practicamos hasta que lo que hacemos se vuelva un movimiento reflejo, con el casco de estimulación craneal podemos ahorrarnos miles de horas que naturalmente necesitaríamos para practicar.

En un inicio (como suele ocurrir con esta clase de experimentos) el casco tiene fines para investigación militar, pero en un futuro no muy lejano se está considerando que quizá sirva para tratar algunos padecimientos en el amplio espectro autista, además que (quién sabe si en un futuro no muy distópico) tal vez llegue a servir para uso doméstico, para acelerar los procesos de aprendizaje.

Pero Sally Adee afirmó sentirse un poco afectada, ya que durante semanas trató de explicarse cómo era posible que esos instantes (que ella sintió como un minuto, pero que en realidad pasaron 20) fueron de una claridad, de un ser-en-sí que jamás en su vida había experimentado, y que durante días le dejó la sensación de impotencia, un sentimiento de inutilidad emocional. ¿Será que nuestra traicionera bioquímica siempre nos ha mantenido en un permanente letargo, que nos permita sobrellevar la angustia de la existencia, la aterradora sensación de la vida y la muerte?

Si solo somos un proceso bioquímico que perfectamente puede llegar a controlarse, ¿será que el ghost entonces es solo un relato, un producto del mito humanista estimulado por siglos de metafísica, mitología e imaginación?

O quizá esta tecnología solo deja claro que la comprensión de las dimensiones cerebrales todavía es un tema pendiente, algo que requerirá más experimentos (y los experimentos cerebrales siguen siendo un tabú mayúsculo, incluso en las sociedades más avanzadas), más investigación y más reflexión. ¿Cómo razonar lo que apenas podemos tocar? El ghost se nos hace cada vez más inasible, dejando un margen de incertidumbre en cuanto a lo que creemos que significa el vivir-para-sí y el resbaloso concepto de felicidad.

VoxBox.-

¿En la guerra y en el amor todo se vale?

Opinión.- ¿A quién se le habrá ocurrido la frase “en la guerra y en el amor todo se vale”? Sé que forma parte de la sabiduría popular y siempre he considerado que dicha sabiduría es más importante de lo que parece, aunque muchos suelen subestimarla, como si el acumulado de la experiencia colectiva no contara. Sin embargo, esta frase me parece demasiado sospechosa… y he vivido varias situaciones indignantes que solo me refuerzan la idea. Ya no sé si hay o no sabiduría en esa frase, pero lo que sé es que me niego a aplicarla en mi vida.

Es decir, de entre los asuntos humanos no hay nada más descontrolado, impredecible, aleatorio y a lo sumo con efecto entrópico que el amor y la guerra, lo cual implica que simple y sencillamente es imposible mantener todo bajo control. La frase entonces se convierte en una justificación y legitimación, en una ruptura ética y moral, y en estos tiempos implica además la exaltación del egoísmo individualista.

Lo he dicho en muchas conversaciones y de seguro alguien más ya lo pensó o escribió, pero quiero mencionarlo como frase de cajón (me perdonará la falta de rigor): estamos más listos para hacer la guerra que para hacer el amor. No sé si es misántropo de mi parte pensar que es sencillo acceder a la maldad, pero piénselo: hay quienes hasta tienen pavor a enamorarse y salen corriendo, pero están con los puños listos si alguien desea ponerlos a prueba. ¿O solo yo conozco personas así?

En la guerra y en el amor hacemos cosas desesperadas, a veces cargadas de insensatez. Se me ocurre, por ejemplo, las tablillas de maldición de amor de la antigua Grecia (algunas tan antiguas que resultan insólitas a la misma comunidad científica), que son la prueba de la preocupación y del tratamiento que se le da al asunto en un caso de la antigüedad. Si le interesa el tema, lea esto, por ejemplo.

¿Cómo podemos pensar que estamos listos para el amor si nos gusta adueñarnos de las personas? Si no nos aman en la misma medida en la que amamos, nos frustramos o actuamos de forma incorrecta. Cuesta, cuesta, no ser egoísta. Como le dije a alguien una vez: “Vos no tenés nada de culpa… todo esto es solo un inmenso rollo mío”. Y no lo digo para fingir algún tipo de falsa madurez: me he equivocado más veces de las que quisiera admitir. Muchas. Pero todos aprendemos de las caídas, ¿o no? Y distinguir entre el autoengaño y cuando podría estar pasando algo puede considerarse un arte. ¿Por qué un algo? No sé… creo en este tiempo cuesta ponerle nombre a las cosas.

Lo peor es que el amor quema. Al menos el que creo conocer. Y este es un tiempo en que a nadie le gusta quemarse. ¿Y qué decir de la guerra? Estos son tiempos (¡ejem!… creo que siempre ha sido así) en los que la guerra podría ocurrir en cualquier momento, de forma espontánea, con cualquier cosa. Y convertir todo en un caos. ¿O me negará que vivimos en un mundo que es una inmensa olla hirviendo? Quizá estoy siendo demasiado negativista. Veo fantasmas en todas partes.

Ya nos defraudamos de las ideologías (de los grandes relatos, diría un filósofo francés) y qué se yo de qué otras cosas. Son tiempos demasiado cínicos para lo que estoy acostumbrado. La frase de Clausewitz lo apunta muy bien: “La política es la continuación de la guerra por otros medios”, ya que pareciera que siempre estamos a punto de reventar. Siempre indignados, con deseos revolucionarios, con etapa anárquica, etapa existencialista-nihilista, absorbidos por el sistema a regañadientes y dejando pasar aquello que no entendemos. Como en el amor y en la guerra.

Siempre otras emergencias, siempre resolver otra cosa primero. ¿Resolver el qué? Es imposible resolver algo. “Los problemas no puede resolverse, solo minimizarse”. ¿Quién lo dijo? Ya lo he olvidado.

Son tiempos de demasiado analfabetismo emocional. Y claro, yo no soy ningún iluminado. Acepto que estoy despotricando desde mi cueva, desde mis propias incertidumbres, porque el primero que ya no entiende nada soy yo. Pero si no escribo sobre todo esto no puedo exorcizarme.

Y bueno, ¿cómo es eso de que todo se vale? Naaaaaa, no estoy de acuerdo. Es una concepción demasiado irresponsable. Primero hay que resolver todos esos deficiencias emocionales, todos esos prejuicios, todas esas rasgadas de vestiduras posvictorianas, todas las hipocresías, amar y dejarse amar con responsabilidad pero con honestidad, asumir la parte que corresponda… y entonces me dirá si se vale todo o no la frase. Ahora bien, para qué negarlo: si usted tiene un argumento (que no consista en la simple descalificación, que eso cualquiera lo hace) para dialogar al respecto, con mucho gusto le pondré atención. Hace tiempo que quiero muchas respuestas y las he buscado por mi cuenta… quizá hace falta dialogar con expertos…

Si le creyéramos un poco a uno de los grandes maestros de la sospecha, el mayor problema del amor y la guerra sería el sexo, porque parece ser que está en todas partes, incluso relacionado (aparentemente) con las cuestiones más sutiles e inútiles. Que conste, no es mi opinión: hay muchos que incluso defienden esa postura. Es una posibilidad de las miles que hay.

Pero dando un poco de crédito al respecto, ¿no es de todos sabido que lo más visitado en la red es todo lo relacionado con los temas de amor y el sexo? Ojo, que no digo que eso sea la media del internet. Es falso que la pornografía —por ejemplo— sea el 90 % del internet o algo así. Pero es muy complicado negar los números de la industria del sexo… representa un porcentaje muy alto de la economía de la red y a nivel mundial. Pero ese tema son otros veinticinco pesos, uno que incluso las autoridades mundiales tratan con discreción. Usted sabe. Es complejo.

Hablar de amor y hablar de sexo es un tema espinoso, no quiera negarlo. Familiares, amigos, miembros de iglesia, personas que se escandalizan con facilidad y que hasta podría pender de un hilo la amistad si se llega a ser políticamente incorrecto: ya lo ve, estamos más listos para hacer la guerra que para hacer el amor.

Pero son demasiadas ideas y ni modo: quedarán en el tintero por el momento. Ninguna opinión es más trascendental de lo que en promedio todos podemos opinar. Así que si leyó hasta aquí, gracias por eso. Deseo de corazón que el amor llegue a usted en la justa medida. Eso sí se vale.

VoxBox.-

Sobre la necesidad de creer y el sentido de pertenencia

El sentido de pertenencia es una de las formas de plenitud que alcanzamos los seres humanos. Pero ¿cómo podemos saber cuándo hacemos bien y cuándo creemos demasiado?

Opinión.- Siempre me lo repito: carecer de la suficiente inteligencia emocional es un problema, ya que de repente puede ocurrir una caída y uno entra en crisis. Lo sé por experiencia.

Cuando tenía 12 años me dio por buscar a Dios con todas mis fuerzas. Pasaba por algo que yo consideraba como dolor de mundo. Había un sinsentido que me corroía desde el fondo de mí y sentía que me agobiaba. Ahora sé que eso se llama angustia… y ya más alcanzativo podría considerar eso como una protocrisis existencial. Comencé a orar por las noches, a escuchar predicaciones y a leer la Biblia, hasta que me la terminé y sentí que todavía no era suficiente. Así que decidí comenzar a congregarme.

En definitiva asistir a la iglesia es una de las experiencias más importantes de mi vida. Hay un antes y un después en todo sentido. Ahí conocí a mis amigos y aprendí a socializar como no lo había hecho en la escuela ni en el pasaje donde vivía. Es decir, de ambos lugares tenía —y tengo— amigos, pero en la iglesia aprendí que los amigos no solo son para hacerse bullying mutuamente, sino también para hablar, para exteriorizar lo que uno pueda estar sintiendo.

Y aunque suene exagerado, en la iglesia aprendí que a las amistades se les abraza, se les dice y recuerda que uno los quiere mucho, que se les extraña, que uno las lleva en sus oraciones. Al principio no hallaba que hacer con tanta cordialidad y es por eso que mencioné al inicio del post lo de la inteligencia emocional: llegó un momento en el que de verdad creí en las palabras de todas esas personas y  pensé en que todos los gestos eran de genuina honestidad. Creo que realmente estaba falto de algo y tenía una ceguera extraordinaria. Pero bueno, siempre me lo autorrepito: tardo, pero de un momento a otro caigo en la cuenta. De que caigo, caigo.

El despertar suele ser muy duro.

Hubo un momento en el que no soportaba pertenecer a una organización donde el 80 % es representación y el otro 20 % cordialidad. En ese estado aguanté 5 años, hasta que mi fe no dio para más. Hay honestidad, por supuesto, pero no hay diferencia con otros círculos o causas sociales, donde hay honestidad solo entre los amigos, entre los pequeños grupos, en esos donde uno no cabe. Y cuando me doy de frente contra la pared de ladrillos… bueno… en aquellas circunstancias me comporté como un completo idiota.

Al menos hoy sí estoy consciente de mis rarezas… es decir, no me asumo anormal, pero antes creía que de verdad encajaba en el grupo, cuando en verdad era solo representación. Así que eso, sumado a mi angustia y a la estupidez supina propia de dicho contexto, debió provocar que le hiciera puñetera la existencia a cuantas personas tenía a mi alrededor. La mayoría de quienes conocí han tenido la amabilidad de no echármelo en cara, pero estoy seguro de que resulté insoportable para muchos. Y claro, aún no he perdido la habilidad para caer mal: esa es una de mis principales virtudes.

A estas alturas podría estarse preguntando (y si no es así me tocará poner como prejuicioso palabras en su boca): “¿Y este idiota que es demasiado ingenuo o qué?”. Bueno, algo así… al menos asumo la parte que me corresponde. No soy todo inocencias, por supuesto, pero en principio creí en la pureza de la sal. Me entregué en cuerpo y alma como nunca lo había hecho en ninguna cosa o aspecto de mi vida. Mi relación con Dios fue de lo más fenomenal, porque no hay nada más maravilloso que bajar la mochila invisible llena de cargas espirituales que todos nos arrogamos llevar en la espalda, porque de locos nos ponemos a cargarla más y más a lo largo de la vida.

Creo que un cristiano que con honestidad tiene fe en Dios lleva una vida menos desdichada, porque carece del dilema sartreano y de todas esas angustias que solemos añadir en este valle de lágrimas a quienes nos gusta complicarnos. El buen cristiano deposita sus cargas en Dios y con eso resuelve en lo espiritual… al menos quien de verdad tenga fe. Si hay verdad o falsedad en lo espiritual es cosa de cada quien. Yo no me meto en la relación con Dios de nadie. Y si su relación con Dios es inexistente, eso también es cosa suya. Todos tenemos una escala espiritual de valores y eso se respeta. Mi punto en este post es otra cosa.

Es ingenuo creer en la pureza de las instituciones, eso lo sé… es lamentable que yo tuve que aprenderlo a puros golpes. No hubo nadie que me aconsejara o me dijera esto o aquello. También me faltó boca para hablar, por supuesto, pero con los años he llegado a la conclusión evidente de que hay personas que somos proclives a caer en esta clase de cosas. No sé si hay un problema emocional implicado en esto (aunque de seguro sí), pero trataré de ser breve para exponerlo. No sé si ahora podré alumbrar donde antes fui incapaz de comprender qué es lo que ocurre en este proceso. De todos modos la experiencia enseña.

Igual, hay que distinguir entre los casos de fanatismo y enajenación extrema, como los planteados de una forma muy ilustrativa en la película La ola, de Dennis Gansel (película que, por otra parte, da para mil ensayos, sin contar la novela y los experimentos reales). Ese tipo de alienación corresponde a un perfil muy concreto, peligroso en lo inmediato, por supuesto, pero radicalmente distinto al otro tipo de alienación.

Si de repente conocemos a alguien extraordinario, determinado y que es capaz de cumplir con éxito cualquier idea o proyecto que tenga, suele pasar que de repente dan ganas de seguirlo, apoyar su causa, contribuir para que las cosas de verdad cambien (¿cambiar el qué? No lo sé… solo dan ganas de creer que por fin algo cambiará). Fue así como terminé convenciéndome de servir en un par de causas a lo largo de mi vida… iba a enlistarlas, pero mejor me ahorro la autobiografía.

Luego de un modo infantil terminé decepcionado. El error, por supuesto, es mío, no de las instituciones humanas. No todas las personas creen en entregarse a una causa y eso también merece respeto. Hay personas que se unen a grupos o causas para adquirir sentido de pertenencia, por lo cual no hay ninguna diferencia entre pertenecer a una institución  que desea ayudar, que a un club social cualquiera.

Lo mismo ocurre con los estudios o con otros ejemplos que se le ocurran. Cuando hacíamos trabajos en grupo (en la universidad) yo era de esos que leen todo, investigaba material y todavía quería saber acerca de temas periféricos o eje transversal. Y dentro del grupo había quienes solo querían pasar la materia y ya, que agarraron la carrera porque había que estudiar algo. Visto así, ¿qué derecho tengo para echarles en cara si hay o no mediocridad? Lo correcto es que cada quien decide si tomar a broma o en serio su proyecto de vida. Y la navaja sartreana indica que cada quien lo resuelve y no tengo por qué invadir o juzgar el proyecto del otro. Sin embargo, por años me dejé afectar.

Si me convierto en voluntario de algo, no solo leeré el material que me proporcionen, sino que investigaré todo lo relacionado con mi futura labor. Y no quiero que se confunda, que no es diligencia o querer quedar bien: es pasión… una pasión irrefrenable, que de repente se convierte en una luz celestial. Pero tarde o temprano caigo a tierra y el golpe entonces duele. Lo explico con muñequitos por si usted no conoce el perfil del que le hablo. Pero si ha pasado por el mismo padecimiento, entonces todo lo dicho está de más.

Y como ya puse demasiados ejemplos, mencionaré el esclarecedor de siempre, la vieja confiable, solo para llegar al punto que espero me esté siguiendo. En el clásico ejemplo nazi, si bien eran peligrosos aquellos fanáticos radicales que eran capaces de hacer vandalismo o quién sabe qué otras barbaridades, lo cierto es que los desmoralizados solían caer, al menos una buena parte. Pero quienes de verdad eran y son peligrosos son aquellos que con suma tranquilidad defienden a muerte el ideal, que son capaces de convencer a los demás, y han llegado a asumir de tal manera, que es casi imposible sacarlos de ahí, porque han llegado a la etapa donde filtran la realidad a través de esa creencia.

No juzgo si la ideología nazi estaba o no en lo correcto, que eso es un punto aparte. Pero espero que me esté siguiendo en ese punto: hay personas que somos proclives a caer en esos idealismos peligrosos, de esos de los que nadie nos puede sacar, porque somos apasionados, nos gusta profundizar, creemos en la causa de verdad, como si fuéramos a salvar al mundo de algo. Y me incluyo, porque hasta que estuve observándome, hasta que vi atrás y todo lo que dejé, me enteré de cuántas veces me entregué en cuerpo y alma, y cuántas veces me “defraudé”.

No digo que lo he superado. Nada me convence más que ver a alguien que está con todos los poderes y que quiere formar un buen equipo de trabajo. Si es una buena causa, yo digo: “¡Vamos, hagámoslo!”, y de verdad colaboro con todo lo que puedo. Pero ahora, con menos enajenación (siempre está, pero la iré minimizando con los años), creo que puedo comenzar a servir a futuras nuevas causas con el equilibrio correcto, con la justa medida.

Espero que otras personas que estén pasando por lo mismo hagan autoanálisis y puedan sanar un poco su corazón: decirlo es una obviedad, pero todos fallamos y por ende las organizaciones también lo harán. Eso no debe hacer que perdamos las convicciones o el sentido de pertenencia. Tal vez siempre se necesita cambiar el rumbo, pero a veces solo debemos movernos un par de escalones y las cosas pueden mejorar. Suena a superventas, pero a varios años de estar alejado de cualquier causa me doy cuenta y hago balance.

Siento que veo con más claridad lo recorrido y los siguientes pasos que quiero dar.

VoxBox.-

El momento “cráter”

Opinión.- A mí se me antojan los momentos cráter como esa sensación random que nos queda cuando algo nos cala hondo: es algo que no veíamos venir y que al mismo tiempo desencadena las reacciones más variadas. Parecido al factor sorpresa, pero llega más lejos que el simple asombro.

Como nada de esto me lo he inventado, debo añadir que tan curioso nombre lo saqué de unas palabras de Roque Dalton, que de abusivo se me ocurrió utilizarlas como la definición. Él escribió sobre el momento cráter:

Una noche, se produjo un fuerte temblor de tierra. Nada particular en aquellos tiempos en que según el Servicio Sismológico se daban hasta mil temblores diarios en la zona central del país. Lo bueno estuvo en que este temblor no fue de los que pasan como mareos personales o que solo son registrados por los sismógrafos más sensibles. Por el contrario, fue verdaderamente fuerte y produjo un cambio notable en la morfología de mi celda. Una gran parte del repello de la pared larga que se había hinchado debido a las corrientes de las lluvias, se vino abajo con gran estruendo. Pasó lo que llamo un “momento cráter”, y que sólo yo sé de qué se trata, no tiene que ver exclusivamente con volcanes y terremotos o explosiones de granada de obús. Saber de pronto que tu mujer te engaña, por ejemplo, es un típico “momento cráter”.

Este fragmento aparece en la novela Pobrecito poeta que era yo…, que fue publicada en 1976. Además de ese dato, reconozco que, en rigor, ni siquiera se pueden considerar como definición ninguno de los elementos de la cita mencionada, y que, de hecho, el autor no tiene ni la menor intención de hacerlo, ya que es ficción y es una cita marginal sacada de contexto. Sin embargo, para mí —y me ocurrió desde la primera vez que leí esa novela— resultó ser algo revelador. Quizá porque sin saberlo había vivido cosas que me recordaron tan escurridiza definición.

Sin entrar en mayores detalles, quizá porque también fui víctima de un engaño recuerdo con claridad mi reacción: estaba con mucho, mucho sueño y de repente un torrente de adrenalina invadió todo mi ser. No estaba ni alegre ni triste y solo se apoderó de mí una resignación, una cólera sorda, una certeza de algo que no podía definir con palabras en aquel entonces… en un sentido casi poético sabía que, por más que lo intentara, no había vuelta atrás y mi relación jamás volvería a ser igual. Tal vez se convertiría en algo mejor —eso nadie podía saberlo en ese momento— o en algo peor, donde la suerte estaba echada. Pero solo sabía que la certeza de saber esa verdad lo cambiaba todo.

Como la mente obra de formas misteriosas, con los años esa definición volvía a mi cabeza. De palabrerío insuficiente, pasó a ser para mí una forma acertada y poética de entender las cosas. Por la ambigüedad, supongo. Dalton no nos dice cómo reaccionaría el que llegue a saber que su mujer lo engaña: solo nos anuncia que ese instante mismo es el momento cráter. Lo demás lo pone uno después. Yo, por ejemplo, actué con naturalidad, aunque por dentro me invadió una tonta resignación, la sensación de que ella nunca me quiso de verdad.

Si eso lo trasladamos a otra clase de situación, notaremos que los momentos cráter se encuentran en más experiencias de las que querríamos imaginar. Desde lo simple inesperado, pasando por lo emotivo y las más de las veces en instantes poéticos.

El momento cráter no es ni lo sorprendente, ni lo épico, ni lo terrorífico. Solo se sabe que es y ya. Todo dependerá de la reacción: cuando ocurre el momento cráter, la reacción será siempre inesperada. Hay quienes llorarán, de otros se apoderarán sentimientos encontrados, quizá algo parecido a la anagnórisis, o bien, simplemente un momento que sobrepasa lo sorprendente, porque tiene mucho de inolvidable, lo suficiente para meditar una y otra vez sobre el hecho en particular.

Y para que suene más concreta la cosa, dentro de la cita de Dalton menciona lo del temblor de tierra, lo cual implica que el momento cráter lo aplica a dos situaciones distintas: la cuestión es cómo va a reaccionar después.

En mi caso creo que soy del tipo que se corta, congela o petrifica. Es decir, con pena debo reconocer que quizá sería de los tipos inútiles que al comenzar una balacera se quedaría quieto, y que al mismo tiempo no haría nada para ayudar. Por el contrario, hay personas que en el instante mismo, como si hubieran estado esperando a que la situación ocurriera, son capaces no solo de reaccionar, sino de tomar acciones importantes al respecto, porque comprenden con estoicismo que la vida está en juego.

Según este ejemplo, el suceso vendría a ser la balacera, pero el momento cráter es lo que vive en su interior cada persona: unos se quedarán paralizados, otros gritarán, unos llorarán, otros tendrán ataques neuróticos, algunos actuarán a lo loco, quizá unos con calma y frialdad como si fueran soldados, otros pensarán en soluciones inmediatas, y bueno… inserte aquí el ejemplo que se le ocurra. La cuestión es que el momento cráter es ese instante que usted no puede predecir, pero que a continuación tendrá que afrontar y conocer.

¿Cuál fue su reacción la primera vez que vio un momento crucial en su caricatura preferida? En mi caso fue hace muchos años, pero me parece delicioso el ejercicio de recordar. Se me ocurre, por ejemplo, la primera vez que vi a Goku convertirse en Super Saiyajin (Dragon Ball es ejemplo que todos conocemos); o la vez que vi a Shishio atravesar con la espada a su mujer, con tal de poder herir a Kenshin (en Samurai X); o cuando Rock Lee apareció de pie, mientras todos pensaron que estaba derrotado (del anime Naruto). Todas son situaciones inesperadas e intensas, pero la cuestión es cómo reaccioné.

O bueno, piense, por ejemplo, cómo reaccionó la primera vez cuando en la película Braveheart escucha a Mel Gibson gritar de forma sorpresiva: “¡¡Libertad!!”, cuando todos lo dábamos por muerto sin hacer bulla. Ahora podemos verlo a cada rato y sentirnos conmovidos por deporte. Pero la pregunta es: ¿cómo reaccionó la primera vez que lo vio? Esa reacción, mi estimado lector, es el momento cráter. Y es un momento random pero también placentero, doloroso y catártico. Es una extraña forma de disfrutar la verdadera obra de arte, aunque también nos haga pasar malos ratos en la vida práctica. Es la sensación de estar vivo y es la anarquía impredecible de nuestro proceso bioquímico. Es, de alguna manera, una constante microscópica que nos recuerda lo inescrutable que resulta ser la vida.

VoxBox.-

Joseph Merrick: la vida, el amor y la dignidad humana

“Es cierto que mi forma es muy extraña, pero culparme por ello es culpar a Dios;
si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo procuraría no fallar en complacerte.

Si yo pudiese alcanzar de polo a polo o abarcar el océano con mis brazos,
pediría que se me midiese por mi alma. La mente es la medida del hombre.”

Joseph Merrick,
inspirado en unos versos de Isaac Watts

Opinión.- El 5 de agosto de 1862 nació Joseph Merrick. La mayoría le conoce como el Hombre Elefante. Su mal congénito, que a partir de los 5 años se mostró en su cuerpo con una agresividad que lo aquejaría toda su vida, hizo que se ganara tan terrible apodo, ya que partes de su piel parecían tener la misma consistencia y color que la de un elefante.

Si Merrick estuviera vivo, incluso ahora no habría solución para su enfermedad. El estoicismo, su actitud hacia la vida y el mundo que le tocó vivir lo convierten en un ejemplo de valentía, tenacidad, amor y dignidad humana.

Los medios en su época lo llamaron “el hijo más desafortunado de Inglaterra”. Y también hubo algún columnista anónimo que llegó a escribir que el mundo entero tendría que ponerse de rodillas y pedirle perdón a un hombre que solo conoció vejaciones, dolor, morbo, curiosidad y desprecio. Un mundo que le negó todo el amor, aunque él de su parte devolviera la otra mejilla y prodigara amabilidad y cariño.

La vida

Es conocida la anécdota que Merrick vivió con una dama: ella le dio la mano y él de repente rompió en llanto incontenible. Cuando le preguntaron qué le pasó, él solo acertó a decir que era la primera vez que una mujer le daba la mano, y que no estaba acostumbrado a ser tratado con amabilidad. Debo confesarle que el solo pensarlo me parte el alma. Incluso reconocer la causa del llanto requiere coraje y honestidad.

Trabajó desde niño, aunque le fue imposible hacerlo bien por sus impedimentos. Sufrió hambre, burlas, golpes y otro tipo de maltratos de parte de su familia, de tal manera que en varias ocasiones intentó huir, hasta que al fin lo logró.

Al no encontrar ningún tipo de trabajo y con el hambre a punto de devorarlo, se decide a trabajar como sujeto de exhibición en esos ambulantes que presentan rarezas. De ahí fue que nació el apodo del Hombre Elefante.

La gente al verle actuaba con tanto escándalo, que muchas veces la policía cerró las exhibiciones que estaban abarrotadas de curiosos y morbosos. Insultos, amenazas, satanizado por fanáticos religiosos, posibles maltratos físicos no precisados en ningún testimonio, asco, terror, miradas hostiles y mórbidas, y todo lo que se le ocurra, lo vivió Merrick todos los días de su vida, hasta que llegó a vivir en London Hospital, donde apenas en sus últimos años de vida conoció un poco de sosiego, y relativa paz y tranquilidad.

Sobrellevar una enfermedad que le impedía comer, respirar y movilizarse con normalidad, además que cada noche de su vida fue un martirio, ya que las dimensiones de su cabeza le impedía dormir en posición natural como la mayoría de personas. ¿Cómo fue que no sucumbió a la locura?

Eso sí: se cree que cayó en la tentación de dormir en una postura normal y que eso lo llevó a la muerte, porque de seguro en esa posición se lesionó la nuca de manera fatal. Es decir, la única noche de sueño que él decidió intentar vivir con normalidad le resultó fatal.

El amor

Merrick conoció el amor desde temprano, a través de su madre. Ella quería que fuera a la escuela, que aprendiera en medio de sus dificultades a llevar una vida lo más cerca posible de lo normal. Y por el propio Merrick se sabe que ella fue su ángel, la única persona de este mundo que trató de darle todo el amor.

Fue tanto así que él se volvió dependiente de ella, además que fue su modelo para considerar que todas las mujeres eran así de sensibles: por testimonios, conversaciones y cientos de comentarios, se sabe que tenía casi devoción religiosa por la figura de la mujer. Así que cuando su madre falleció para él fue la tragedia más terrible de su vida.

Incluso lo consideró más terrible que todo lo que vivió. Se me ocurre que de seguro fue que ese amor compensaba los millones de desprecios del resto de la humanidad. Sin ella literalmente quedó en la más pura orfandad moral y espiritual. Pero su estoicismo y resiliencia son la prueba de que Merrick estaba destinado a sobrellevar sus circunstancias con un amor del tipo consagrado, de ese que se aprende a llevar después del duelo. Se sabe que jamás se despegó de un pequeño retrato de su madre.

Ashley Montagu (autor de The Elephant Man: A Study In Human Dignity) considera que ese amor de madre desmesurado permitió que Merrick aprendiera a amar bien y por sobre cualquier circunstancia. Las miradas de temor, de odio y fobia irracional no las recibió jamás con rencor, sino que con amor culpable; es decir, con ese extraño sentimiento parecido pero que no es masoquismo, y que se caracteriza por sentir que uno es culpable de algo y que tiene que hacer otro algo para remediarlo. Si nunca ha vivido ese sentimiento, lamento comentarle que es imposible explicarlo con todas las palabras del mundo.

Se encariñaba de la gente con una rapidez pasmosa, y desde el momento en que lo miraban con temor o asco mejor se apartaba, más para no sentir que era molestia que por sentirse ofendido. Tal como lo representa la película de David Lynch, Merrick prefería en la mayoría de ocasiones no hablar, no porque careciera de inteligencia, sino porque veía cómo la gente cambiaba la cara (quizá por los extraños sonidos y el terrible esfuerzo que hacía para pronunciarse correctamente) y mejor le ahorraba al prójimo el disgusto, como si el pobre Merrick hubiera sido culpable de su condición.

Ese extraordinario amor en general puede resultar extraño para muchos, pero a lo largo de la historia han existido personas que se identifican con el sentir de Merrick, ya que aprender a amar sin recibir, a amar en medio del desprecio, a sobrellevar el dolor y a mostrar la mejor cara: Merrick es un ejemplo impresionante de amor, en definitiva.

La dignidad humana

A pesar de la vida que Merrick conoció, destacó por su sensibilidad, don de gentes, carácter dulce, estilo ingenioso, educado y distinguido, con un vocabulario extenso y una memoria prodigiosa. Y no es una exageración: sostuvo conversaciones con algunas  de las gentes más importantes de su época, incluida la princesa de Gales. Hay quienes llegaron a pensar que quizá nació con una inteligencia por encima del promedio, pero es algo que jamás podremos saber.

Visto en frío, Merrick tendría que haber guardado resentimiento con el mundo circundante que le tocó. O como mínimo, ya que le resultaba imposible valerse por sí mismo para siquiera defenderse, le quedaba la opción de volverse loco, de suicidarse, de buscar una manera de aislarse del resto del mundo. En alguna ocasión pensó en la posibilidad de irse a vivir a un faro o un asilo especial para ciegos: pero todo era para que ocurriera la posibilidad de que alguien por fin lo tratara con normalidad.

Joseph Merrick Plaque
“Un verdadero modelo de valentía y dignidad para todos los pueblos, de todas las generaciones. Erigido por sus amigos, en todo el mundo, en el año 2004”.

Ya me ha pasado que me han tratado mal sin que yo le haya hecho nada a la otra persona. También —sin deberla ni temerla, como decimos en mi país— han insultado mi inteligencia, o se han aprovechado de mi nobleza, o ignorado mis gestos y buenas intenciones. Digo todo esto para que usted, estimado lector, también reflexione en que de seguro le ha ocurrido también, y muchas otras experiencias que no nos queda de otra que callar.

O también hemos pasado por amores tóxicos, o tragedias personales, o toda clase del sufrimiento que trae la vida. Leo la historia de Merrick y pienso en las palabras de Roque Dalton, en uno de los diálogos de su novela: “Ustedes lo que tienen son angustias metafísicas tropicalizadas”. Me río con amargura y me siento como un niño inmaduro.

Y no diré que me consuelo al pensar que alguien la pasó mil veces peor: me siento mal, porque quisiera ser más fuerte, quisiera a veces haberme defendido, quisiera que comprendieran quienes nunca quisieron hacerlo, quisiera haberme apartado cuando debí hacerlo… quisiera… en fin… entonces la historia de Merrick resulta en un sentimiento agridulce.

Y en una gran enseñanza, por supuesto.

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“It” es eso: el guiño y el tributo a nuestros mayores miedos

It es un homenaje a décadas de películas de terror (su ascenso, auge y quizá el inicio de su decadencia), además que nos muestra que un tributo puede mostrarnos guiños para hacernos reír, enternecernos, estar serios, y por qué no, también tener miedo.

Opinión.- Lo primero es lo primero: ninguna película tiene la obligación de parecerse al libro de origen, y mucho menos ser la adaptación más fiel o perfecta, no solo porque sus lenguajes y motivaciones son diferentes, sino porque tienen el deber de suscitar distintas clases de emociones en quienes disfrutamos una y otra cosa.

It, Eso, La Cosa, o como quiera llamarlo, —dato friki del día: tanto en el libro como en cualquiera de sus adaptaciones en película no tendríamos cómo nombrarlo, porque en realidad nadie puede asegurar cuál es su verdadera forma, sexo humanamente predeterminado, edad o tamaño—, es un símbolo que representa el miedo más insondable, aquel del que nadie puede escapar: el horror de lo que no conocemos, la certeza de lo que nos espera en un universo infinito de posibilidades.

Al mismo tiempo, en el caso particular de la película (no, todavía no le haré spoilers), es un tributo a la amistad. Eso, La Cosa, o simplemente It (por purismo del idioma de origen) es ese miedo que todos llevamos dentro, que en la más de las veces es capaz de autodestruirnos y que tarde o temprano nos alcanzará, porque somos seres perecederos, pero que podemos aprender a sobrellevar ese destino, con todo y nuestros demonios cotidianos, porque tenemos a personas que nos pueden acompañar en este viaje (al menos si conocemos el inmenso valor de la amistad):

Tal vez —pensó— no existen los buenos y los malos amigos; tal vez sólo hay amigos, gente que nos apoya cuando sufrimos y que nos ayuda a no sentirnos tan solos. Tal vez siempre vale la pena sentir miedo por ellos, y esperanzas, y vivir por ellos. Tal vez también valga la pena morir por ellos, si así debe ser. No hay buenos amigos, no hay malos amigos, Sólo hay personas con las que uno quiere estar, necesita estar; gente que ha construido su casa en nuestro corazón. (cita de la novela de King).

La denuncia del bullying, la presentación de esas sutilezas de la cultura norteamericana, el humor peculiar —a veces infantil, a veces ingenuo, las más de las veces irónico y en otras tierno—, ese no sé qué, que nos hace extrañar el pasado: It es un viaje al pasado, y por eso tenía que ser adaptado en los ochenta, y no apegarse a los cincuenta que nos presenta la novela.

¿Fue mucho spoiler? ¡Vamos! No fue para tanto. La nueva adaptación nos lo avisa desde el tráiler. Eso tenía adaptarse a los nuevos tiempos, y para crear un sentimiento de nostalgia tenía que ser desde los ochenta, para que el prometedor Capítulo 2 nos hable desde nuestra actualidad. ¿Será un guiño para los más jóvenes de la generación X? Eso todavía está por saberse.

Debo hacerle una advertencia: si busca una película que sea la mejor de su género en 2017, entonces se equivocó de cartelera. It tiene sus fallos, como cualquier película, y tuvo que sacrificar información de su fuente de origen (¿cómo resume en un guion de película una novela de más de 1,500 páginas?), tratando de complacer con sendos guiños y referencias tanto a los lectores como a quienes solo verán la nueva adaptación.

EN ESTE PUNTO COMIENZAN LOS SPOILERS

NO ESTOY BROMEANDO

¡ESTÁ ADVERTIDO!

Si la crítica en este momento afirma que esta película es una mejor adaptación, es porque los guiños procuran complacernos con escenas concretas de la novela. Fuera de eso, hay que ser honestos: la película busca tener su propia voz y ser una adaptación libre. Cambia el carácter de algunos personajes, recrea escenas que jamás ocurrieron en la novela (ni en la vieja película) y procura crear su propia atmósfera, porque si fuera una adaptación 100 % perfecta todos sabríamos lo que pasará en el Capítulo 2 (¡oh!, sí… nadie sabrá con certeza cómo será la segunda parte).

Se han sacrificado personajes, escenas y situaciones concretas, para darle efectividad a la historia. En ese sentido, no pueden acusar a la vieja película de ser menos exhaustiva que la actual: cada una quiere que sintamos unas situaciones, en detrimento de otras cuestiones en las que quizá los cinéfilos de ahora se identificarían menos.

El amor, la locura, la amistad, las imprudencias (u osadías… usted sabrá) valen para todos los tiempos: nosotros sentimos en el fondo de nuestros corazones ese drama del día a día. Aunque no lo hayamos vivido directamente. Y en las más de las veces hemos dejado el pellejo por los seres que amamos.

En este caso, vemos a un Bill Denbrough incapaz de sobrellevar un duelo y totalmente obsesionado con la búsqueda de una verdad, a un Ben Hanscom demasiado inteligente para su edad (demasiada erudición y coleccionismo, incluso para un lector asiduo de biblioteca), a un Richie Tozier que nos caería bien a todos, a un Mike Hanlon más invisibilizado (pero más valiente), un Eddie Kaspbrak más despierto (tan despierto que se sintió casi inusual para un supuesto hipocondríaco), un Stan que sigue siendo tan Stan, y una Beverly Marsh más empoderada, más despierta, más dueña de la trama, de sí y de sus circunstancias: muchos me lo criticarán, pero en realidad la heroína de la película es ella.

Pero igual, It trata de un pueblo llamado Derry (perdonará la reseña básica) donde comienzan a ocurrir desapariciones sin resolver, violencia inusitada, niños que comienzan a ver cosas que los adultos son incapaces de ver, y por lo demás, todo ese drama, todo ese miedo latente de cuando la vida nos cambia cuando menos esperamos.

Y si luego la película cae en los males argumentales de nuestra época (el rescate de la princesa, el viaje del héroe, venir de menos a más, o la anagnórisis), eso ya es materia para otra discusión. Si quiere podemos dejarla para después.

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A veces el amor ocurre en modo subjuntivo

“Tu amor abrió una herida,
porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal”.
Fito Páez

Opinión.- Digamos que ha pasado un buen tiempo desde que terminó su última relación. Después de ese tiempo (¿dos años, tres o más?) no es insensato preguntarse: al ver en la calle a la expareja, ¿cómo reaccionaría? Si es de quienes mantiene una amistad medianamente ecuánime es de felicitarle. Pero quienes no, ¿qué hacen en estos casos? ¿Se cruzan la calle, se sobreponen, los invade el miedo, la rabia o una amalgama de sentimientos encontrados?

¿Por qué recordar a esa persona que alguna vez amamos hace que nuestro propio ser se divida y contradiga, y hace que todo nuestro yo ponga en balanza distintos contrapesos, los cuales buscan superarse mutuamente? Es una cosa en cierto modo ilógica, ya que después de transcurrido un tiempo el pasado debería carecer de la menor importancia. Y sin embargo a veces el pasado ataca, y nos hace crear de nuevo autoeufemismos innecesarios.

Y pensar que alguna vez por esa persona sintió que daba la vida. ¿O no le pasó así? ¿Fue solo algo superficial? ¿Será que apenas unos cuantos vínculos los relacionaban? ¿O quizá llegó a un extremo mayor y colocó a la persona en un pedestal? Muchas veces se reduce a dos formas: amar a plenitud y soltar las riendas de los sentimientos hasta que ya no nos quepa ninguna duda de ser amados por la contraparte… o amar sin reservas desde el principio, con vértigo, con el terror de no tener la situación bajo control, esa zona temporalmente autónoma donde se encuentra la línea delgada entre querer adueñarse de alguien a amarla sin reservas, y sin importar si la persona es para uno o no.

¿Y qué si está consciente de que la persona no era para usted y aun así quería seguir adelante, porque todo ese amor sentía que le regresaba vitalidad espiritual y que le aumentaba su bienestar de vida? Y ahí va uno, dejando crecer el amor ilimitadamente, a sabiendas de que se está tentando a la parte egoísta, la que nos exige que no, que no debemos conformarnos, que la persona o es para nosotros o no lo es, y entonces podría llegar la frustración si de repente se constata que de verdad no teníamos la menor posibilidad.

Y ya que son tiempos superficiales y utilitaristas, vendrá también a nuestra mente el autocuestionamiento: ¿por qué amar si no me sirve para nada? ¿A quién le sirve todo este amor que llevo por dentro? Y entonces tomamos todo ese amor y lo guardamos, y lo escondemos. Algunos se servirán de los demás siendo actores perfectos, pareciendo que lo dan todo, pero que jamás han sentido despellejarse el alma por alguien. Otros mejor guardarán su amor y pasarán mucho tiempo solos. Quizá media vida.

¿Y cómo explicar eso que sentimos? Amo porque sí, porque se dio, porque sin merecerlo a esa persona le pertenece mi amor… amar porque la persona es, porque existe y porque era inevitable. El relato humanista haciendo de las suyas.

O ser un amigo espía y negarse las posibilidades (amar desde la negación, de la negación, de la negación es algo que no le recomiendo a nadie: es una de las peores formas de autodestrucción), ser un cobarde supino, disfrutando de la zona de confort, donde se ama sin arriesgar nada, sin decir nada, sin demostrar nada, porque nunca pasa nada si nada se arriesga (sí, es tautológico, pero así tiene que ser).

Y mirar atrás, encontrarse un día a la persona (en esta ocasión ya no es la expareja, sino alguien a quien no le dijimos nada) y entonces reírse por dentro de uno mismo, y preguntarse por qué no nos atrevimos a decir algo, por qué jamás lo intentamos, por qué teníamos tanto miedo de otro ser humano imperfecto, de carne y hueso.

Hay quien dirá que es insano amar en silencio, porque debemos tener algún tipo de dignidad básica. ¡Ah, el amor y sus millones de variables! Es imposible cerrarlo en parámetros culturales. Al igual que en el sexo, en el amor nada está escrito y nada es perfecto. Nunca es mucho ni poco cuando es suficiente. Desde el silencio y la devoción, o la pompa y gritarlo a los cuatro vientos: se ama desde la misma superpoderosa bioquímica.

¿Quién entiende la complejidad del amor en esta época de analfabetismo emocional? Amar desde el hubiera… vivir en el hubiera… y creer que un día dejará de aterrorizarnos el permitirnos la vulnerabilidad.

Leí o escuché en alguna parte, hace muchos años: “Un beso y un abrazo no se le niega a nadie”. Usted permítase sacar su propia interpretación, que estoy seguro que será válida. Solo déjeme abonarle algo para la reflexión: si la frase fue dicha por una persona con convicciones profundamente espirituales, ¿qué pensaría? O tiene la otra posibilidad: si la frase fue dicha por un cínico, alguien que cree en el amor libre y en el todos contra todos, ¿qué de bueno o malo extraería de ello?

En lo personal, yo creo que el amor no se le niega a nadie. Creo también que el amor es de uno (y decirlo me ha puesto en aprietos de conversación cientos de veces, por lo que no suelo hablar sobre el amor con nadie: ni con amigos, conocidos, compañeros, familiares… nadie), y que por lo tanto es complicarse demasiado no permitirse sentir algo por alguien, aunque nunca pase nada, aunque nunca se diga nada, aunque sea solo algo para el disfrute bioquímico personal.

Además, no solo está el amor filial. Se debe amar a la familia, a los amigos, a las personas que son con uno, a los animales que suelen acompañarnos en nuestros hogares. No, no vendré con ínfulas de ser espiritualista o algo así. Habemos personas que nos llaman intensos, porque no dudamos en amar, en entregar, en ser para con los demás si nos lo permiten. ¿Y qué si me hieren? ¿Qué esperaba? ¿Acaso el dolor no forma parte de la vida, así como el placer, conformando ambos su propio ying-yang?

A veces el amor ocurre en modo subjuntivo. De nosotros depende si lo materializamos para volar o para atormentarnos.

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“Nadie me vio llorar”: El poder de los invictos

Invictos. VoxBox.

También necesité del estoicismo de Henley, necesitaba recordarme el poder de los invictos.

Opinión.- El poeta William Ernest Henley tuvo que soportar una amputación hasta la rodilla, en una época en la que no existía ni la penicilina o los antibióticos. Y tuvo que soportarlo cuando era un niño de 12 años. En aquella época, la mayoría de personas terminaban desmoralizadas ante un proceso de esos y otros padecían traumas que podían tardar años en superar. No podría saber si Henley se traumó o no, aunque parece lo más lógico. Lo que sí puedo decir, porque la historia lo dice y lo ha documentado, es que en los primeros años difíciles y posteriores a su recuperación, en sus momentos más erosionantes de la moral y del empuje personal, los años que ahora llamamos de la difícil adolescencia, él escribió este texto que creo que todos conocemos:

INVICTUS

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable
le agradezco al dios que fuere
por mi alma inconquistable.

Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza sangra, pero está erguida.

Más allá de este lugar de furia y llanto
aguardan los horrores en la sombra.
Mientras tanto la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa qué tan estrecho sea el camino
ni cuán cargada de castigos la condena:
Soy el amo de mi destino,
Soy el capitán de mi alma.

Reconozco que es una mala traducción, pero es la versión que me gusta. Sé que el poema es bastante conocido y lo he visto en muchas partes. Sé que salió en la película Invictus (2009), basada en el libro de John Carlin El factor humano (2008), que a su vez se inspira en algunos hechos de la vida de Nelson Mandela. Para algunos es un texto clásico de literatura motivacional y para otros es con sinceridad un texto inspirador.

En lo personal, cuando me tocó vivir los 40 peores días de mi vida, pegué el texto en la pared de mi cuarto. Es obvio que el problema no desapareció, pero repetirlo una y otra vez, por alguna razón, resultó ser una buena válvula de escape. Llegué a repetirlo como un mantra, como en la legendaria historia de Nelson Mandela.

Como usted ya ha de saber, Nelson Mandela vivió un martirio de 26 (¿o 27?) años en las peores cárceles de Sudáfrica. Una de las versiones de la mítica historia (y es que la propia versión nunca la conoceremos) nos cuenta que poco a poco le fueron negando no solo las visitas, sino que le decomisaron libros, le impidieron enviar cartas y ejercer cualquier otra forma de comunicación. Había una fotografía que andaba consigo todo el tiempo (quizá la de su primogénito o de alguien especial) y atrás de la foto se encontraba el texto de Ernest Henley.

No sé si le habrá ocurrido a Mandela, pero llega un momento en que uno conoce el texto de memoria, pero no puede evitar volver a leerlo, como si se tratara de un sortilegio del culto órfico (“Soy hijo de la tierra y del cielo estrellado. Tengo sed. Dame de beber de la fuente de la memoria…”), como una oración secreta, como una medicina, como si la vida fuera a solucionarse de forma misteriosa.

Mandela estaba confinado en una celda húmeda de 2.4 m de alto por 2.1 m de ancho, con una estera de palma para dormir, trabajando de picapedrero para obtener grava, y él y otros presos eran insultados constantemente, y agredidos física y verbalmente por los guardias, todos de raza blanca, hasta que fue transferido a una mina de cal. Al principio no se le permitía usar gafas de sol, por lo que el resplandor de la cal dañó su visión. Por la noche continuaba sus estudios de Derecho, pero tenía prohibido leer periódicos y en varias ocasiones fue castigado con régimen de aislamiento por poseer recortes de noticias. Y la leyenda dice (ya que él nunca lo confirmó) que todas las noches repetía el poema de Henley, una y otra vez, una y otra vez, hasta que finalmente conciliaba el sueño.

Era un mantra. Y por mucho tiempo también fue el mío, aunque yo no he vivido absolutamente nada, nada. Pero no puedo invalidar mis sentimientos ni mi propio dolor: también necesité del estoicismo de Henley, de la sabiduría depositada en esas palabras. También necesitaba recordarme que debo tener un alma invicta.

Hay personas con una gran capacidad para sobreponerse a lo que sea. Y uno con el corazón de pollito, que llora o se siente mal por cualquier tontería, no le queda más que sorprenderse de la virtud extraordinaria de estas personas. Los mártires de todas las épocas, los sabios que prescindieron del materialismo y vivieron la austeridad de los siglos, la generación que nos antecede que sobrevivió a los horrores de la guerra, nuestros contemporáneos que están en este momento aguantando hambre e injusticias… y siempre la naturalidad, el estoicismo para contar la tragedia, la sorprendente capacidad para reponerse.

Solo vienen a mi mente aquellos versos de Whitman (no puedo evitarlo):

He oído lo que hablaban los habladores, el hablar del
principio y del fin,
Pero yo no hablo del principio y del fin.
Nunca hubo mayor inicio que ahora,
Ni mayor juventud o vejez que ahora,
Y nunca habrá mayor perfección que ahora,
Ni más cielo ni más infierno que ahora.
Impulso, impulso, impulso,
Siempre el impulso procreador del mundo.
De la penumbra surgen los iguales antagónicos, siempre
la sustancia y el incremento, siempre el sexo,
Siempre un tejido de identidad, siempre la distinción,
siempre la creación de la vida.
De nada sirve elaborar; sabios e ignorantes lo saben.
Seguros como los más seguros, íntegros e inconmovibles,
bien cimentados, afianzados y a plomo,
Fuertes como caballos, afectuosos, altivos, eléctricos,
Yo y este misterio estamos aquí.
Límpida y dulce es mi alma, límpido y dulce es todo lo
ajeno a ella.
Si falta uno, le faltan ambos, y lo invisible se comprueba
por lo visible,
Hasta que lo visible se hace invisible y se comprueba a
su vez.
Mostrar lo mejor y arrancarlo de lo peor, la edad hostiga
a la edad,
Conocer la condición perfecta y la ecuanimidad de las
cosas; guardo silencio mientras discuten y más tarde
me baño y me admiro.
Bienvenido sea cada órgano y atributo mío, y el de
cualquier otro hombre vigoroso y limpio,
Ni una pulgada, ni una partícula de pulgada es vil, y
ninguna es menos conocida que las otras.
Estoy satisfecho —veo, bailo, río, canto;
Cuando el compañero amoroso y sensual que duerme a
mi lado en la noche se retira sigilosamente al amanecer,
Dejándome canastas cubiertas de toallas blancas que
invaden la casa con su abundancia,
¿He de posponer mi aceptación y realización y de gritar
a mis ojos,
Que se vuelvan y dejen de mirar hacia el camino,
Y así cifren y me muestren con precisión,
El valor exacto de uno, el valor exacto de dos y cuál
vale más?
No sé qué más decir. Quizá no deba añadir nada más.  Cuando los grandes hablan, los pequeños solo debemos callar…

VoxBox.-

TOP 10: Personajes masculinos extraordinarios de “Canción de hielo y fuego”

Canción de hielo y fuego, saga de novelas que inspiró la serie Juego de Tronos, nos ofrece personajes memorables que representan todo un reto a lo hora de hacer un top. Veamos qué tal me va.

Opinión.- Este top es complemento del anterior. No sé si lograré mi cometido, el de ser lo suficientemente justo. He dejado fuera a los Clegane (Gregor y Sandor), a Rorge y Mordedor, a Lim Capa de Limón y a todos esos que son grandes guerreros, muy fuertes, pero que consideré que necesitan algo más para considerarse extraordinarios.

Por otro lado, con mucho pesar dejé fuera a Caramanchada, ser Duncan El Alto, ser Barristan Selmy, Belwas el Fuerte, Khal Drogo y Daario Naharis. Además que a Brandon y Benjen Stark (hermanos de Ned), Jon Snow y Rob Stark, todos grandes guerreros, pero que gozaron demasiado del favoritismo del autor de la saga, por lo que consideré necesario darle oportunidad a otros personajes.

Bran Stark (hijo de Ned), Morroqo, Thoros de Myr y cualquier otro ser mágico los dejé fuera, porque ganarían un lugar alto solo por esas habilidades superhumanas.

Lo mismo hice en el post anterior, pero el lector no fue tan benevolente.

Así que, como notará, esto también pudo haber sido un top 20, pero mejor me quedo con 10. Huelga añadir de nuevo una advertencia, para quienes no han visto la serie ni leído la saga de Martin. Esta vez con un meme en boca de Jon Snow:

Al ser esta una saga de fantasía oscura es natural que aparezcan un sinfín de situaciones imposibles. El autor maneja bien la verosimilitud dentro de su propio universo, por lo que no resulta relativamente complicado elegir a unos que destacan por sobre los demás, a través de características muy concretas. Algo espero poder comunicar, según lo que entiendo por extraordinario. Comencemos…

10. Varys

Si he dejado a otros hombres grandes fuera, ¿por qué la Araña está aquí? Bueno, porque a su manera es un sobreviviente. Pero no solo eso: logró llegar a lo alto, tal vez con métodos cuestionables, por supuesto, pero logró granjearse la amistad y el temor de grandes reyes y señores.

Todo lo que diga Varys puede cuestionarse, pero si hacemos caso de su relato fue esclavo en Lys, miembro de una compañía de comediantes, sobrevivió a un ritual de sangre y vivió en la calle mendingando y robando, llegando a convertirse en alguien temido. No sabemos si sabe pelear o blandir la espada, pero es un absoluto maestro del disfraz, una prueba real de que las apariencias engañan. Un día con polvos y perfume, otro día vestido de negro, con botas y olor a vino agrio. Además que su experiencia le enseñó algo importante: vale más la información que el oro y las gemas. Así que Varys siempre pudo anticiparse a lo que fuera, tanto así que incide en todos los acontecimientos principales de la saga de Martin, que es por decir poco.

9. Donal Noye

Donal Noye era el herrero de la Guardia de la Noche. Además de eso es un hombre demasiado humilde, que prefiere pasar desapercibido. Así que por él mismo poco sabemos, pero los hechos y las historias de los demás alimentan su leyenda.

Sirvió a la casa Baratheon y forjó la famosa maza de Robert y la primera espada de Stannis. Como herrero, un habilidoso sin igual. Herido en batalla se infectó su herida y tuvieron que amputar su brazo. Decidió unirse a la Guardia y demostró desde el principio su valía.

Noye fue mentor de Snow y le enseñó a ganarse a sus compañeros. Cuando curaron las heridas de Jon, a Noye le bastó un solo brazo para inmovilizarlo y permitirle maniobrar al maestre Aemon. Mató con su único brazo a Mag el Poderoso, el rey de los gigantes y uno de los seres más temidos por la Guardia y el Pueblo Libre. Murió en el intento, pero ¿qué hombre en solitario sobreviviría al ataque de un gigante? Cuando el Pueblo Libre intentó entrar por la puerta que defendió Noye, simplemente resultó imposible. Un hombre que con un solo brazo valía por diez.

8. Mance Rayder

Aunque no quisiera, Mance Rayder tenía que estar aquí. La serie ni siquiera sacó una mínima parte de todos los logros de Mance. Solo unir al Pueblo Libre, ¿tiene idea de lo que a este hombre le costó? Cuando le dijo a Jon que solo por la fuerza se somete al Pueblo Libre, Mance lo decía literalmente. A algunos jefes de clanes tuvo que matarlos en combate singular, y a veces a sus hijos o segundos, a veces peleando con cuatro o cinco hombres al mismo tiempo, y en ocasiones tuvo que dejar en agonía a algunos hasta obligarlos a rendirse. Se convirtió en rey-más-allá-del-muro porque se ganó el respeto de todos. Los thennitas, las mujeres de la lanzas, los señores de los huesos, Tormund Matagigantes, hasta los gigantes con sus mamuts y los domadores de bestias (cambiapieles o wargs) reconocieron la valía de Mance.

Dentro de la Guardia de la Noche, en una ocasión, Jon Snow entrenaba con tres de los mejores muchachos, combatiendo con espadas romas. Venció a los tres de una vez, lo cual dice mucho de las habilidades de Jon (hay quienes afirman que podría estar entre las mejores espadas de los Siete Reinos). Pero cuando peleó contra Mance Rayder por práctica no tuvo ni una sola oportunidad. Ni una sola. Hasta Jon recibió una lección de humildad con tremenda paliza. Espero que un día se anime a leer esa pelea, que aparece en Danza de dragones.

7. Jaime Lannister

A lo largo de todas las novelas de la saga tuve mis dudas con Jaime. Pero a estas alturas ya no sé si es un hombre bueno o malo. Es fiel a la casa Lannister y haría lo que fuera por su hermana, pero en el fondo Jaime es un verdadero caballero, como lo demostró con Brienne de Tarth, con los asedios que logró finalizar en treguas y sin ninguna muerte, y con sus hazañas de juventud, donde el mismísimo Arthur Dayne lo armó caballero.

Grandes leyendas de la Guardia Real reconocían la valía de Jaime, incluso el Rey Loco. Brienne de Tarth, cuando llevaba a Jaime de prisionero, tuvo demasiadas dificultades para mantenerlo a raya, y eso que estaba famélico y encadenado. La serie no le hace justicia a esa pelea, pero en las novelas ella misma lo piensa sin darle el gusto de saberlo, donde reconoce que en otras circunstancias él la habría vencido (y no olvidemos que Brienne casi no pierde ni una pelea a lo largo de la saga).

6. Victarion Greyjoy

Si acaso hay algún tipo de cadena alimenticia o niveles de poder, George R. R. Martin creo que debe tener en alto a este hijo del hierro. Cuando un hombre lo ofendió fue capaz de matarlo usando una sola mano, estrangulándolo sin que pudiera hacer nada. Sabe pelear usando las dos manos y sin importar si es tierra firme o alta mar, en medio de una tormenta. A pesar de estar en el océano usa armadura, pero jamás alguien ha logrado derrotarlo.

Y es que a pesar de tener la fortaleza de un monstruo, jamás ha subestimado a un enemigo y no deja que su orgullo lo nuble. Es inmensamente religioso, se encomienda a su dios Ahogado, y ha demostrado tener don de liderazgo, por lo que su actual expedición a Essos ha sido todo un éxito. Quedará pendiente para las siguientes entregas de Martin si logra domar a los dragones (tiene en su poder el Cuerno del Dragón de la antigua Valyria) o si tal vez logra una alianza con Daenerys Targaryen.

5. Jaqen H’ghar

Si el anterior era un monstruo, a este sujeto no sé cómo considerarlo. Pero mágico no es: solo se trata de uno de los miembros más habilidosos de los Hombres sin Rostro. Actualmente su paradero es desconocido, aunque podría estar en la Ciudadela, dada la descripción de un personaje que se encuentra allí. Este hombre es un arma letal ambulante. Incluso Rorge y Mordedor, considerados dos de los peores criminales de Desembarco del Rey (y uno de ellos fue el único que venció a Brienne de Tarth), le tenían un respeto que roza en el temor. Veamos este fragmento con Arya Stark:

—Estoy buscando a Jaqen —dijo—. Tengo un mensaje para él.

Rorge se detuvo. Algo brilló en sus ojos… ¿sería posible que tuviera miedo de Jaqen H’ghar?

—En los baños. Fuera de mi camino.

Arya se dio media vuelta y salió corriendo veloz como un ciervo, volando sobre los guijarros hasta que estuvo al lado de los baños. Jaqen estaba sumergido en una bañera, rodeado de vapor, mientras una criada le echaba agua caliente por encima de la cabeza. La larga cabellera, roja por un lado y blanca por el otro, le caía sobre los hombros húmeda y pesada.

Se acercó silenciosa como una sombra, pero él abrió los ojos.

—La chica camina con pasitos de ratón —dijo—, pero uno oye.

«¿Cómo me ha podido oír?», se preguntó, y pareció como si también eso lo oyera.

—El sonido del cuero contra la piedra canta más alto que un cuerno de guerra para uno con los oídos atentos. La niña lista va descalza.

Los Hombres sin Rostro son la combinación letal de religión, sabiduría y el arte de asesinar en todas las formas posibles. Así que imagínese… era imposible no mencionarlo…

4. Arthur Dayne, la Espada del Amanecer

Eddard Stark, Barristan Selmy y Jaime Lannister, en distintos momentos de la saga, reconocen cada uno por su lado que Dayne era el mejor guerrero que hubieran conocido. Solo eso ya debería bastar para justificar situarlo entre los mejores. Pero agreguemos un poco más. Era un hombre sabio, justo, inteligente, caballero y líder. Incluso el pueblo alrededor de los Siete Reinos lo amaba, ya que cualquier cosa que uno de sus hombres hiciera él respondía y pagaba cualquier deuda o daño. Llevaba las peticiones del pueblo llano al rey Aerys II y siempre estuvo de parte de los más necesitados. Omitiendo el suceso de su muerte, prácticamente nadie pudo derrotarlo jamás en combate singular.

¿Cómo se supone entonces que participó en el secuestro de Lyanna Stark? Bueno, de eso da para hablar en otro post. No sé si me pondré a escribirlo, porque creo que ya no hay mucho que añadir. Pero en relación con su figura, Arthur Dayne era llamado la Espada del Amanecer porque llevaba consigo a Albor, un mandoble que solo puede blandir el mejor guerrero de los Siete Reinos y forjado con el corazón de una estrella caída del cielo. Y nadie volverá a blandirlo hasta que aparezca otro guerrero digno, lo cual se ve muy lejano.

3. Tyrion Lannister

Si este fuera un top de los 10 más astutos, o bueno, de los 10 más inteligentes, no dude que estaría en el número uno. Sin embargo, a pesar de lo extraordinario que resultan todos los demás, ¿cómo pudo escalar hasta aquí? No solo el campo de batalla lo es todo para convertirse en alguien extraordinario. Tyrion ha demostrado su valía en cada cosa que ha emprendido y se ha ganado la simpatía y el odio (más por envidia de su ingenio que por otra cosa) de cuanta persona haya conocido. Y gracias a su inteligencia ha sabido burlar la muerte en demasiadas ocasiones.

Cualquier tarea que se le ha encomendado, incluso en situaciones adversas, ha sabido llevarlas a buen puerto, porque su capacidad de análisis y de resolución de problemas es superhumana. Se ha llevado la peor parte en muchas ocasiones y en todas nadie lo ha reconocido (como todo lo que vivió en Desembarco del Rey), pero uno como lector lo capta de inmediato: sin Tyrion todo habría estado perdido en la mayoría de situaciones donde intervino. Le doy mis palmas a Martin por este personaje, porque con una habilidad de escritor que merece respeto ubicó a la inteligencia por encima de la fuerza.

2. Oberyn Martell

Oberyn es un hombre amoral. ¿Cómo podría estar aquí? Creo que varios de los mencionados arriba podrían matarlo, aunque tal vez Oberyn sea capaz de llevárselos consigo, porque sus armas las mantenía envenenadas y el más leve roce podía ser letal.

Pero Oberyn era un hombre de otro mundo. Mientras todos siguen una mentalidad lineal y acorde a una sola moral, Oberyn representa en la saga a un hombre sin tiempo, a alguien que está más allá de los convencionalismos. Antes prefirió vivir que cumplir con su deber de miembro de la casa Martell. Viajó por todo el mundo, peleó contra los guerreros más fuertes adondequiera que llegó, incluso arriesgó su vida sirviendo en los Segundos Hijos, donde pudo haber muerto como simple mercenario, pero incluso así formó su propia banda. Conoció a mujeres y hombres de todas las lenguas, nacionalidades y clases sociales, viajó a la Ciudadela solo porque le dio la gana de estudiar, pero al final no hizo los votos de maestre y siguió con su vida.

Y no solo eso. Cuando se quedó con Ellaria Arena la reconoció ante todo el mundo, con mucho orgullo, sin importarle el qué dirán sobre su condición de bastarda y además amante. También reconoció a todas sus hijas bastardas, engendradas en las más variopintas circunstancias. Les enseñó el arte de la guerra (ganándose el apodo de Serpientes de Arena), les quitó de la cabeza todo convencionalismo y las preparó para ser mujeres diferentes a lo que suelen ser todas en los Siete Reinos. Me encanta recordar esa frase que le dice a sus hijas, cuando les explica los vaivenes del amor:

Si queréis casaros, casaos. Si no, tomad el placer allí donde lo encontréis. Demasiado escasea ya en el mundo. Pero elegid bien: si os cargáis con un imbécil o con un bestia, no me pidáis luego que os libre de él. Ya os he dado instrumentos para que lo hagáis vosotras solas.

Ingenioso, divertido y mordaz. ¿Qué más añadir? Todo el que lo conocía se sorprendía por su extraordinaria visión de mundo. Incluso logró aturdir a Tyrion el día que lo conoció. Ah, sí: la pelea recreada en la serie no es nada. En la novela se evidencia que la Montaña jamás tuvo la menor oportunidad… eso sí… en combate singular gana quien mata al oponente, y eso, ni modo, lo logró la Montaña, porque así lo quiso el autor.

1. Rhaegar Targaryen

Ni modo… los Targaryen dentro de la saga son demasiado especiales. Así como Dany es una mujer extraordinaria, Rhaegar es un hombre fuera de serie, merecidamente reconocido como un ser peculiar.

Desde que aprendió a leer, es decir, desde que era solo un niño, comenzó a hacerlo con una voracidad, disciplina y dedicación, que todos pensaban que Baelor el Santo había reencarnado. Llegó a tener una inteligencia y sabiduría impropia de su edad. Pero un día, como si nada, siendo jovencito decidió que quería convertirse en caballero, y a los 17 años lo logró como nadie. Parecía ser que los libros le habían dado algún tipo de iluminación, ya que de repente Rhaegar emprendía cualquier cosa y la coronaba con éxito. Así que se convirtió en un caballero destacado en las artes de la guerra, al mismo tiempo que en un gran músico y compositor, con capacidad para conmover a quien lo escuchara.

Cuando menos se dio cuenta, Rhaegar era un showman. Cersei Lannister mencionó en alguna ocasión que si el pueblo ovacionaba a Aerys II, el doble de multitud ovacionaba a Tywin… pero ninguno de los dos llegaba a la mitad de las ovaciones que alcanzaba Rhaegar. Ser Barristan Selmy sirvió a tres reyes y él estaba seguro que Rhaegar habría sido mejor que los tres. Otros personajes a lo largo de la saga opinaban lo mismo.

Rhaegar despertaba admiración y envidia a partes iguales. Perdió en combate singular contra Robert Baratheon, pero además de esa circunstancia de la guerra nadie pudo derrotarlo en ningún torneo o combate singular, e incluso derrotó a Arthur Dayne, su mejor amigo. Por otra parte, Rhaegar parece el clásico personaje demasiado perfecto y sin embargo era un hombre melancólico, que sentía una tristeza no expresada, una desesperanza oculta. Lo casaron con Elia Martell y parecía que se amaban. De esa unión nacieron dos hijos.

No fue hasta que conoció a Lyanna Stark que todo su mundo dio vuelta. Pero esa es otra historia.

* * *

Creo que lo mencioné en el post anterior: Martin posee una habilidad para decir desde lo no dicho. En otras palabras, administra con sabiduría la información que nos transmitirá a través de la narración y espera que nosotros nos tomemos la molestia de deducir. ¿A quién le gusta la lectura que lo dé todo en la boca? A mí no.

Hay muchos personajes de Canción de hielo y fuego que no inciden directamente en la trama, pero sabemos que por ellos todo está ocurriendo. Es decir, la historia contada en la saga es la consecuencia de la historia no contada, que solo ella, de por sí, es una maravillosa épica. Estoy seguro que Martin no es el primero en intentar esto como una técnica literaria. Pero en definitiva lo logra con un gran mérito.

VoxBox.-