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La vida posmoderna de Rocko

La vida posmoderna de Rocko

La vida moderna de Rocko película.

Es 2019 y Netflix reclama su lugar en el mundo como la maquila de entretenimiento digital por excelencia. El cambio de medio implica un cambio de mensaje y el mensaje es claro: inmediatez e infinidad de opciones. Se lee como una premisa de Black Mirror pero no es queja, la ventaja de producir contenido en masa es que, de vez en cuando, aparece algo interesante.

Uno de los ejemplos más recientes es el La vida moderna de Rocko: Cambio de chip (En inglés Rocko’s Modern Life: Static Cling), un especial de 45 minutos que sirve de secuela a la caricatura noventera del mismo nombre. Lo que podría parecer un intento más de lucrarse de nuestra nostalgia resulta uno de esos raros experimentos donde la ideología dominante se subvierte a sí misma.

A cierto nivel, el especial de Rocko sí es un intento de capitalizar nuestra nostalgia, pero casi sin darse cuenta termina siendo mucho más que eso. Comenzamos con Rocko, Heffer y Filburt suspendidos en el espacio, lejos de un mundo que, al igual que nosotros, dejaron en 1999. Nos invaden imágenes, sonidos y texturas de la caricatura con la que crecimos y, tan pronto nos pone cómodos en el pasado, nos devuelve junto a Rocko a un confuso 2019.

Lo que sigue es quizás la parte más débil del especial: una sátira superficial de la modernidad líquida del siglo XXI. Los sospechosos son los mismos de siempre: Starbucks, bebidas energéticas, Apple, redes sociales, selfies, vlogs, drones. Algunos gags son buenos y dan en el blanco (como cuando Heffer y Filburt se ven “obligados” a comprar el o-Phone 8, 9 y 10 con segundos de diferencia), pero son tan trillados que difícilmente mueven algo en nosotros.

Pero ya desde aquí vemos una voluntad de tocar fibras más profundas. La trama gira alrededor de Conglom-O, un conglomerado literalmente “too big to fail” (frase articulada por el Señor Cabeza Grande). Un error de finanzas quiebra la compañía y, con ella, toda la ciudad; gajes del oficio de la financialización. Vemos entonces una sociedad en crisis, precarizada y sin seguridad material para las clases medias y bajas. Static Cling nos dice que él también es un hijo de la Recesión.

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Queda claro que el tema principal es el cambio y la nostalgia. Ya en 2014 el difunto filósofo Mark Fisher nos decía que la nostalgia es un gesto modernista, propio de una época confundida sobre su propio futuro. El acelerado desarrollo tecnológico, la inestabilidad económica, la destrucción de redes de solidaridad y los rápidos cambios culturales inducen en el colectivo una ansiedad que demanda un regreso a lo viejo y conocido. Rocko adopta una fijación con una serie de los 90 (así es, el especial hace una meta-crítica posmoderna de sí mismo). El señor Cabeza Grande, representando al conservador, lucha contra la idea de tener una hija transexual en una de las representaciones de diversidad sexual más elegantes y maduras que he visto en la televisión reciente. Heffer y Filburt no están atrapados en el pasado pero sí en un presente impotente que no sabe más que consumir y publicar.

Temo haber sobrevendido Static Cling. No es una obra maestra, mucho menos es la semilla de consciencia que nos abrirá al futuro que deseamos. El especial sigue siendo un engranaje de la misma máquina que critica, y seguramente produjo millones de dólares a ejecutivos no muy diferentes al CEO de Conglom-O. Pero hacer la revolución no es ni nunca fue el papel de la cultura popular. La cultura pop es un espejo sobre el cual nos reflejamos; un espejo que está consciente de ser parte del problema y no propone solución, pero cuando menos es honesto. Y a veces eso es lo único que necesitamos para comenzar una conversación.

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