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Tres consideraciones sobre Adrenalina en el Teatro Nacional

Tres consideraciones sobre Adrenalina en el Teatro Nacional

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Por si alguien está leyendo esto en 2054 (ojalá el homo sapiens siga existiendo en 2054), les pongo en contexto antes de comenzar.

El 31 de agosto de 2019, la banda salvadoreña Adrenalina se presentó en el Teatro Nacional de San Salvador. Para el anémico interés del salvadoreño promedio en la cultura propia, se trata de un concierto más. Para la mirada más perspicaz, se trata de un acontecimiento poco menos que histórico.

Por supuesto que no es la primera vez que una banda musical se presenta en este recinto. Pero se juntan, en este caso, dos hechos que, contrastándolos, no pueden ser ignorados: que el Teatro Nacional es el escenario más simbólico de las bellas artes salvadoreñas (porque sí existen las bellas artes salvadoreñas, aunque usté no lo crea), y que Adrenalina es una de las bandas más irreverentes y coloquiales de la historia reciente del país. Vaya, póngale: es la versión guanaca de aquel concierto en el que JuanGa puso a bailar al Teatro de Bellas Artes con El Noa Noa. En este caso, era Galicia cantando La bacha: era lo calle, lo popular, el caliche tomándose por la fuerza un espacio reservado para cierta ranciedad artística.

1. Casi cien

Además del escenario, hay otro detalle acá que hay que rescatar: fueron tres horas de concierto. ¿Cuántas bandas salvadoreñas podrían armar un concierto de tres horas de música propia? ¿Cuánta producción musical se necesita para conseguirlo? ¿Cuántos años de carrera? ¿Qué clase de milagro se requiere para que una banda produzca tanto? Lastimosamente, la industria musical en El Salvador (porque mi teoría es que sí existe, aunque precaria) no nos ha permitido tener bandas tan longevas ni prolíficas. Son casi un centenar de canciones las que la banda ha grabado, en estos casi 30 años de carrera, y eso a pesar de las vacaciones que se dieron durante 15 años.

Aquí he mentido un poco, pero era con fines ilustrativos. Adrenalina no dio un concierto de tres horas de pura música propia. Durante el Segundo Acto (el concierto contaba con tres), la banda decidió hacer esto que voy a rescatar en el segundo punto. Pero, a la larga, este detalle no anula lo que ya escribí, porque dejaron fuera varias de sus canciones, con las que el concierto pudo haber durado más de tres horas.

2. Una sola escena

Como parte de los preparativos del concierto, la banda estuvo anunciando en sus redes sociales que iban a compartir escenario con otros músicos y bandas salvadoreñas. Eso caldeó los ánimos de muchos de los asistentes porque, otra vez, esos crossovers tampoco son tan comunes por estas tierras. No sé si es por una cuestión generacional, pero para mí las mejores intervenciones fueron las de Zaki, Dino Ex Machina, de Diente Amargo y Amnésica.

Lo que la banda se guardó de decirnos fue que el homenaje a la música salvadoreña no se iba a limitar a compartir escenario con otros exponentes, sino que iba a ir mucho más allá: incorporar en su repertorio canciones de otros artistas, canciones que marcaron época (específicamente, que marcaron los noventa y principios del dosmil), que sonaron en la radio con insistencia y se convirtieron en himnos generacionales.

Aplausos de pie a Adrenalina por reivindicar el trabajo de todos los músicos salvadoreños desde ese escenario tan potente. “Una sola escena”, dijo Galicia luego de la intervención Zaki. Eso es valioso.

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Fabian Thylmann. VoxBox.

3. Identidades: Gen X contra Millennials

Sin pretender ser exhaustivo, me atrevería a decir que los asistentes a este toque que andábamos por debajo de los treinta años éramos muy, muy pocos. Es lógico tomando en cuenta que Adrenalina nació en 1992 como una banda adolescente, y que tanto los músicos como sus fans han ido creciendo juntos. Eso explica la reunión de Papi Fútbol (no es cierto) que llegó a corearles todas sus canciones. Eso también explica que muchas de las bromas y referencias que se hicieron sobre la época, además del sentido del humor de tío-buena-onda, por ratos se me escaparon de las manos.

Pero hay algo valioso que rescatar de todo eso: la Generación X (detesto usar estos términos) en El Salvador vivió uno de los momentos de la música nacional más importantes de la historia, y eso les permitió asirse de un elemento identitario del que los Millennials carecemos: música cercana a nosotros, que habla como nosotros, que siente y piensa y vive como nosotros. La verdad es que les envidié mucho eso, y aunque el consumo cultural ya no es ni remotamente igual al de los noventa, creo que es importante que la industria crezca para que las nuevas generaciones no se priven de esta bendición.

Porque esa noche juntos en el Teatro Nacional fue una bendición.

Fotografía principal tomada sin permiso del Facebook de Giovanni Cuadra.

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