Now Reading
Reflexiones sobre el poder en una discoteca: sus implicaciones ideológicas y el sometimiento sexual

Reflexiones sobre el poder en una discoteca: sus implicaciones ideológicas y el sometimiento sexual

Quiero empezar contextualizando: hace algunos días fui, por primera vez, con amigos muy queridos, a una fiesta, a la cual cordialmente fui invitado por uno de ellos. La fiesta la organizaron amigos de este amigo al cual me estoy refiriendo, y ellos fueron quienes dieron el aval a mi llegada —claro, iba a llegar a su casa, qué menos que eso.

Alrededor de las 8:00 p. m. llegamos. Todos fueron muy buenos conmigo. Me atendieron estupendamente y creo que yo les caí bien —ojalá—. Tenía más de 3 años —desde que salí del colegio— de no ir a una fiesta y de pasar “fregando” con amigos.

En dicha reunión conocí a una extranjera —A. Z., un gustazo haber aprendido tanto de vos— que estudia psicología, como yo, y que, cabalmente, es una persona muy nutrida de conocimientos. Creo que ambos logramos aprender muchísimo del otro en un par de horas. Yo, por mi formación enfocada, sobre todo, a lo social, pude compartirle más conocimientos acerca de Psicología Social; ella, más enfocada en la formación clínica-psicoanalítica, me habló mucho del psicoanalista Jacques Lacan y de ese enfoque. Lo que más me gustó es que, a pesar del énfasis en los enfoques que ambos hemos tenido en nuestras formaciones académicas, ni yo me quedé corto ni ella se quedó corta en nada, lo cual hizo que la plática surgiera y fluyera sin problemas.

Tiempo después, con todo el gran grupo que se formó en dicha reunión, decidimos ir a una disco, cuyo nombre no mencionaré por discreción. Fuimos todos. A. Z. también fue, y, como buenos estudiantes de psicología, no pudimos evitar quitarnos los lentes de la carrera; por lo que, además de disfrutar y fluir en ese ambiente, lo analizamos. Aquí empieza lo importante. 

Quiero dejar en claro que todo lo que sigue es una construcción hipotética, empírica y constructivista, en clave de género, hecha en conjunto con A. Z.

Observación

Estuvimos con A. observando curiosos fenómenos interaccionales entre parejas heterosexuales, ya fuera que estuvieran en calidad de pareja amorosa, o en calidad de pareja amistosa. Todos estaban “perreando”, haciendo esos movimientos distintos, según el sexo; y extraños, a simple vista. Observamos también cómo, allí, las mujeres rechazan o aceptan la invitación de los lobos que tratan de sacarlas a bailar. Dicha invitación, si es aceptada, pasado un tiempo, se convierte en cortejo, y luego, quizás en sexo, si llega al punto más extremo. A. me comentaba y afirmaba que, en ese lugar, si ella quisiera y lo hiciera, el 80 % (4/5) de tipos a los cuales ella les hubiera pedido un beso, una bebida, un cigarro, se lo dan. Y yo secundo su opinión.

Los hombres, allí, parecen estar a merced de las mujeres, en la medida en que el cumplimiento del deseo del hombre reside en la aceptación de la mujer. 

La significación del ritual: dos miradas

Para empezar, hay que tener en cuenta una cosa: “perrear” no es un acto simple: lleva una gran carga ideológica en la medida en que es una acción en cuanto ideológica. Es decir que el acto, las posiciones, la kinésica (movimientos), el uso del espacio (la proxémica) comunican y significan algo, determinados por una ideología (el machismo). No son, por tanto, actos aislados, azarosos, o llevados a cabo por mera “fluidez” en el momento.

Los movimientos y las posiciones implican al “gran macho” sometiendo vaginal o analmente a la mujer de manera simbólica. Eso es “perrear” —acoto, eso sí, cuando el acto se hace en conjunto por dos seres con sexos distintos, que es de lo que aquí trato—. Es una posesión de la mujer-(como)objeto por parte del hombre-cazador. Esa es la significación ideológica de tal acto, para A. y para mí. Es, pues, un acto de sometimiento femenino, al fin y al cabo, determinado por el machismo.

Claro, también es importante mencionar que el hombre, en ese caso, se objetiviza hacia la mujer tanto como la mujer al hombre. Puede verse como un “consenso” —que, de hecho, funge como herramienta encubridora del sometimiento, en la medida en que la interpretación que se hace de llevarlo a cabo se hace “democráticamente”—. Pero lo importante no es tanto ese fenómeno, cuanto la posesión y el sometimiento dictado a través de los actos ideológicos por parte del hombre hacia la mujer, los que hacen de dicho acto de valor negativo. 

Y no solo lo anterior: el acto es, además, un ritual. Lo que a simple vista parece solo un “baile”, es, en verdad, un ritual de apareamiento que lleva sus pasos. Estos son los que he podido dilucidar: a) una mirada; b) las ganas de interaccionar físicamente; c) una invitación a bailar que suele hacerse por parte del “hombre” (cazador); —en caso de que lo anterior se acepte positivamente— d) el inicio del baile; e) los movimientos cada vez más sexuales; —en caso de que la interacción sexual haya sido positiva para ambos— f) besos y toqueteos cada vez más atrevidos; y, al final, g1) quizás nada, o g2) quizás sexo. 

Así, el “perrear” es un ritual de apareamiento, no un simple baile, cuya consecución llevada al extremo (al último paso) no se hace, al menos en el “lugar de los hechos”, porque somos “civilizados”. Si fuéramos animales, como en todo ritual sexual en la naturaleza llegado hasta el paso penúltimo, lo que sigue, es el último: el sexo. La cuestión es que la vergüenza, la “civilización”, las normas morales, sociales, cívicas, la presión grupal, el espacio físico, y todo lo que conlleve a formas del deber ser en la sociedad, inhiben a los interactuantes a llevar a cabo el acto. Es por ello que no siempre se concibe, y quien lo logra, lo va a hacer en otros espacios donde, socialmente —para decirlo en resumidas cuentas— es aceptable; es decir, en cualquier lugar privado y personal —aunque también están aquellos a los que la sola falta de luz les satisface, aún en espacios públicos.

La injerencia ideológica en la estructura

Tal como se expone, aunque el acto ideológico y simbólico conlleve a someter a la mujer, tal parece que es la mujer quien controla si se lleva a cabo dicho acto; tal parece que es la mujer la que tiene el poder de decidir sobre los deseos del macho. 

Puede que, reduccionistamente, sí, la mujer tiene poder en ese espacio físico, en una discoteca. Tal parece que allí se invierten los roles sociales. Tal parece que allí se invierte el poder. ¿Pero quién lo permite? Esa es la cuestión a la que hay que llegar.

El poder que la mujer tiene en esos espacios es falso, es una apariencia de la realidad, es solamente una ilusión. El hecho de que las mujeres no paguen cover (entrada) es porque las usan como carnada para atraer al gran macho que suele ser borracho, y eso genera ganancias. El hecho de que tengan allí el “poder de decidir” sobre el acto no deja de ser machista, porque es, precisamente, una sociedad machista, que configura una estructura machista de instituciones (empresas, negocios, aparatos estatales, etc.) —una disco es un negocio e, inherentemente, parte del capitalismo—  la que determina dónde, cómo, cuándo y con quiénes ha de poder ejercer su poder —limitadísimo, por cierto, tanto en lo referido al momento, al lugar y a la dimensión en que se ejerce (sexual, en el caso)— la mujer. Es así que las mujeres, realmente, no tienen el poder, y están —aunque microestructuralmente no lo parezca— sometidas al machismo, macroestructuralmente; siendo, en TODO CASO, utilizadas como objeto sexual al servicio del machismo y del capital —que casi parecen uno solo en esta sociedad.

De hecho, el ejercicio de la libre sexualidad de la mujer en espacios públicos o fuera de esos lugares es vituperado y fuertemente censurado. Por lo cual, nuevamente, se evidencia cómo la estructura ideológica e institucional coarta el ejercicio libre del poder de las mujeres y de decisión sobre sí mismas y sobre los otros. 

See Also
Mural de La Casa Tomada.

Algunas aclaraciones

Sé que soy un hombre que vive en una sociedad machista. En esa medida, soy consciente del cuidado que debo tener al hablar sobre estas cuestiones. Muchas veces he leído —y estoy de acuerdo— que los hombres no deberíamos de meternos en estos temas si no vamos a aportar. Aportar es lo que yo he querido hacer, y por eso me atreví a escribir. Precisamente por ese aporte que pretendo, y para que mi análisis llegara a niveles más éticos y justos, compartí mis ideas con una mujer, con una amiga, que aquí llamaré L. C. (sus iniciales). Ella me ayudó a evidenciar tres falencias de mis ideas, no tanto por fechoría, cuanto por inconsciencia; inconsciencia, por cierto, inocente, porque no fue adrede. He aquí las aclaraciones:

No toda mujer que “perrea”, que va a “perrear” en una disco, quiere sexo. Aunque el acto ideológico tenga connotaciones sexuales simbólicamente, no quiere decir que exprese el deseo de tener sexo. Hay, en este caso, solamente un simbolismo kinésico y cultural que es copiado (aprendizaje vicario), y precisamente en la medida en que es cultural y socialmente aceptado e impuesto —no a la fuerza, sino por los medios de comunicación, especialmente videográficos— es que el acto de bailar reggaetón, se hace automáticamente a través de “perrear”, sin que haya consciencia de la naturaleza simbólica y de la significación de los movimientos; y sin que haya necesaria e inherentemente ganas de tener relaciones sexuales.

Pongámonos en el contexto de un grupo de amigas que están “perreando” solas y disfrutando de la música en una disco, independientemente de sus implicaciones ideológicas. Digamos que es una noche espectacular, donde ningún hombre las molestó. Ah, pero sí pudo haber pasado algo: podía haber hombres viéndolas, solo viéndolas, como lobos disfrutando del acto. Al final, tal como me dijo L. C.: “Aunque no nos molesten, siempre hay hombres viéndonos.” Es así que siempre hay violencia. La violencia se mete entre los recovecos de la aparente pasividad, y el poder en las relaciones “pasivas” sigue siendo nocivo.

Hay que aclarar, finalmente, que hay ciertas canciones, por su letra, que son catalizadoras, ya sea para que “perrear” acabe con fuertes connotaciones y denotaciones simbólicas sexuales, aunque no sea el objetivo consciente; o para que el deseo eminentemente sexual sea expresado, en consecuencia, a través de la kinésica (movimientos). Este es un fenómeno que queda aparte de mi análisis, pero que, ciertamente, es importante de visibilizar. A simple vista, pues, parece que la letra y los sonidos determinan ideológicamente la conducta.

Referencias

Acción en cuanto ideológica: Martín-Baró, I. (1990). Acción e ideología. Psicología Social desde Centroamérica. San Salvador, El Salvador: UCA Editores.

Machismo: Martín-Baró, I. (1968). El complejo de macho o el machismo. Estudios Centroamericanos, ECA, 23(235), 38-42. Recuperado de http://www.uca.edu.sv/coleccion-digital-IMB/wp-content/uploads/2015/11/1968-El-complejo-de-macho-o-el-machismo.pdf

Ritual: Gómez-García, P. (2002). El ritual como forma de adoctrinamiento. Gazeta de Antropología, 18(1), 5-12. Recuperado de http://www.gazeta-antropologia.es/wp-content/uploads/G18_01Pedro_Gomez_Garcia.pdf

Aprendizaje vicario y sus implicaciones: Cabrera, P. A. (2010). Aprendizaje vicario, efecto mimético y violencia de género. Aconsejame.net. Recuperado de http://www.aconsejame.net/doc-violenciagenero-documento.pdf

What's Your Reaction?
Excited
0
Happy
0
In Love
0
Not Sure
0
Silly
0
View Comments (0)

Leave a Reply

Your email address will not be published.

© 2019 VoxBox, Todos los derechos reservados.   Contáctanos: info@voxboxmag.com
Scroll To Top