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La imagen política y los líderes del futuro

La imagen política y los líderes del futuro

Política.- ¿Cómo era un político antes, en la era análoga?, ¿cómo es ahora?, ¿cuál es la delgada línea entre la vida privada y la vida pública de los políticos?

Joe McGinniss es un escritor estadounidense que conoció, mejor que nadie, la importancia que tiene la imagen para un político, para cualquier político. Escribió el libro The Selling of the President que habla, justamente, de cómo se “vendió” la imagen del entonces candidato presidencial Richard Nixon.

“El candidato debe encarnar una combinación entre líder, dios, padre, papa, rey”.


Escribió McGinniss.

Dioses y no líderes

Esta concepción de los líderes políticos como deidades no es para nada nueva, ni se la inventó McGinnis. Pensemos, por ejemplo, en los faraones del Antiguo Egipto. Fueron considerados seres casi, casi divinos. El pueblo los identificaba con el dios Horus. También como hijos del dios Ra. Es decir, los antiguos egipcios no tenían un presidente, un líder o un rey: tenían un dios, o algo muy parecido.

Las monarquías europeas, incluso las que sobreviven hasta nuestros días, también van por una línea de pensamiento similar: a los reyes los puso Dios. ¿Por qué? ¿Para qué sirven en la actualidad? Quién sabe, pero son puestos por Dios y se me calla si no quiere que lo zampe con este cincho.

Lo mismo podríamos decir del papa: elegido por Dios, pero sospechosamente apegado al devenir geopolítico mundial, a través de los votos secretos de un montón de señores en vestidos chistosos.

El caso Kennedy

Pero ya estamos poniéndonos muy teológicos. Cambiemos el mood: el presidente John Fitzgerald Kennedy, trigésimo quinto presidente de la USA, logró consolidar una imagen poderosísima a través de sus discursos, estilo, comunicación y apariciones públicas. Hay quien dice que revolucionó la forma de hacer política. Muchos consideran que la suya fue la primera campaña electoral moderna.

Kennedy representaba la modernidad y la recuperación de los valores más profundamente estadounidense (el progreso, la prosperidad, etc.), mientras que su esposa, Jacqueline Kennedy, se volvió símbolo de la perfección y el glamur.

Por supuesto que entre los faraones del Antiguo Egipto y el presidente de Estados Unidos han pasado muchas cosas, muchas revoluciones, transformaciones y formas completamente distintas de pensar y entender el mundo (entre una cosa y la otra apareció la ciencia, solo por mencionar algo), pero esa idea faraónica, mesiánica y divina sigue permeando en cómo vemos a los que están allá arriba, en el poder.

El márketing político y los relacionistas públicos llegaron a tal punto de controlar la imagen, que nadie se enteró que Kennedy era en una persona enfermiza desde su niñez, siempre medicado por culpa de los dolores crónicos. Públicamente, el señor era puro optimismo y energía.

¿A qué queremos llegar? Bueno, a lo que nos tiene ahora aquí: internet.

Público vs Privado

Gracias a Instagram, Facebook y demás redes sociales, la imagen se ha vuelto un tema esencial. Ya no solo como un espacio para los poderosos (llámese políticos, millonarios o artistas), sino para todos: desde tu tía que sube fotos de Piollín con bendiciones para todos, hasta el mismísimo papa Francisco.

Pero internet ha hecho otra cosa: ha planteado un división generacional mucho más clara que la que existía antes. Las nuevas generaciones (no nos atrevemos a ponerle todavía una etiqueta) que nacieron con la web ya instaurada en sus imaginarios: su idea de qué es privado y qué es público es mucho más extraña que la de los más viejos. ¿Subir una selfie con la cara de recién despierto? Claro que sí. ¿Publicar momentos íntimos en stories de Instagram? Por qué no…

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¿El futuro?

Esto supone también una inquietud: ¿Cómo se trabajará la imagen de los políticos del futuro? Mientras que en la primera mitad de la década de los sesenta era inconcebible que el presidente de los Estados Unidos demostrara sus padecimientos médicos, en 2016 Justin Trudeau, primer ministro canadiense, se permitió subir fotos con el dorso desnudo, o en situaciones impropias de un alto dignatario. Pero, ¿impropias para quién? Los niveles de aceptación de Trudeau son altísimos. A la gente le gusta su forma de retar las convenciones protocolarias, su espontaneidad.

Calcetines exóticos.

Esto no quiere decir que Kennedy era un buen presidente y Trudeau no. Tampoco implica lo contrario. No estamos valorando la calidad de sus gobiernos, ni sus aportes a las sociedades que representan. Estamos diciendo que las cosas que antes nos parecían importantes en un político, hoy ya no importan tanto.

¿Cuánto van a importar dentro de 20 años? ¿Cómo serán los políticos dentro de 20 años? Seguramente, los candidatos presidenciales dentro de cuatro, cinco o seis períodos nos mostrarán de manera diferente su imagen, aunque en un país como El Salvador, en el que aún tenemos un pie en el siglo XX y otro en el XXI, quién sabe.

En nuestra concepción actual, los presidentes y líderes del mundo siguen funcionando bajo esa aureola de perfección, que no les permite tener vidas normales, tomarse una cerveza, tener tatuajes, haber tenido algún pasado de excesos (como cualquier persona) o ninguna equivocación de índole personal, pasada o presente. Ese sería uno de los grandes avances de la imagen política del futuro: que los líderes políticos sean vistos como humanos.

VoxBox.-

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