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Julio A. Rivera y la política de antes

Julio A. Rivera y la política de antes

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A veces vemos la historia nacional previa a los Acuerdos de Paz como un monolito de dictaduras militares de derecha. Si bien es cierto que el dominio de algunos sectores económicos cerraron mucho el campo político, no podemos entender nuestras luchas actuales sin estudiar a esas figuras que, como Gerardo Barrios (1859-1863) Manuel Enrique Araujo (1911-1913) y Arturo Araujo (1931), sembraron semillas de desarrollo político en nuestro país.

Menos conocida pero no menos importante fue la presidencia de Julio Adalberto Rivera (1962-1967). Después de formar parte de Directorio Cívico Militar de 1961, renunciaría para competir democráticamente por la presidencia. Fundó el PCN con el cual ganó las elecciones legislativas de 1961 y las presidenciales de 1962. 

Aunque, gracias al carisma de Rivera y la labor populista del Directorio, el PCN contaba con la popularidad suficiente para ganar sin fraude, este proceso estaba lejos de ser democrático en el sentido auténtico de la palabra. El poder del Partido se debía no a una manifestación de voluntad popular, sino al dominio de una clase militar sobre un pueblo todavía muy políticamente inmaduro. Aunque había algo de pluralidad, el candidato era impuesto por el partido y ciertas ideas, como el comunismo, no estaban sujetas a discusión. Rivera sabía que recibía un poder autocrático, pero decidiría usarlo (dentro de sus limitantes) para impulsar la soberanía, la democracia y la justicia social.

Julio Rivera toma el poder en el clímax de la Guerra Fría. El fiasco que sería la incursión de EE. UU. en Vietnam comenzaba a notarse y Kennedy, de ideas más progresistas que Eisenhower o Nixon, estaba dispuesto a apostarle a la pacificación. Se introdujo la Alianza para el Progreso, un programa de imperialismo soft que enfatiza la ayuda económica, la transición a gobiernos civiles y un delicado (y contradictorio) balance entre liberalización económica y redistribución de la riqueza. Rivera aceptaría de buena fe el plan de Kennedy, ya que ambos pensaban que no hacer concesiones a las clases populares significaba sentar las bases para la revolución. La historia, por supuesto, los probaría en lo correcto. 

La izquierda acusó a Rivera de proimperialista y, si bien es cierto que la Alianza significó la incursión de intereses económicos norteamericanos, Rivera, a diferencia de nuestros últimos mandatarios, defendería la soberanía nacional en más de una ocasión. Primero, al quitarle la administración del muelle del Puerto de La Libertad a la W. R. Grace and Company y entregarla a CEPA; y segundo, al negarse a enviar tropas a República Dominicana tras la ocupación de la OEA. Otro punto que marcaría su gobierno y el destino geopolítico de la región serían sus inclinaciones centroamericanistas y fuerte oposición a la influencia de Somoza.

La apuesta fuerte sería la democratización. Se reformó la Ley Electoral para introducir la representación proporcional en la Asamblea, acción que le costó diputados al mismo PCN. Con una presencia fuerte en el Legislativo y la victoria de Duarte como alcalde de San Salvador, el partido oficial tendría que sentarse a negociar, por primera vez, con otra fuerza política: la Democracia Cristiana. A propósito de esto, Álvaro Menen Desleal escribió “Había dos cosas que yo nunca vi en mi país: elecciones libres y devaluación monetaria. Acabo de ver las primeras elecciones libres…tal hazaña bastaría para que el régimen de Rivera entrará por la puerta grande a la historia de la patria”.

En cuanto a justicia social, es más difícil armar un caso progresista para Rivera. Quizás su peor legado fue la creación de la Organización Democrática Nacionalista (ORDEN) y la Agencia Nacional de Seguridad de El Salvador (ANSESAL), dos organismos de represión que servirían de base para los primero escuadrones de la muerte en el país. Podemos debatir eternamente cuánta responsabilidad cae personalmente en el Presidente, pero no lo podemos aislar de su ecosistema, de los demás militares (como el General Medrano, padre de la extrema derecha salvadoreña moderna) y de una oligarquía con poder suficiente para controlar el país. Su gran deuda fue la Reforma Agraria, la cual estaba seguro de que, de haber intentado, le habría costado el exilio.

El plan económico de Rivera no era socialista. No pretendía ni habría podido serlo, aunque la derecha lo tildara como tal. El juego que se jugaba desde los 50 era la modernización industrial, substitución de importaciones y alta inversión del Estado en infraestructura y mercados clave. Si bien este modelo tiene sus contradicciones, su período vio un alto crecimiento económico acompañado de grandes conquistas para los trabajadores como el nuevo Código de Trabajo y Ley de Salario Mínimo en el campo. Hasta Schafik Hándal admitiría que “los esfuerzos del PCS por implementar la vía armada encontraron una serie de tropiezos debido principalmente a que a partir de 1962 (…)  Los índices de crecimiento alcanzaron cifras elevadas (…) se registró una limitada apertura democrática, se realizaron reformas en el sistema electoral y el camino de las elecciones cobró, ante las masas, una validez, aparente si se quiere, pero real en aquel entonces para ellos y otros partidos”.

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Aparecen tal vez paralelos entre este gobierno y el peronismo en Argentina, un proyecto nacionalista que vio la necesidad de traer a todos los sectores económicos a la mesa para negociar un ideal difuso de interés nacional. Rivera se sentaría a dialogar con sindicalistas en huelga y formaría un gabinete de profesionistas capaces de clase media y cierta diversidad ideológica. Encontrar empresarios como Juan Wright o Guillermo Borja Nathan en el gobierno no era nuevo, pero encontrar obreros como Rafael Rodríguez González, Subsecretario de Trabajo, sí lo era. 

Hoy por hoy, no falta quien, ante la crisis social y económica, quiera romantizar a los gobiernos militares, incluyendo a los más represivos. No hay que olvidar que hasta los más civiles y liberales de estos regímenes mataron, reprimieron y erraron siempre en favor de la oligarquía. La pregunta no es si debemos replicar estos modelos sino qué podemos aprender de ellos. Actualmente, vivimos en tecnocracias neoliberales donde el interés de la empresa privada se supone el interés nacional. Quizás la locura de un proyecto-país donde los intereses de cada clase se negocian a través de instituciones estatales es menos descabellada que la de un mercado que se autorregula. Quizás lo que le falta a nuestra política no es menos sino más política.

Fuentes:

Carlos Armando Domínguez: Datos para una biografía del expresidente de la República Julio A. Rivera (1998)

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