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Instagram en clave de capital: las fotos como mercancía

Instagram en clave de capital: las fotos como mercancía

Instagram

Vengo observando desde hace un tiempo un extraño fenómeno cuando uso Instagram. Resulta que las fotos donde aparezco yo suelen tener —por no decir que siempre— más “Me gusta” que cualquier otra foto. Yo suelo subir muchas, muchísimas más fotos sobre plantas u objetos que fotos sobre mí —no soy de los que usa Instagram como galería personal-pública; y no, no digo que eso esté mal, solo digo que yo no lo hago.

Hubo una noche donde me puse a hipotetizar con una amiga (A. G. A. S., gracias) acerca de por qué pasaba este fenómeno. Como buenos jóvenes y pensadores noveles, como buenos rebeldes energéticos y urgentes por querer hacer algo, por criticar, por no ver a este país tan desgraciado, nuestro análisis fue en clave marxista (o cuasimarxista, si se desea ver así) —y nos perdonan si dejamos mucho que desear o cabos sueltos—; pero, a pesar del origen ideológico y ontológico que tiene el “análisis”, el producto fue un ejemplo de la vida en clave capitalista. Y sí, el marxismo ya debería de dejar de tener la connotación peyorativa que tiene. Es, más que nada, un dispositivo filosófico que dilucida cuestiones obviadas —o censuradas, quizás sería más correcto decir— por otras formas de filosofías.

Antes de entrar de lleno al breve análisis, me permitiré citar algunas definiciones que serán necesarias tomar en cuenta para entender más fielmente lo que sigue (sin ningún orden en especial): a) mercancía: (1ra acepción) «Cosa mueble que se hace objeto de trato o venta.»; b) metamorfosis: (1ra acepción) «Transformación de algo en otra cosa.»; c) mercado: (7ma acepción) «Conjunto de consumidores capaces de comprar un producto o servicio.»; d) virtual: (3ra acepción) «Que tiene existencia aparente y no real.»; e) cibernético, ca: (2da y 3ra acepción, respectivamente) «Creado y regulado mediante computadora.», «Perteneciente o relativo a la realidad virtual.»; f) moneda: «Instrumento aceptado como unidad de cuenta, medida de valor y medio de pago.»; g) antropomórfico: «Perteneciente o relativo al antropomorfismo: “Atribución de cualidades o rasgos humanos a un animal o a una cosa.”»

Ahora sí: una noche hice una prueba. Subí la foto de una flor, de una veranera (Bougainvillea), que alcanzó unos 21 “Me gusta”. En general, mis fotos (donde yo aparezco) alcanzan más de las 30 reacciones. Últimamente alcanzan más, pero eso no es motivo de orgullo, sino de análisis. Esas diferencias que expongo son patentes en TODAS mis fotos respecto de las fotos donde yo no aparezco.

Por tanto, parece que las flores, así como cualquier foto que refleje la existencia de cualquier objeto o cosa, posee menos valor virtual —así como podría poseerlo una mercancía en la vida real— que cualquier foto que refleje la existencia humana medianamente estética. En ese sentido, “la cosa-no-humana” en cualquier foto no es una mercancía —en su dimensión metamórfica para convertirse en tal, a través del mercado virtual— muy cotizada por la moneda virtual que, en este caso, son los “Me gusta” —también en su dimensión metamórfica a través de lo mercantil—. Son los “Me gusta” los que fungen moneda con los cuales se compran las fotos (o mercancías virtuales) en Instagram, con la que nos compran.

Instagram es, virtual y cibernéticamente, como una tienda que vende mercancías: para gustos, los colores. Hay de toda clase de mercancías para todo tipo de compradores, para todo tipo de gustos. Cada cuenta de Instagram es como una tienda, pero, como cada tienda, tiene productos que venden más y otros que venden menos. En el caso que aquí expongo, somos nosotros, en cuanto mercancía, el producto más vendible. En otras palabras, las redes sociales, y en especial Instagram, nos metamorfiza (y nos (auto)metamorfizamos —aunque parezca tautológico—) cuando subimos una foto nuestra, porque se convierte en mercancía sujeta de ser comprada con los “Me gusta”. Sí, ciertamente, no acabamos como poseedores de dichas mercancías porque no existen físicamente. Sin embargo, cada “me gusta” es una marca en la mercancía, es un “Yo estuve aquí”. En cierta forma metafísica, acabamos colonizando al otro-objeto/mercancía y, en esa medida, podría decirse que sí la o lo compramos.

Entonces, se puede indicar que se compra más “lo personal”, lo antropomórfico —en la medida en que la foto no somos nosotros en verdad, es nuestro reflejo de “lo humano” a través de “un otro” en la pantalla; una foto con cualidades humanas por su reflejo—, o simplemente lo biológico. 

Las razones, que con mi amiga hipotetizamos, sobre las cuales se basa dicha diferencia frecuencial —y, en clave de capital, por la “compra”— en los “Me gusta” de las fotos, donde se refleja lo humano y lo no humano, reside, según nosotros, en que los compradores llegan a una forma de identificación con ese otro en la pantalla, que no se logra con aquello que no es humano. Es algo así como “Aquí estoy yo también. No soy yo, pero es otro que, biológica e incluso personalmente, sí soy yo.”; cuestión que no podría elaborarse con una bella piedra —por bella que fuese.

La base en esto es que los compradores creen conocer a ese otro, y por eso llegan a identificarse. Ciertamente, el solo sentirse como ese otro por ser “humanos” ambos es un gran peso; pero sentir que conocen a la persona (≠ de humano) a través o en ese otro en la pantalla, puede ser un aliciente muy poderoso para dicha identificación. 

Los compradores, pues, por ese sesgo de conocimiento del otro, creen tener mayor idea y juicio acerca de su valor, bajo y por su naturaleza (humana, “como ellos”). A través de los “Me gusta” compran al otro, previamente juzgado estéticamente —como siempre va a suceder en redes basadas en la apariencia de una vida que no se tiene, orientada lo más posible al “American dream” alatinado—, y determinan, en su conjunto —ah, pobres de ellos, juzgando en comunidad, ja, ja— el valor que posee ese otro.

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Otra de las razones podría ser que dicha “compra” se hace sobre la base ideológica y cultural, obviamente, de que lo natural —si el contraste frecuencial se hace sobre las fotos donde hay un “otro-nosotros” respecto de “un algo” de la naturaleza, como un árbol— vale poco o nada respecto de lo material. En ese sentido, nosotros, a través de la estética y del parecer ser, somos más comprables que lo natural, en la medida en que lo que “somos” no vale sino en función de lo que tenemos, y lo que tenemos no vale sino en función de cuán caro parece —ya que el verdadero valor no reside en cuánto pagamos por un bien, sino en la percepción y validación social acerca del valor que recibe ese bien, en virtud de su apariencia.

Solo me queda decir que se fijen en las frecuencias de “Me gusta” en sus fotos: ¿cuáles reciben más? ¿Cuáles reciben menos? Incluso podría formular un axioma si este fenómeno es generalizado en sus redes: “Las fotos que contengan en sí la representación virtual de “un otro” que realmente existe en el mundo físico, siempre tendrá más “Me gusta” que cualquier otra foto que represente a un objeto cualquiera del mismo mundo; y mayor será la diferencia, cuanto mayor sea la estética estereotípica que ese “otro” de la foto cumpla, según la cultura.”

Referencias

Definiciones (a-g): Real Academia Española. (2014). Diccionario de la lengua española. Madrid, España: Real Academia Española. Ver más en https://dle.rae.es/?w=

Persona ≠ humano: Martín-Baró, I. (1990). Acción e ideología: Psicología Social desde Centroamérica. San Salvador, El Salvador: UCA Editores.

Ser, tener, parecer; parecer ser: Debord, G. (2007). La sociedad del Espectáculo. Rosario, Santa Fe, Argentina: Kolectivo Editorial “Ultimo (sic.) Recurso”.

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