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Gutenberg y la humanidad: Día Internacional del Libro

Gutenberg y la humanidad: Día Internacional del Libro

Cada 23 de abril se celebra el Día Internacional del Libro, un momento para reflexionar sobre la importancia que la lectura tiene para las sociedades; además, es una oportunidad para hablar de temas paralelos, como el de derecho de autor. Pero, quizás porque vivimos en plena era de los milagros digitales, muy pocas veces se cuela en los medios un tema tan fascinante como el de las tecnologías que permitieron que el mundo hoy disfrutara del libro, ese aparato milagroso que permite contener y trasladar ideas y sentimientos. Para abordar ese tema, se necesitarían libros enteros, pero ahora quiero traer a colación una brevísima historia.

Reinventando la historia

La versión corta diría que estamos acá reunidos gracias a que el hijo de unos comerciantes adinerados, proveniente de una ciudad provincial del imperio Romano Germano del siglo XV llamada Maguncia, cerca de Frankfurt, un joven emprendedor, frustrado por su colección de inventos fracasados, dio con una idea que iba a cambiar para siempre el mundo conocido, su nombre real era Johannes Gensfleisch, pero todos lo conocemos como Johannes Gutenberg. Sí, el papá de la imprenta.

Pero decir que Gutenberg inventó la imprenta sería una leve exageración. Como lo señala Martin Puchner en su libro El poder de las historias, o cómo han cautivado al ser humano, de la Ilíada a Harry Potter, Gutenberg fue, en realidad, el reiventor de esta tecnología, ya que su idea solo fue posible gracias a un cúmulo de experiencias, contextos económicos y sociales, y tecnologías, desarrolladas previamente por otras culturas, especialmente por los orientales.

“Gutenberg no fue el primero que pensó en utilizar tipos móviles y combinables para formar páginas que se pudieran imprimir… hubo otros que lo habían probado antes que él. Hacía tiempo que conocía la técnica relativamente simple de tallar imágenes en madera y utilizarlas a guisa de sellos para hacer copias, como solía hacerse habitualmente con los naipes. Por consiguiente, si no se concedía demasiada importancia a la calidad, podía hacerse lo mismo con las palabras. Valiéndose de este método se habían confeccionado pequeños cuadernillos: unas torpes letras de madera permitían a los lectores descifrar las palabras impresas con cierta dificultad”.

Cita de Martin Puchner, extraída del libro antes mencionado.

Sin embargo, sería un error pensar que Gutenberg se limitó a copiar las ideas de otros y echarlas a andar en sus propios términos. A pesar de que los chinos conocían desde varios siglos atrás la forma de imprimir palabras, los problemas a los que se enfrentó no fueron pocos.

La primera gran diferencia entre lo que hacían los chinos y lo que pretendía hacer Gutenberg radicaba en el alfabeto. Mientras que los chinos debían de lidiar con un sistema complejo de miles de signos distintos, él solo tenía que trabajar con uno de 24 letras. En apariencia, una ventaja importante, pero los libros, como sabemos ahora de sobra, no juegan solo con letras. Ya desde entonces los escribas utilizaban mayúsculas, signos de puntuación, abreviaciones, y ese largo etcétera que sería improductivo escribir.

Para hacer números rápidos: Para imprimir una página, el germano necesitaba quizás unas cien mil letras individuales, si tomamos en cuenta los errores que seguramente se cometerían y que se tendrían que corregir. Y justo en esta encrucijada fue donde apareció el genio de Johannes, porque se inventó un método de moldear a mano, que permitió que operara, por fin, el milagro masificar los libros.

Pero su gran aporte no se quedó ahí.

El negocio de las ideas

Gutenberg.
Gutenberg.

Las mejorías que fue introduciendo en su nuevo juguete le iban imponiendo nuevos retos, que a su vez le permitían nuevos avances, hasta llegar no solo a masificar libros, sino además a perfeccionarlos hasta límites que ni los más diestros escribas podrían alcanzar nunca. El profesor Puchner lo explica así:

“Dado que el papel europeo y el pergamino eran mucho más gruesos que el utilizado en Asia Oriental, no bastaba con colocar simplemente la página sobre las letras, había que ejercer presión. Para ello, Gutenberg utilizó algo que abundaba en la región de los alrededores de Maguncia: una prensa de vino. La página compuesta con letras de metal se colocaba debajo de la prensa cara arriba y se presionaba fuertemente el papel o pergamino sobre las letras. Un bastidor separado garantizaba que el papel estuviera en la posición correcta y que se le pudiera dar la vuelta para imprimir el reverso (algo que no se hacía en Asia Oriental). Esta serie de avances abrieron una perspectiva completamente nueva, a saber, la producción en masa de libros de alta calidad”.

Cita de Martin Puchner, extraída del libro antes mencionado.

Y la buena suerte de nuestro héroe no parecía tener fin.

Para 1453, cuando Gutenberg ya tenía avanzada su tecnología y había impreso ya varios libros, llegaron noticias de que los turcos habían tomado Constantinopla, un bastión importante de la cristiandad. La iglesia rápidamente movilizó su capital político, que por entonces era casi un monopolio, y con ayuda de reyes y emperadores organizaron un ejército para recuperar la ciudad. Y como para cualquier guerra, la iglesia necesitaba dinero, así que implementó un impuesto para absolución de pecados. Lo único que había que hacer, además de pagar, era llevar una hoja de pergamino al confesor, para que este hiciera un par de rituales, y listo, adiós pecados.

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Este fue el nacimiento de las famosas indulgencias.

Gutenberg, como buen hombre de negocios, vio en esto una oportunidad de oro: Escribió en latín la fórmula para absolución de pecados, dejó el espacio en blanco para el nombre, fecha y tipo de absolución y comenzó a vender este papel al por mayor. Éxito inmediato. Gutenberg comenzó a rapear dinero, dinero, dinero, aprende algo, dinero.

De ahí para acá, la historia es conocidísima y ampliamente documentada: La imprenta de Gutenberg permitió la divulgación de ideas, lo que a su vez nos llevó a niveles inimaginables de sofisticación del pensamiento. Gracias a él se masificaron libros sagrados como las biblias, pero también las tesis de Lutero; obras maestras del la Literatura como El Quijote de Cervantes, las tragedias de Shakespeare o los ensayos de Montaigne; libros que propiciaron revoluciones como el Manifiesto Comunista; o libros infames como la autobiografía de Hitler. Libros imprescindibles para las sociedades modernas, como nuestras constituciones, o las declaraciones de independencia, o los acuerdos de paz. Las ficciones o los poemas que han reivindicado el espíritu de las naciones, pero también libros horribles que han conducido a miles a la locura, la desesperanza o el suicidio.

Gracias a ese hijo de comerciantes adinerados, las ideas circularon por el mundo, dando cabida a lo mejor y más bello de la naturaleza humana, pero también a lo peor y más despreciable. 

Día Internacional del Libro

Este 23 de abril del 2020 esta pequeña e insuficiente historia de la tecnología que permitió que tengamos libros, que es la historia de la humanidad, es más importante que nunca. Gracias a los libros podemos tener productos culturales para pasar la cuarentena, pero también gracias a ellos la ciencia ha avanzado lo suficiente como para que un virus como este no acabe con la mitad de la población mundial, como lo han hecho otras pestes en el pasado.

No me gustaría pecar de exagerado, pero diría que buena parte de nuestra humanidad se lo debemos a los libros, y el renacimiento de nuestro planeta luego de esta crisis también lo vamos a tener que fundamentar en ellos.

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