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El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes: Desmitificar la maternidad

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes: Desmitificar la maternidad

Fotografía del libro El verano que mi madre tuvo los ojos verdes.

«Llevaba tres días en un pueblo y no había visto todavía un alma. Dormía o fumaba, o comía palomitas o bien odiaba a mi madre todo el día». Esta es una de las primeras frases que encontramos en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, uno de los libros revelación del año 2019. Es más, creo que no existe blog literario que no haya hablado de la historia que se esconde detrás de estas 247 páginas. Escrito por Tatiana Tibuleac (Moldavia, 1978), quien no ha podido hacerlo mejor, pues relata de forma indescriptible pasajes llenos de crueldad y de odio, pero que conforme nos adentramos en la lectura se van transformando en muchos otros sentimientos. 

La historia nos narra los días que transcurren en un verano cualquiera, ubicados en un minúsculo pueblo francés. Aleksy, un joven con problemas mentales y potencialmente suicida, ha sido invitado por su madre a pasar el verano en aquel remoto lugar; ellos, que nunca han sabido actuar como madre e hijo, tendrán varios meses por delante para ellos solos, y para el protagonista eso significa un verano perdido. 

Sin embargo, descubre unos días después de llegar a aquel lugar el porqué están ahí: su madre, una mujer blanquísima, fea y sin gracia, está a punto de morir, indiscutiblemente lo hará mientras transcurre ese verano, lejos de la casa gris donde nunca fueron felices. 

La historia está narrada por el propio Aleksy, quien aparentemente está escribiendo un libro, ya que todo nace por sugerencia de su terapeuta, pues cree que si escribe sobre aquellos meses que pasó con su madre podrá volver a pintar, porque ahora es un pintor famoso, además de un excéntrico y neurótico. 

Tibuleac, a través de este libro, ha desmitificado la maternidad, sus bondades, su amor inquebrantable, todo lo que los cuentos narran sobre las madres y sus hijos. Nos presenta a una mujer que acepta los errores que cometió con sus hijos, y en ningún momento nos la muestra como una mártir. Es solo una mujer con un cáncer rabioso que la consume, y que ha decidido, por fin, pedir perdón por los daños causados, tratar de morir en paz, y quizás, ser feliz, aunque ya no sirva de mucho. 

Ambos personajes cambian drásticamente a lo largo de la narración, y entre todo ese proceso hay pasajes llenos de crueldad, de arrepentimiento y, sorprendentemente, de ternura. Pero en ningún momento se nos muestra como un drama sensiblero, es tan real como cruel. 

Además, entre los detalles más relevantes, más allá de la historia en sí, se superpone la magnifica prosa con la que está escrito, es de una belleza espectacular, lleno de simbolismo, y narra perfectamente el proceso de deterioro de los cuerpos y las almas con cáncer. 

Debo admitir que he querido ser lo más objetiva posible, tanto con la lectura como al escribir esta nota, y aunque la historia de Aleksy y su madre dista muchísimo de mi propia historia, es inevitable no sentir, por momentos, que lo que leía había pasado realmente en mi vida, y supongo que también en ese punto reside la belleza de la literatura. La lectura es un consuelo necesario, una de las bondades más significativas que tienen las letras. 

Y es que también mi madre vivió un verano en el que tuvo los ojos verdes, pues la paradoja de los enfermos con cáncer reside en la necesidad de vivir sus últimos días como no pudieron vivir los años anteriores. Y aunque la enfermedad sea una mierda, la mierda más grande de todas las que existen, al menos te da un intervalo de tiempo para despedirte, obviamente no son días muy bonitos, pero el vínculo que se crea mediante la enfermedad avanza es también lo que sostiene a los que quedan medio vivos después. 

Al igual que la madre de Aleksy, durante las últimas semanas los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos, también había muchos dolores, temblores y despedidas en silencio, supongo que muchas familias que van por el mundo con la sombra de la pérdida, conocen la sensación extraña de saber que alguien que se supone estará ahí por mucho tiempo se va desvaneciendo día a día, consumida por algo que se creó de sus propias células, por la traición misma de su cuerpo. 

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una lectura fascinante, que probablemente no deja indemne a ninguno, independientemente de las vivencias personales, es un reflejo de lo que la enfermedad y el perdón pueden hacer en el ser humano, un relato maravilloso. 

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«Mi madre me llevó al campo de girasoles para anunciarme que se estaba muriendo. “Tengo cáncer, Aleksy, un cáncer maligno y rabioso”, me dijo, y el día empezó a coagularse en ese mismo segundo. 

Su sonrisa de tallos rotos. 

El verde escurrido de sus ojos. 

Su blanco de nimbo herido». 

(Fotografía de cabecera tomada del blog: Dreamer and Reader)

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