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Lo que nos puede enseñar «El Principito» a nosotros los adultos

Lo que nos puede enseñar «El Principito» a nosotros los adultos

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Tengo dudas sobre cómo empezar este escrito. No sé si podría llamarle reseña, pero, más allá del calificativo, quiero compartir mi punto de vista sobre esta obra, hoy, a mis 20 años, que he vuelto a leerla. Trataré de dividir en cuatro partes mi opinión: a) una breve crítica a una idea del libro; b) lo que enseña sobre amar en la pareja; c) lo que enseña sobre amar en la amistad y la verdadera significación de los otros para nosotros; y d) la evidencia de que el sistema traga a las personas.

¿Realmente los niños ven más allá que los adultos?

Antoine nos muestra —desde el principio de su libro— que, para él, lo niños tienen un mayor alcance imaginativo que los adultos; porque los adultos no pueden ver más allá de lo que se presenta a los ojos. El ejemplo que el autor nos muestra es que él, de pequeño, dibujó una serpiente que se había tragado a un elefante, y los adultos pensaban que era un sombrero (p. 6).

«Las personas mayores son incapaces de comprender algo por sí solas y es muy fastidioso para los niños darles explicaciones una y otra vez».

(p. 7)

Hay dos cuestiones aquí que se tocan: por un lado, psicológicamente, los niños son muy concretos; esto quiere decir que les cuesta imaginar cosas más allá de lo que está presente y del mundo físico: si ven algo con figura de sombrero y conocen qué es un sombrero, supondrán que lo que ven es un sombrero, no una serpiente que se ha tragado a un elefante. Por tanto, resulta difícil imaginar que los niños, en algo concreto (el dibujo, por ejemplo), vean algo más allá.

Por otra parte, creo, por ejemplo, que, si el dibujo, como es en el caso del libro, proviene del mismo niño, sí que es posible que, dentro de sus conocimientos adquiridos y bajo los recursos mentales y representacionales que éste tiene, llegue, en cierta edad, a ver en algo que parece una cosa concreta (un sombrero) algo distinto (una serpiente que se ha tragado un elefante), ya que el dibujo no empezó con la concreción que simboliza en el mundo físico, sino en la imaginación del niño dibujante. O sea: la representación que un niño podría tener, bajo sus recursos, de un elefante adentro de una serpiente, es parecida a un sombrero, porque no entienden que —a menos que se trate de alguna serpiente gigantesca, de la cual yo desconozco su existencia— una serpiente, dudosamente va a engullir a un elefante; pero si nos ponemos imaginativos, ciertamente podría verse tal como en el dibujo del libro.

Esto puede verse, por ejemplo, cuando los niños hacen pruebas psicológicas que incluyen dibujar figuras: muchos de ellos les dibujan otros elementos para darles sentido —a mí me tocó pasar una prueba a un niño que, al final, en ciertas partes, a las figuras las dotó de caras, brazos y piernas—. Así, creo que podría afirmarse que, en ciertos casos, los niños sí pueden ver más allá que los adultos, porque no entienden de ciertos principios que nosotros sí, y tienen ciertos recursos que los hacen entender de distinta forma las cosas; pero también pueden no ver cosas que nosotros sí, por su misma concreción.

La filosofía del amor en la pareja

Antoine nos muestra, desde el inicio —y tal como lo comentaba un catedrático, que es mi sensei, aunque él no lo sabe— una profunda reflexión filosófica sobre el amor. Esta clase de reflexión es alcanzable solo por los adultos que lean con consciencia y crítica el libro, no por los niños. Yo creo que este libro puede leerse a cualquier edad —imagino que por eso se le considera un libro “infantil” —, pero dependiendo de la edad, así serán las significaciones que la lectura tendrá.

Aclaro que no me voy a meter en cuestiones de relaciones disfuncionales y tampoco pretendo —como vi una vez en Twitter— romantizar la relación que nos expone el libro. Mi objetivo va por otro lado. Trataré de hacer el “análisis” de esta parte de forma “lineal”, según se avanza en la lectura.

El Principito le pidió a Antoine dibujarle un cordero que quería llevarse a su planeta (el Asteroide 3251). Se entiende que sus razones existían dado que su minúsculo planeta estaba infestado de semillas de árboles gigantes que podían destrozarlo, y el cordero le ayudaría a acabar con ellos. Sin embargo, El Principito también se preocupaba porque el cordero podía destruir algo muy preciado para él: una rosa que de repente un día nació; y con esto nos adentramos al análisis de la filosofía del amor y lo que el libro nos enseña.

«¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Ella perfumaba e iluminaba mi vida! ¡No debí haber huido! ¡No supe reconocer la ternura detrás sus pobres astucias! (…) Y… yo era demasiado joven para saber amarla».

(p. 36)

Contradictoriamente, uno puede ser El Principito que ama a la rosa, y también el cordero que la destroza. Lo primero que este libro nos enseña es a cuidar los actos propios con la pareja. Muchas veces uno puede decir, y de verdad sentir, que ama a una persona, pero los comportamientos no se corresponden, y es allí donde uno daña —por eso uno puede ser Principito y cordero—. Todos tenemos fantasmas del pasado que nos aquejan en el comportamiento futuro, y son pensamientos y sentimientos inconscientes que nos afectan sobremanera en el presente. Uno no siempre quiere hacer lo que hace, y a veces hace cosas que se sabe que no están del todo bien, pero hay algo dentro que nos mueve a ello.

Hay experiencias dolorosas en el pasado que, si no nos damos el tiempo de perdonarnos por haberlas hecho, o perdonar a los otros por habernos dañado, todo eso nos acompañará en el futuro e, inconscientemente, nos hará actuar de formas que no queremos, y seguramente acabaremos dañado a alguien. Por eso es importante que todos nos tomemos el tiempo no solo de pensar en los actos que se hacen con otros, sino de pensar por qué se actúa como se actúa en el presente; porque puede que un día sea demasiado tarde…

Lo anterior no solo queda en el papel de El Principito, sino también en el de la rosa. Uno también puede ser la rosa vanidosa. Lo que se nos expone es una relación con fallas comunicacionales, donde el comportamiento no se corresponde con los afectos y el sentimiento de amar. En fin, es una falla de actitudes (ya que están compuestas por pensamientos, sentimientos y comportamiento) en el plano de las modalidades de comunicación (semiótica, lingüística y comunicación —distinta de la comunicación en general—. No me extenderé en esto porque no es lugar).

La rosa no supo comunicar su amor: lo hizo en actos simbólicos, como el de perfumar el planeta de El Principito, más no en palabras (pesan y también pueden doler); y allí, entonces, había un conflicto en los elementos de la actitud que repercutían en lo que se comunicaba. El Principito no supo entender lo que le quería comunicar su rosa y él, por ello, no supo tampoco comunicarle su amor; no supo demostrarle que la amaba ni entender que ella lo amaba a él, y por eso huyó. Así, hay que entender la importancia que tiene la comunicación en las relaciones, y su correspondencia coherente y lógica con los elementos actitudinales que entran en juego siempre.

Cuando El Principito partió creí que se trataba de un proceso de duelo simbólico el haber ido a tantos lugares. Pensé que cada planeta que visitó significaba una etapa de duelo. Pero no es eso. Realmente —para mí—, lo que él hizo fue algo que todos deberíamos hacer muchas veces en la vida: introspección (analizarnos profundamente y entendernos, para luego perdonarnos, perdonar a otros, controlarnos y ser mejores).

La partida de El Principito a los planetas significa la autoexploración y reflexión simbólica acerca de las cosas que uno hace mal, de las cosas que determinan malos comportamientos que, al final, llevan a acabar una relación. En cada planeta, El Principito se da cuenta de cosas que “los adultos”, en sus cosas “serias” hacen, lo cual los desvía de la visión de lo que el autor califica como “esencial” —tengo mis reservas en la cuestión de la esencia, pero este escrito no es lugar para tratarlas.

«Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos».

(p. 84)

En el primer planeta, El Principito conoce a un monarca absoluto. Esto nos recuerda que muchas veces, consciente o inconscientemente, esperamos tener un control absoluto sobre el otro; prácticamente reinar y juzgar los actos del otro. Este comportamiento está muy arraigado al machismo y por eso suele darse más con hombres, donde es él quien suele “poseer” y colonizar a su pareja a través del ejercicio de su poder que, cultural y socialmente, por ser hombre, se cree con el derecho de hacerlo.

En el segundo planeta, El Principito conoce a un hombre egocéntrico que todo lo que quiere es admiración. Así, muchas veces nosotros podemos caer en el error de buscar adulación por parte de la pareja. No es que esté mal admirar a la pareja o querer que nos admire por nuestros logros; pero el punto central no es ese; sino amar. Cuando se pierde de vista el amor y el mutuo crecimiento y se recae en una relación de adulador-adulado (por lo que sea), el adulado puede llegar a sentirse tan importante que deja de lado amar; y el adulador, por demostrar su amor, más adula; pero menos recibe…

En el tercer planeta, El Principito conoce a un bebedor. Puede interpretarse de dos formas: tanto estando con la pareja, como después. Me centraré en la primera: suele ser común que muchos hombres —y lo digo por puro empirismo— suelen ser bebedores acérrimos; y por eso descuidan a la pareja e incluso la dañan gravemente. Poco más tengo que decir sobre esto, porque todos lo saben.

En el cuarto planeta, El Principito conoce a un hombre de negocios. La cuestión aquí está en que el trabajo, muchas veces —o incluso los estudios— nos hacen desviar la atención de lo importante en las relaciones de pareja. Un reflejo de esto puede ser en las películas: nos retratan fielmente cómo muchas veces las exigencias laborales llegan a niveles tan altos que nos consumen el tiempo con la pareja; y es allí donde la relación va en detrimento. Lo mismo pasa con los estudios: me he dado cuenta de cómo la carga académica puede llegar a hacer que el tiempo que se le da a la pareja sea mínimo y de mala calidad, encima.

En el quinto planeta, El Principito conoce a un farolero, cuya tarea es encender el farol al llegar la noche. Lo importante aquí es que el farolero es útil y tiene razón de ser lo que es, por la “necesidad” que cubre: no actúa para sí, sino en pro de algo afuera de él: o sea, no hay egocentrismo en su actuar, sino un compromiso de ser útil en algo que su mundo necesita. Esto puede interpretarse como el hecho positivo de ver afuera de nosotros, no solo hacia adentro. No se trata de dejar de lado el amor propio, sino de fijarnos en que, así como nos dan amor, también tenemos que dar y ser útiles y de provecho para los otros.

En el sexto planeta, El Principito conoce a un geógrafo. Aunque era geógrafo, no exploraba su planeta porque era demasiado importante “para eso”. Su tarea era enviar exploradores y determinar la fidelidad de sus descubrimientos para luego plasmarlos en libros. Lo importante que hay que rescatar aquí es que, muchas veces, pensamos que lo que hacemos es importante, cuando, de fondo, es algo superfluo. Este error creo que suele ser muy común y se da cuando pensamos que “todo está bien”. Muchas veces las personas no demostramos realmente lo que sentimos, lo hacemos de forma muy superficial y, al final, resulta que son muestras ínfimas de amor. Pensamos que lo que hacemos es importante, grande, y que vale, pero realmente nos quedamos en un plano superficial.

Finalmente, El Principito cae en la tierra. Aquí se da cuenta de cómo son los hombres. Esta parte puede verse como un culmen de todas las epifanías anteriores: hay millones de personas; todos se creen demasiado importantes; todos están solos bajo su egocentrismo, por lo que no queda más que el propio eco; todos se creen únicos e indispensables, tanto con lo que son como con lo que tienen, cuando hay muchos que comporten características y posesiones; y una gran parte está descontenta con lo que es y con lo que tiene. No concluiré nada aquí: todo está dicho.

Como puede verse, todo lo que le sucede al Principito puede interpretarse como introspección del mismo autor, plasmada de manera simbólica; y la enseñanza que nos deja es profunda, y sirve para estar pendientes de nuestras acciones, evidenciar signos negativos en otros y en uno mismo, y, sobre todo, tener la consciencia de lo que se hace y por qué se hace.

La filosofía del amor en la amistad y la significación de los otros

«–¡Sí!, verás –dijo el zorro–. Tú eres para mí, sólo un muchachito igual a otros y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro como otro zorro cualquiera. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, como también yo lo seré para ti…».

(p. 79)

Cuando El Principito llega a la Tierra, conoce a un zorro. Con este tiene una breve pero muy profunda e interesante plática que nos catapulta a una reflexión clara: en este mundo somos millones de personas; todos nos creemos más importantes de lo que somos. Si morimos, a nivel universal, ¿qué importancia tiene? Solo volveremos a la tierra, todos nuestros átomos, a la tierra. Es más, la misma Tierra, ¿qué importancia tiene en el azar del universo? Con o sin Tierra, el universo seguiría su curso. Nuestro planeta no tiene más importancia que la que nosotros le damos; y nosotros no tenemos más importancia que la que nos dan los otros: y ese es el punto.

Metafóricamente, cuando nos “domesticamos” en amistad, no es nada más y nada menos que el proceso mediante el cual se crea un vínculo afectivo con alguien, por el cual la persona con que se ha creado dicho vínculo, adquiere una significación para nosotros: deja de tener valor nulo y se convierte en alguien importante. Es así como, en la amistad y en el amor de la misma, para poder amar y ser útiles y crecer con los otros, es necesario crear vínculos reales, sinceros y sin miedo con los otros; y ser capaces de sentir que esa persona que, a nivel universal e incluso biológico, no es importante, es única e importantísima para nosotros. Podemos decir que, en eso, reside la esencia del amor.

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«–Empiezo a entender –dijo el principito–. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…».

(p. 79)

Claro, la creación de dicho vínculo no se da solo en la amistad; sino también en las parejas; ¡pero es necesario ser amigos antes, para ser pareja después! Una buena relación de amigos seguramente llevaría a una buena relación de pareja. Por ejemplo, la rosa y El Principito crearon un vínculo, pero quizás se conocieron bien poco —por lo que ya tratamos arriba—. La cuestión está en no cometer esos errores y crear un vínculo sano y con amor en la amistad, y que venga lo que venga después.

El sistema traga a las personas

Podemos concluir, a raíz de todo lo tratado, que el sistema —macro, compuesto de diversos sistemas, micro— nos determina. No solo el sistema presente —relativo a los sistemas de relaciones interpersonales, intergrupales, económicas, políticas, biológicas, físicas, químicas, temporales, etc.— nos determina, sino también el sistema de nuestro pasado. Pero, al final, es toda la sociedad en cuanto sistema la que engloba estos hechos y la que puede hacernos perder de vista “lo esencial” —a través de nuestro desarrollo histórico— que solo se alcanza a ver “con el corazón”.

Es tarea de todos aprender a ver estas sutilezas en la vida propia y en las relaciones con los otros. No se trata, por cierto, de dejar a los otros si creemos que las cosas no están bien, a menos que de verdad no haya esperanza justificadamente y que se evidencie una nula disposición al cambio por parte de los otros y aun de nosotros. Yo creo que todos somos capaces de cambiar y ser mejores, con consciencia. Simplemente, a veces, la gente necesita ayuda; y otras, orientación —así como reconocer un problema en alguien y aconsejarle ir terapia psicológica, porque muchas veces son cuestiones con las que la propia pareja no puede ayudar, y se hace perentoria la ayuda profesional.

Y no quiero ser malinterpretado: no se trata de aguantar solo por esperanza; se trata de evaluar críticamente las posibilidades que hay en las relaciones de cambio y los compromisos propios y de los otros para llevarlo a cabo. Como dijo mi catedrático favorito —el que mencioné al principio—: «Como psicólogo, yo creo en el potencial de cambio en todos, independientemente de la edad.»

Solo quiero recomendar, pues, que quien me lea, lea también El Principito críticamente; que saque provecho de su lectura. Yo creo que es un libro muy bonito que puede ayudarnos a reflexionar acerca de nosotros mismos y a recordar cosas que, en la vida adulta y “seria”, solemos olvidar. Como leí por allí, es un libro que todos deberíamos leer cada vez que inicia un nuevo año, como mínimo.

Referencias

La lectura: de Saint-Exupéry, A. (s. f.). El Principito. México: Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE. Recuperado de http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/Colecciones/ObrasClasicas/_docs/ElPrincipito.pdf.

Concreción en niños: Martorell, G. y Papalia, D. E. (2017). Desarrollo humano. México: McGraw-Hill.

Inconsciencia y sus afectaciones comportamentales: Henríquez, J. L. (2019). Lecturas de psicología del comportamiento anormal. El Salvador: UCA Editores.

Actitudes: Martín-Baró, I. (1990). Acción e ideología. Psicología Social desde Centroamérica. El Salvador: UCA Editores.

Comunicación, modalidades de la comunicación, sistemas: Winkin, Y. (1994). La nueva comunicación. España: Editorial Kairós.

Machismo: Martín-Baró, I. (1968). El complejo de macho o el “machismo”. ECA, 23(235), 38-42. Recuperado de http://www.uca.edu.sv/coleccion-digital-IMB/articulo/el-complejo-de-macho-o-el-machismo/.

Ejercicio de poder: Ávila-Fuenmayor, F. (2006). El concepto de poder en Michel Foucault. TELOS, 8(2), 215-234. Recuperado de https://www.redalyc.org/pdf/993/99318557005.pdf.

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