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Cuando el barrio se vuelve fino

Cuando el barrio se vuelve fino

En su libro Distinción: Criterio y bases sociales del gusto (1979), el sociólogo Pierre Bourdieu habla sobre el origen del gusto. Armado de estudios empíricos, Bourdieu nos explica la relación entre gustos y clase social. Nos dice que más que un estándar objetivo y medible, el llamado buen gusto es una compleja y cambiante relación social.

Nos presenta el concepto de capital cultural, es decir, las formas cómo nos expresamos y relacionamos: modales, códigos de vestimenta, formas de hablar, etc. Cuando escuchamos que el dinero no compra la clase, se está hablando de capital cultural; ese algo que no se puede conseguir con dinero o educación ya que, para ser válido, debe ser heredado.

La relación del gusto con la educación formal es complicada. Por un lado, se supone que el gusto no es racional sino espontáneo. Los que se consideran jueces del buen gusto (evocando a Anna Wintour o Karl Lagerfeld) no es porque hayan leído muchos libros de estética, sino porque creen tener clase. Por el otro lado, esperan que la academia legitime sus gustos como objetivamente superiores. El clasismo (como el racismo o sexismo) se basa en naturalizar y justificar diferencias sociales.

Históricamente, la cultura “baja” (cine, televisión, jazz, ciencia ficción, cómics), comienza siendo mal vista y poco a poco se comienza a ser apropiada por las clases altas.  A esto lo acompaña un proceso académico de legitimación, donde se determinan los estándares “objetivos” para juzgarla. Pero lo que Bourdieu no pudo haber predicho es lo rápidos que serían estos cambios con el internet y la difusión cultural masiva.

Tomemos por ejemplo el reguetón. En los noventa y dosmil comienza a entrar al imaginario de las clases medias y altas, donde es rechazado por su naturaleza sensual y popular. Se construyen argumentos académicos para deslegitimarlo, desde la teoría musical (es pobre, simple, repetitivo) hasta el feminismo (es misógino, vulgar, violento). Por supuesto aunque son ciertas, ninguna de estas razones va a la raíz del rechazo: la necesidad de distinguir y excluir clases sociales.

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En los últimos años, estos argumento se escuchan menos. Quienes aún lo dicen suelen ser personas que ven su identidad moral o cultural desplazada y amenazada. Pero incluso entre quienes aceptan el reguetón se escuchan reservas: “sé que es malo, pero me gusta”, “me gusta bailarlo pero no lo escucharía solo”. Esto nos habla de una transición, donde el reguetón ya no es terreno de “gatos”, pero tampoco está cien por ciento legitimado como forma de arte.

Junto con la apropiación, viene la sanitización. El género ha cambiado tanto que ahora llamamos Reguetón Viejito a aquella combinación poco producida de rap con reggae que nació en los barrios de Puerto Rico. Para que las clases medias lo digieran mejor, se ha tenido que refinar lírica y musicalmente; se ha tenido que whitewashear para darle el alcance de la música pop en un mercado global. Y, aunque si bien es cierto que todavía hablan de sexo, alcohol y opulencia, estos temas dejaron de ser subversivos en el momento que el mercado se dio cuenta lo bien que vendían.
Es difícil decir cuál será el destino del reguetón. Hay una necesidad de mantenerse relevante y mucho dinero para hacerlo. Hay colaboraciones estelares y guiños a ese reguetón de antes al que tanto se le debe. Hay, debe decirse, experimentos interesantes para ser algo más que un fenómeno comercial. Pero hay algo que el reguetón ya no es: una expresión espontánea de clase trabajadora. Por más hashtags y estética de gángster, no hay vuelta atrás a un tiempo donde el reguetón fascinaba e incomodaba al “buen gusto”. Hoy por hoy, solo nos queda esperar que el futuro del género quede en manos de artistas sinceros y no de disqueras sin alma.

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