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Crónicas de un diabético en cuarentena

Crónicas de un diabético en cuarentena

Tuve 109 días de cuarentena domiciliar.

Desde el 28 de febrero he tenido un contacto casi nulo con el mundo exterior a más de quinientos metros de mi casa. A lo mucho he salido unas cinco veces, solo saliendo a la tienda, a la farmacia o la panadería, algunos días a la tortillería. Actualmente tengo 20 años, de los cuales trece he convivido con diabetes y eso convierte al COVID–19 en una amenaza latente para mi vida y un mal que tengo que mantener lo más lejos de mí.

La gente promedio tuvo 92 días de cuarentena y, en un momento donde ancianos y niños no debían salir y todos tenía que portar mascarilla al salir, he notado que casi no se toman estas medidas. Como alguien que es parte de la población vulnerable al COVID–19, no pude evitar colocar todas mis observaciones en esta crónica.

En cierta ocasión fui a la tienda y había un hombre que tocó todas las bolsas de pan dulce para llevar únicamente una. Tomando como base los nexos epidemiológicos, fácilmente cualquier empaque de pan dulce podía quedar con el virus, si es que este hombre había tenido contacto con algún infectado.

Posterior a la compra de ese hombre llegó una mujer con dos niños de unos tres y cinco años respectivamente. Los niños iban sin mascarilla y no andaban nada que les pudiera proteger los pies; el niño más pequeño comenzó a lamer el borde de la mesa del pan dulce, sin que la madre dijera nada. Otra de las fallas que he encontrado entre los padres de familia es que muchos de ellos dejan salir a sus hijos sin camisa, ¿de qué vale la mascarilla si no usan camisa y mucho menos sandalias o zapatos?

Durante los primeros días de cuarentena domiciliar obligatoria la limpieza fue una tendencia entre todos los lugares. Habían cercos sanitarios en la entrada de los pasajes, te rociaban líquido sanitizador, pero poco a poco eso fue desapareciendo y los rociadores solo fueron parte de una historia que causó impacto en las personas que lo pasaron, porque tenía sus opiniones a favor y en contra.

El COVID–19 pasó a ser un virus al que ya nadie teme.

Muchos ancianos salen porque es su forma de sustento y no todos pueden recibir ayuda. Sin embargo, hay otros que salen porque ese es su deseo, en este tiempo he podido ver que hay gente que sale con dos niños y un anciano para hacer compras que solo una persona puede hacer. También hay personas que aprovechan tener un carné que certifica que son personas de primera línea, pero no están trabajando, solo es una excusa para poder salir todos los días, sin saber si pueden portar el virus.

Por parte de la alcaldía de Apopa, el servicio de recolección de basura ocurre en un período de dos semanas por cada recolección. Algunas personas deciden trabajar recolectando la basura de los vecinos y llevándola al basurero; otros deciden realizar mandados para personas que son de la población en riesgo, pero no toman medidas de protección al momento de hacerlo.

Realizando un cálculo más o menor preciso, hay un aproximado de 120 personas viviendo en un mismo pasaje. De esa cantidad de personas salen unas cincuenta personas por día para estar en el pasaje conversando, vendiendo o jugando. Algunas de las personas que se concentran para estar fuera están fumando o tomando cerveza. La mayoría de personas no mantienen el distanciamiento social, a pesar de que todos tienen en casa a una persona mayor de sesenta años.

La falta de empleos ha hecho que muchos decidan iniciar un emprendimiento, algunos de ellos han comenzado a vender platillos típicos: pasteles rellenos de vegetales, empanadas, nuégados, yuca, chilate o pupusas. El único problema es que no existe el uso de mascarilla entre las personas que los hacen y, parece ser, que es algo que no importa mucho. Así mismo, una de las recomendaciones del presidente fue no hacer visitas a otras personas y es algo que no se ha cumplido.

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En lo que va de cuarentena han celebrado dos cumpleaños y los niños andan corriendo, saltando o manejando bicicleta sin el uso de mascarilla, en medio de un ambiente contaminado por el humo del cigarrillo que, según dicen algunos, afecta más a quienes rodean al fumador, que a quien está fumando. Cerca de este pasaje se encuentra una Unidad Clínica de Salud Familiar, donde muchas de las enfermeras han resultado contagiadas de COVID-19. En la misma zona está ubicado un comedor en el que, según la propietaria, muchos policías han llegado infectados con el virus.

Dentro del manejo de la información, el canal de la Asamblea Legislativa se ha encargado de informar mucho mejor las medidas de prevención que el Gobierno. Puede ser que el parlamento esté jugando con la salud del pueblo, pero sus medios de comunicación han explicado muy bien sobre medidas de prevención y contención del virus y, aunque han discutido el tema de la curva, no han aclarado si dicha curva ya ha sido sobrepasada o no.

Esa incertidumbre hace que muchos no le tomen importancia a las medidas de sanitización, mientras que doctores y enfermeras revelan que el Hospital Zacamil y el Hospital Rosales están colapsados y no pueden atender a más población. Dentro de esa incredulidad hay muchos ancianos que evaden el uso de mascarilla y salen a caminar, aunque se les dificulte.

Muchos esperan una reapertura económica para dar solución a los problemas, medida a la que se oponen los miembros del Ejecutivo, pero que, desde la perspectiva de algunos microempresarios, es algo necesario. Lo peor de todo es que los adeptos al gobierno insultan a los diputados por no estar del lado del pueblo, pero salen de casa y no toman las medidas necesarias para no ser contagiados. Cualquiera puede dar una orden; sin embargo, depende de la población salvadoreña darle cumplimiento para que estemos bien.

Autor: Alejandro Alonzo. Estudiante de Licenciatura en Ciencias de la Educación. Autor del blog Ensayos de Alejandro.

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