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Un nuevo blues en Folsom

Un nuevo blues en Folsom

Tigres del Norte en Folsom.

Este año nos ha dado grandes documentales, pero uno que resalta por su coraje y sensibilidad es Los Tigres del Norte: At Folsom Prison. Este concierto en vivo pertenece a una noble y controversial tradición que incluye obras como The Longest Yard (1974, 2005), The Shawshank Redemption (1994) y Orange is the New Black (2013): la de humanizar a los prisioneros.

Inside the Walls of Folsom Prison (1951) es nuestro punto de partida. En 1953, mientras servía en las Fuerzas Armadas, Johnny Cash vio esta película que lo inspiró a escribir una canción sobre la vida en prisión. Cash volvería a visitar Folsom en 1968, esta vez en vivo, para ofrecer un concierto a sus reclusos. 

Hoy, más de 50 años después, los Tigres del Norte visitan un Folsom más latino pero igual de oscuro. Se ocurren pocos artistas más indicados para retomar este legado; el Norteño de Los Tigres, como el Country de Cash, es música por y para las clases trabajadoras rurales. Ambos le cantan a Dios y al amor, y a lo dura que es la vida de sus paisanos: una intersección entre pobreza, drogas y violencia.

La radicalidad de At Folsom Prison está en dar voz a quienes cayeron en las grietas del sistema, a los hijos de infancias rotas y un Estado que no estuvo ahí para ellos. Hoy (quizás hoy más que nunca), esto es algo que incomoda mucho. Queremos olvidarnos de quienes se cayeron y la única forma de hacerlo es si son abstracciones estereotipadas en lugar de rostros con historias.

Aquí nos vemos obligados a conocer su realidad, a escuchar sus historias que hacen eco en las canciones de Cash y Los Tigres. Nos cuentan cuánto extrañan a sus familias, o, en el caso del recluso Javier Domínguez, cómo la pandilla se vuelve el reemplazo de una familia ausente. Son miles de historias con la pobreza como raíz, todas resonando con la dimensión de clase social siempre presente en Cash y Los Tigres.

¿Significa que el crimen no debe pagar? No, significa que las cosas nunca son tan simples. No hay que olvidar que varios, como Melchor Juárez, probablemente son inocentes pero la pobreza y el color de piel a veces son castigados como si fueran delitos. Otros de ellos, la mayoría, son culpables, y el documental es claro al respecto. Vemos a personas al margen del sistema (“toda la vida he vivido en las sombras”, dice Lorena Mendoza), seres humanos que cometieron errores pero asumen completa responsabilidad de ellos (“…de saber por qué hice ese crimen”, dice Manuel Mena). Mucho podemos aprender nosotros de ellos.

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Ojalá fuera tan fácil como declararnos buenos o malos, ignorando todo el gris que hay en medio. La realidad es que a veces todo se reduce a una mala decisión, o simplemente a mejor o peor suerte. El truco para no afrontar esa compleja y traumática verdad es no ver a quienes la encarnan, invisibilizarlos en el sentido más literal de la palabra. Pero nuestra tranquilidad viene al precio de perpetuar el sistema de marginación que alimenta las cárceles del mundo. Crystal de León nos dice cómo, mientras destruía su vida, jamás fue vista por nadie y que ser tratada como persona cambió para siempre su vida. “Nadie me pregunta cómo me siento”, nos recuerda el convicto en la canción de Cash.

Esta invisibilización da a luz a los peores abusos posibles; desde la explotación de prisioneros hasta el atropello a sus derechos humanos en nombre de la politiquería. No es coincidencia que muchos reclusos, al igual que Cash y Los Tigres, sean religiosos. El concepto (profundamente cristiano) de gracia divina implica que cada persona, por virtud de serlo, recibe un amor y misericordia infinitos que no merece. At Folsom Prison tiene mucho que enseñarnos sobre la gracia, sobre todo a aquellos cristianos que la han olvidado.

Algunos presos no merecen estarlo; muchos otros sí, pero hasta ellos merecen la oportunidad de ser mejores. Los reclusos de Folsom nos cuentan cómo los programas que les ofrece la prisión los han hecho reflexionar sobre sus errores, aprender nuevas habilidades y crecer como personas. Solo desde esta posición podemos tocar el difícil tema de la reinserción. Lo que está en juego es la empatía, el humanismo, la propia noción de justicia rehabilitativa. Al otro lado encontramos la sed de venganza, el disfrute sádico de ver sufrir a quien causó dolor. Es por supuesto el camino fácil, el atajo que no funciona y que nunca nos llevará a la paz.

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