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Los troles prestigiosos de Twitter

Los troles prestigiosos de Twitter

Troles de Twitter. VoxBox.


Había quedado con VoxBox de que mis colaboraciones iban a consistir en ensayos informales, teniendo la libertad de elegir el tema. Estos bichos me regañaron —pajas, se les aprecia— porque mi estilo era demasiado apegado a los estándares de la universidad, y no al estilo de la revista, ni al mensaje que se quiere enviar —tenían y tienen toda la razón—. Aun así, ya me publicaron un escrito más o menos de ese estilo.

Como sea, a mí me encanta escribir, y como estoy acostumbrado a escribir sobre no-ficción solo para la universidad, y como nos meten y meten con el formato, las citas y referencias aquí y allá, ciertamente, me ha sido relativamente complicado mejorar en ese aspecto.

Pero como bien dicen, «todo a su tiempo»: esta noche (7 de julio) ha sido el mío. Esta noche más que nunca me ha valido madre el estilo académico pretencioso y siempre «correcto» y serio, que carga con la falacia de «prestigio», «poder» y «autoridad». No, no niego que en muchas áreas y temas sea necesario para abordarlos; pero para este caso sobra; y es por eso que lo califico así —a pesar de que, he de aceptarlo, me gusta—.

A lo que voy: esta noche me emputé. Y desde ya aclaro que no voy a mencionar nombres ni cuentas, pues esto pasó en Twitter. Mencionaré el hecho y que se dé por aludido quien quiera y que me responda quien quiera si quiere; yo no descalificaré a nadie como ustedes lo han hecho. Y sí, me referiré a «ustedes» muchas veces, porque ustedes saben quiénes son.

Hace un par de horas me di cuenta que un bicho —me referiré a él como «bicho», sin connotación negativa: un bicho igual a mí y ya—, entre los 20 y 25, subió a Twitter una foto donde decía que era la primera vez que visitaba el palacio nacional, y le agradecía de manera efusiva a Bukele, adjudicándole a él —ya que en su administración se restauró la parte donde se ubica el palacio— el hecho de que pudiera estar allí.

Hasta allí todo normal. Pero algo me pareció repugnante: salieron un montón de periodistas y neoizquierdistas —y mira que yo me considero, al menos para el análisis social, de corte filosófico marxista; no así en la economía; de la que poco sé, por cierto— a descalificarlo. Le dijeron «niño de papi», que a saber en qué país vivía, que si era la primera vez que salía de su colonia con vigilantes, que si los millenials descubren el centro, que si andaba buscando y lambisconeando seguidores de manera fácil, porque se veía que «le hacían falta» —solo como acotación: qué ideología tan en clave de acumulación—, etc.

Antes de proseguir, quiero decir una cosa: este escrito no es para defender ni para promocionar a Bukele: no es santo de mi devoción y hay un montón de cosas en las que no estoy de acuerdo con él. Tampoco es para defender al bicho al que me refiero de forma especial; ni para validar su opinión. Este escrito es para dar mi punto de vista y para hacer una defensa a los jóvenes, como yo; y también para defender la percepción social, libre e individual que todos pueden tener, bajo el lente de mi propia experiencia.

Primero: si no les gusta Bukele, si les cae mal y aún más: si critican que por dar una opinión en contra de él les caen troles, ¿por qué ustedes, cuando alguien expresa algo con lo que no están de acuerdo, tiene que recurrir a la descalificación? Sé que la descalificación es uno de los componentes culturales en cuanto ideológicos de nuestra sociedad —lastimosamente—, pero por Dios: ustedes están viejos, tienen ya su carrera universitaria y andan con las mismas babosadas que critican.

Y no, no hablo de ser lambiscón ni de aplaudirle a Bukele todo: qué bueno que hay oposición y qué bueno sería si siempre —que no siempre es así— fuera consecuente. La cuestión aquí reside en que «Al César lo que es del César». Independientemente de qué tan de acuerdo esté uno con el diseño de la revitalización de esa parte del centro —hubiera preferido más árboles—, lo que es de reconocerle, en mi opinión, son tres cosas: la perspicacia que tuvo al llegar a acuerdos con la gente que allí vendía; las ganas de hacerlo; haberlo hecho —sumado a que ahora hay horarios más flexibles para visitar el palacio—.

Nada cuesta darle el crédito a alguien cuando hace algo bueno; les caiga o no bien. Eso es madurez. Decir que la gente no está yendo allí por la restauración —que conlleva cierto nivel más de seguridad, ya sea real como perceptivo [1]— ni por los horarios extendidos, solo porque desde hace mucho se ha podido ir, me parece realmente negligente.

Dejando de lado el tema Bukele, voy al tema del bicho: miren, señores, independientemente de que el palacio se haya podido visitar antes o no; independiente de si ustedes lo visitan 4 veces al día o más; independientemente de que nunca les hayan robado; ¿ustedes quiénes son para manejar con ese absolutismo lo que es o no válido, lo que es una verdad y una mentira, lo que es plausible o censurable? Les cito algo que escribí: «si se hace una crítica, pero es una opinión y no una comprobación científica, mejor que sea constructiva o no joder; (…) no hacerse el [los] pseudopsicólogo[s] e inferir lo que otros piensan y sienten».

¿Saben qué estaban haciendo muchos de ustedes con lo que le dijeron al bicho, además de descalificarlo y joderlo solo por las ganas de joderlo? Inferían sus pensamientos (intenciones) y sus sentimientos (la carga emocional de sus intenciones). ¿Quiénes son ustedes para eso? Ni yo, que estudio psicología, ni psicólogos consecuentes, estoy seguro, pueden ponerse a inferir semejantes cuestiones solo por leer un tuit efusivo.

¿Tenía o no razón el bicho con lo que afirmaba y era extrapolable a toda la población? Me vale, y debería de valerles a ustedes. Como dije: no se trata de defender lo que él dijo como punto central. La cuestión aquí reside en que se supone que este país es libre: él no le hacía daño a nadie con su opinión; cada quien puede darle las connotaciones y denotaciones que desee a lo que dice; tener una percepción personal de las cosas; y sentirse como sea que se desee al respecto de lo que sea. En este país las opiniones no están coartadas. Ustedes no son nadie para adjudicarse la tarea de ser jueces de las palabras de nadie; y menos cuando no los han mencionado ni los están molestando. Respeten las diferencias individuales y estudien algo de constructivismo: les vendría bien para entender por qué muchas veces hay cosas que la gente las entiende distinto a ustedes: respeten eso.

Los felicito por tener tanta calle [2], señores, de verdad. Fíjense que yo soy como ese bicho: para ustedes, yo no tengo calle; porque soy un «niño de papi», porque yo, con 19 años, visité por primera vez esa parte del centro. Y les digo una cosa desde ya: soy de clase media y muchas veces he estado fluctuando en la media-baja; mis papás a veces comen miserias con tal de darnos de comer a mí y a mi hermano; salí de un colegio donde a todos nos daban beca; ando en bus todos los días y cuento mi dinero para saber cuánto puedo gastar y así tener para cubrir mis necesidades diarias, y un largo etc., que por pudor y decoro no menciono. ¿Vivo muy mal y estoy en calamidad? No, pero créanme, no la tengo fácil tampoco. Y no, no me estoy victimizando —aunque victimológica y psicosocialmente sí soy víctima, así como mi familia y muchas otras familias, de un sistema injusto y opresivo, pero esa es otra cosa—. En fin: no, no soy rico; no, no soy niño de papi; y sí, no había ido al centro hasta los 19.

¿Por qué nunca había ido antes? Porque mis papás no habían querido llevarme allí; porque me decían que era peligroso; porque mi grupo etario es vulnerable; y porque, aun cuando empecé a andar solo por las calles y moviéndome en transporte público, me daba miedo.

Ustedes, señores, ya viejos, lo tienen bien chivo: difícilmente se configuran como blanco de delincuencia porque su configuración psicosocial y la percepción social que dan, permeada y determinada por la ideología adultocentrista —acoto: desde la adultez media, según mi experiencia—, entre otros factores, no les afecta tanto como a nosotros. Somos la mayoría de la población, y nosotros podemos ser los más afectados en esos entornos. Nosotros somos una de poblaciones más vulnerables —aunados a dicha vulnerabilidad y no mutuamente excluyentes los grupos de mujeres, menores de edad y adolescentes—: en esos lugares somos carne fresca. ¿No me creen? Les recomiendo leer este artículo científico sobre la juventud en El Salvador y la significación social que poseemos.

Independientemente de la posición social del bicho al que aquí me refiero, es normal y esperable que no haya ido antes porque le daba miedo; porque no lo percibía como un lugar seguro; porque se sentía vulnerable; y no es su culpa. Y es normal que ahora ya no lo perciba como un lugar inseguro —sea eso una verdad universal o no, dado el desarrollo histórico y psicosocial de los hechos actuales—.

Y les digo más: hasta este año, que he empezado a salir en la noche de clases y que regreso en transporte privado a mi casa, dejé de pasar a un costado del palacio por las tardes todos los días cuando regresaba de la universidad. A mí me daba miedo el lugar, bajarme, y no tengo vergüenza de aceptarlo. El lugar se veía ciertamente peligroso; a veces habían patrullas y soldados por allí: no creo que por seguro anduvieran en esos lugares. Y sí, me da miedo atravesarme todo el centro y venía a veces pensando si algo me iba a pasar en ese microbús, si me bajaban, si me robaban, si me mataban. ¿Era miedo inducido? Quizás. Pero como decía una catedrática mía: el cuerpo no miente, los instintos no mienten, y la activación del sistema nervioso simpático y el disparo de la amígdala no son nimios a los que debe ignorarse. Muchas veces tenía miedo de lo que podía pasarme e iba alerta.

Ver también
Errores políticos. VoxBox.

Por eso, no se trata, señores, de si el lugar es feo o bonito, de si ustedes pueden y han podido transitar allí desde hace poco o mucho sin el mayor miedo. Se trata de una visión holística y sistémica: no es solo ese lugar de forma central, son los alrededores, los medios para llegar a dicho lugar, los acontecimientos azarosos e incontrolables y potencialmente nocivos que pueden pasar y afectarnos en todo ese sistema llamado popularmente «centro de San Salvador». Se trata de no perder las cadenas cognitivas para entender holística y sistémicamente el fenómeno; y ver el todo mayor a la suma de sus partes —tal como nos ilustra la Psicología de la Gestalt—.

Eso es lo que ustedes no entienden, señores. Ustedes, dentro de su adultocentrismo inconsciente, sostienen discursos descalificantes porque, como son tan poco empáticos e individualistas, como dentro de su experiencia las cosas son distintas, ¿cómo van a dar por válida y legítima opiniones distintas a las suyas si sus vivencias son distintas?, peor viniendo de un «bicho».

Qué bien que ustedes han pasado como Pedro por su casa en ese lugar; pero estoy seguro que si se ponen a hacer una investigación cualitativa y cuantitativa hallaran que ustedes no son población representativa y que sus opiniones difieren con las de los demás.

Como conclusión, queridos opinólogos, les hago unas recomendaciones: a) estudien más sobre ciencias sociales para entender por qué no deben ser tan apresurados en descalificar a la gente sin antes tomar en cuenta la mayor parte de variables biopsicosociales, demográficas e históricas que explican su condición y, por tanto, su opinión; así como las condiciones sociales y estructurales generales —estas condiciones igualmente explican las tonterías que pueden llegar a soltar ustedes (la consciencia de los propios actos es de gran valor para no ser erráticos)—; b) si van a opinar en contra de algo, no descalifiquen, que se ven iguales a lo que critican: los troles; c) no desahoguen su odio contra ciertas personas en otros que son más vulnerables y con menos poder que ustedes, ni lleguen todos como lobos a comer de esa carnita; d) dejen de joder.

Referencias

[1] La importancia de una percepción de mayor seguridad no solo reside en el impacto positivo que conlleva para la población en general; sino que involucra a todas las estructuras sociales: si los grupos delincuenciales perciben que hay una mayor seguridad, se la pensarán dos veces para llevar a cabo sus actos. Si la población en general percibe mayor seguridad, acudirá más a estos lugares; lo que hará que la seguridad real, al haber civiles que potencialmente puedan ser afectados, tenga que ser reforzada. De esa forma se da tanto una retroalimentación perceptiva como real que afecta positivamente al sistema.

[2] Ustedes son un montón de clasistas, y lo peor es que ustedes mismos, pseudoizquierdistas, perpetúan el clasismo en la medida en que exponen que el centro es para gente que “tiene calle”; contrastando eso con personas acomodadas. O sea, para ustedes el centro es para gente pobre, un lugar solo para pobres.

Créditos de la imagen de cabecera: Shutterstock.com.

VoxBox.-

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