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Dele zoom a la foto: De monstruos a seres humanos (sobre Óscar y Valeria)

Dele zoom a la foto: De monstruos a seres humanos (sobre Óscar y Valeria)

Vi la foto varias veces. La de los cadáveres de Óscar y Valeria, su hija, abajo en el Río Bravo. Desde la primera vez que la vi, me causó repudio y enojo. Pero no lo sentí. Fue el enojo y la indignación ya bastante familiar al que ya estoy acostumbrada debido a mi postura sobre ciertos temas.

No me son desconocidas las noticias sobre el maltrato a los migrantes, ni su sufrimiento. Desde aquella otra noticia sobre la separación de los niños de sus familias, vengo sintiendo, cada vez más, un enojo más intenso. Una sensación de asco con relación al gobierno gringo, y una ira cada vez mayor contra la insensibilidad y la indiferencia.

Pero, yo, que soy una gran “sensible”, tuve que ver la foto, no una , ni dos, ni tres, sino que varias veces. Todo el día en mi tuiter. En las noticias.

La vi. Leí lo que ya sabía. Me indigné. La volví a ver, y algo no me cuadraba.

La última vez que la vi, le di zoom.

El bracito derecho de Valeria se vislumbra enganchado al cuello de su papá, por debajo de la camiseta negra. El papá, seguramente cansado, seguramente atemorizado ante las corrientes del río, decidió en algún momento afianzar a su hija por debajo de la camisa. El short rojito de Valeria se ve abultado, como si todavía tuviera puesto un pañal.

El papá, sin zapatos. Ella, con sus zapatitos puestos, bien amarrados. Esos zapatitos de bebe que cuando vemos en Simán nos derretimos por la ternura que tienen su tamaño.

Los rodean al menos 6 latas de cerveza Bud Light, una balsa, un pedazo de plástico azul cerca de la cabeza del padre, que bien podría ser basura o un juguete. Los cuerpos se parquearon seguramente en un spot que sirve de esparcimiento a los locales, un lugar donde las aguas se ven (por fin quizás) tranquilas. Donde se puede tomar cerveza, refrescarse del día. Allí quedaron sus cuerpos.

El bracito de Valeria está morado. Su cabecita pegada al cabello de su papá.

En este momento, ahorita que escribo y veo la foto agrandada casi al 2005, por fin derramo lágrimas. Lloro y me vuelvo a sentir humana.

Judith Butler, en su libro Marcos de guerra, habla de que hemos deshumanizado al “otro”, que hay vidas que son prescindibles porque nos hemos dejado de relacionar con estos “otros”. Los construimos como una ilusión de seres separados a nosotros, y por eso no lloramos esas muertes. Es cierto. Los migrantes, los jóvenes, los niños separados de sus padres… Todos son un amalgama de un “otro” abstracto, alejado de mí, prescindible en mi realidad. Butler propone reflexionar sobre la interdependencia como forma de sensibilizarnos.

Esas caras nos son familiares solo en las noticias. Los refugiados sirios, los refugiados latinos. Son cuerpos ajenos, alejados, separados de nosotros por una pantalla, solo apareciendo en discursos, en noticias y en cifras. Han perdido su humanidad, se han virtualizado.

Y en esta lejanía es incluso fácil culparles: “Se van porque quieren. ¿Quién arriesgaría a su hija?”, o es fácil limpiar nuestra conciencia emitiendo la ya tan acostumbrada simpatía “Ay pobrecitos, ¡Qué calamidad!”; o como yo, vivirlo desde la indignación intelectual. Armando argumentos para ver cómo convencer a los “insensibles” e “indiferentes”, cómo argumentarles a las autoridades.

Más adelante en el mismo libro, hay una discusión sobre fotografías, sobre sí estas tienen la facultad o no de transmitir afecto. Butler debate con Sontag quien en los setenta había afirmado que la representación visual del sufrimiento ya no es capaz de transmitirlo. Butler agrega que son las normas y los marcos (qué sale y qué no sale en la foto, las posiciones de los sujetos y del fotógrafo…) las que limitan su eficacia. Se enfoca en las estructuras de poder, que son las que al final tienen la facultad de “encuadrar” a los sujetos; decidir en qué posiciones aparecen unos u otros.

Difiero con Butler y me apego a Sontag. Las fotografías, si no carecen de narración, no transmiten el sufrimiento. Tampoco me mueve el análisis casi técnico-mecánico, y aunque correcto, frío de Butler, que aunque en parte tienen razón, no me sensibiliza, y me deja con el sabor de siempre: las estructuras son el problema, y para derrocarlas, desde el punto en el que estamos, necesitaríamos una revolución de los sistemas económicos, políticos, de los medios de comunicación y de cómo se consumen las noticias.

Si bien es cierto que hay vidas más valiosas que otras, y que esto se debe a la inhabilidad de conectar con quienes el poder ha construido como prescindibles, creo que el problema también recae en nuestra propia deshumanización y desde allí, desde la transformación individual podemos también hacerle frente.

El problema no es solamente que el poder haya desvalorizado a esas poblaciones. Los cuerpos muertos y maltratados son parte de nuestra cotidianidad, y las estructuras socioeconómicas y políticas no permiten devolverles su dignidad. Si esperamos que estas estructuras les den valor a estas vidas (como yo lo espero desde mi enojo), tendremos que esperar una revolución. Violenta quizás. El sistema está de cabeza.

El problema no es solo de “ellos”, sino también en cómo este sistema nos convierte en monstruos. Y sobre eso hay poca reflexión. Somos los victimarios y nos debería aterrar perder esta sensibilidad. Seguimos enfocados en “ellos”, ya sea para tenerles lástima, o para culparles, pero pocas veces reflexionamos en nuestra propia humanidad, en el día a día. ¿Sintió algo al ver esa foto?

Se discute en redes sociales si es ético que la foto circule libremente, y muchos dicen que verla es una gota más en la deshumanización. Yo creo que la deshumanización ya está completa. Nos perseguirá esa fotografía por una hora, por dos quizás, a lo sumo un mes. La discutiremos en una cena. Arquearemos nuestras cejas en desaprobación. Buscaremos culpables: que si el presidente, que si los gringos, que si las pandillas, que si los migrantes… Nos indignaremos y pediremos que se haga “algo”, cada quien desde su ideología, pero que ¡haga algo! Moveremos la cabeza de un lado a otro, y algunos volveremos a trabajos donde abogamos por la justicia social, donde formulamos proyectos, donde emitiremos sentencias, donde construimos un mundo mejor.

El mundo está mal y tiene que cambiar. Eso lo sabemos todos. Lo SABEMOS. Desde la cabeza. Y esa cabeza tiene ojos con que mirar y mirar y mirar a la violencia, que es un espectáculo sin fin. Y esa cabeza nos protege y nos abstrae más y más. Los ojos bien abiertos y el corazón muerto. Zombies.

Ver también
Feminismo. VoxBox.

Solo un monstruo podría vivir impávido ante tanta sangre, con tanta indiferencia. No nos afecta.

Hemos dejado de sentir.

Dele Zoom a la foto. Observe los detalles por un momento.

Sienta a la niña con su papá.

Imagínese cómo fueron esos últimos momentos. ¿Murió primero el padre? ¿O se fue ella y después él perdió las esperanzas, llevando encima a un cadáver? ¿Murieron al mismo tiempo? ¿La niña sintió terror? ¿Qué le decía el papá para calmarla? Los zapatitos, ¿con qué cuidado se los amarró su papá antes de emprender el viaje? ¿El pañalito le pesaba ya a la bebe?

Lloro otra vez y agradezco que en mí todavía existe el sentimiento. Pero tuve que darle zoom. Incluso yo que lloro fácilmente.

Derrame lágrimas. Sienta SU propia humanidad. Es necesario sentirse vivo de vez en cuando.

Me queda la inquietud: Sin depender de las estructuras, sin estar siempre viendo hacia afuera…. ¿Qué podemos hacer para sentir más? ¿Para abrir el corazón? ¿Para sentirnos a nosotros mismos? En un mundo tan sangriento… ¿Lloraste hoy? ¿Dónde dejaste olvidada tu ternura?

Óscar y su hija Valeria. Crisis de migrantes y refugiados, Río Bravo, junio 2019.

Óscar y su hija Valeria. Crisis de migrantes y refugiados, Río Bravo, junio 2019. 

Nota originalmente publicada en el blog de la autora: Políticas Públicas Desde el Pellejo

VoxBox.-

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