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Dos que tres cosas buenas del final de Game of Thrones

Dos que tres cosas buenas del final de Game of Thrones

Final de Game of Thrones. VoxBox.

Pues sí, llegó el final Game of Thrones y qué feo, qué malo, qué triste acabar así. Creo que una historia como esta merecía algo más, mucho más elaborado. Escribe esto alguien que comenzó la serie cuando recién salía la tercera temporada, allá por el 2013. Así que el episodio de ayer lo he esperado por casi seis años, no estén chingando con que esperaba un final feliz telenovelesco porque, como decía un meme por ahí, esperaba un final coherente. Y no, David Benioff y D. B. Weis no nos pudieron dar un final digno.

Pero en honor a estos seis años de relación bonita, y al mejor estilo de Sir Brien de Tarth escribiendo en el Libro Blanco las cosas buenas de Jaime, voy a hacer un esfuerzo por obviar todos los errores (de los que ya hay suficiente documentación memística), y concentrarme en las dos que tres cosas buenas que se pueden rescatar de la temporada final, pero en especial del episodio final.

Aquí vienen muchos spoilers. Dracarys.

Sansa Stark y Jaime Lannister

Quizás los dos desarrollos narrativos que más y mejor valen la pena en este final de temporada.

Sansa pasó de ser una ilusa, boba niña nice (perdón, este video me sigue causando mucha risa), a una heredera cabal de la fortaleza y el porte Stark. Recordemos que los Stark son descendientes directos de los Primeros Hombres, y en los libros se deja entrever que también de los Hijos del Bosque: por las venas del norte corre sangre guerrera y noble. Rasgos que, durante muchas temporadas, no parecían describir para nada el temperamento asustadizo de Sansa. Pero ya desde el juicio contra Meñique se nos venía advirtiendo sobre esa transformación, que se termina de consolidar en esos diálogos poderosos que la vimos sostener con Tyrion o Daenerys.

A diferencia de Sansa, a Jaime lo conocimos como un ser mezquino, cínico y un poco estúpido. Un personaje cuya elocuencia provenía de su espada y no de su cerebro. Por suerte para la historia, lo vimos crecer. Lo vimos voltearse contra los preceptos que antes abrazaba sin la menor duda. Nos conmovió verlo enfrentarse al amor de su vida y llegar al norte, motivado por una vaga idea de lealtad para con un juramento. El apodo de «Matarreyes», que al inicio parecía no incomodarlo, terminó volviéndose un motivo recurrente en su vida. Una marca que lo volvía reconocible y predecible. Muchos se quejaron de su final: volver a los brazos de su amada hermana y morir enterrados. Yo siento que fue un final muy justo: Jaime nunca dejó de percibirse a sí mismo como el «Matarreyes», el «Rompepromesas», y al final de sus días volvió al lugar donde alguna vez fue feliz. Ahí donde solía gritar, como dirían aquellos señores lesbianos.

La fotografía

Es un aspecto técnico del que se ha hablado mucho. En esta temporada, y en especial en el episodio final, nos regalaron imágenes hermosísimas y bien cuidadas, de aquellas que aspiran a lo épico. Se me ocurren en este momento dos, quizás las más obvias.

En medio de una montaña de ladrillos, Tyrion descubre la mano dorada de su hermano mayor. Comienza a remover los escombros, con la aprehensión fatal dibujada ya en el rostro, hasta encontrarse con una imagen en la misma medida bella y fatal: Cersei y Jaime abrazados. Una toma desde los aires nos muestra lo magnífico del trabajo de fotografía. Lo que vemos no es a los mellizos Lannister muertos mientras El Gnomo los llora, lo que vemos es un cuadro de Diego Velásquez o una escena del Barry Lyndon de Kubrick. Bella y balanceada.

La otra gran imagen, la que más fácilmente caló en los públicos, fue la de Daenerys caminando hacia nosotros, mientras su hijodragón alzaba el vuelo. Por unos cuantos segundos, tuvimos una toma literal de lo que por muchas temporadas nos han estado diciendo: la reina dragón, imbatible y alada. Una imagen grandilocuente y necesaria. Una despedida del personaje que los fans agradecimos mucho.

La vuelta de tuerca y el antónimo del amor

La principal característica de Game of Thrones ha sido la no complacencia. No solamente mataban a los personajes de los que nos enganchábamos, sino que además las cosas nunca se iban por donde pensábamos que se irían. En estas dos últimas temporadas, pero en especial en esta, esa mística se rompió casi por completo. El plan para matar al Rey de la Noche, por mencionar solo una cosa, salió a la perfección, tal como nos dijeron antes que saldría. Nada o casi nada se torció en el camino. Murieron algunos, pero no los que más queríamos… En fin. Ya saben lo que quiero decir. Esa fue una de las principales razones de nuestra molestia con la temporada. Pero, como dije, estoy haciendo un ejercicio de ver el mejor lado, así que menciono esto porque el último episodio recuperó una parte de esa mística. Todo parecía indicar que Arya sería la responsable de cortarle el cuello a Dany, y no fue así. Todo parecía indicar que Jon, o incluso Sansa, se sentarían en trono de hierro, pero no fue así. Es más, todos dimos por sentado que el trono de hierro seguiría ahí, intacto, y tampoco fue así.

Hay otra cosa que este episodio final consiguió recuperar —sacándolo de los pelos para seguir viéndole el lado bueno—, y es que la dinámica de buenos y malos se mantuvo más o menos intacta. No hay en este mundo héroes ni villanos: hay personajes cuyo marco de acción, la mayoría de las veces, se mantiene en una constante zona gris, en la que matar a una reina contribuye al bien común, y el antónimo del amor no es el odio, sino el deber.

Ver también
Logan y Deadpool. VoxBox.

Jon salvó a los siete reinos de lo que parecía perfilarse como una prolongación de la administración del Rey Loco, pero no se convirtió en guerrero consagrado, sino en un Matarreinas desterrado.

Y sí, el final no nos gustó. Sam casi inventa la democracia, Tyrion vuelve a ser Tyrion por unos segundos, Bran se quedó con el trono quemado, y el Norte se consolida como un pueblo independiente de la corona. Todo muy conveniente, todo muy poco acorde a la tónica de las anteriores temporadas, pero qué le vamos a hacer.

Podríamos ponernos a escribir fan fics, pero yo sugiero que primero esperemos los dos libros que faltan, veamos cuál era el camino correcto. Y, sobre todo, recemos porque Martin le diga al Dios de la Muerte: «Not Today, tengo una saga que terminar».

VoxBox.-

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