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El Salvador: Septiembre, la guerra social y el Diablo

El Salvador septiembre. VoxBox.

El Salvador ha tenido un mes de septiembre convulso: problemas económicos, guerras sociales, militarizaciones y el cambio de nombre de la Puerta del Diablo.

Opinión.- Los hechos grandes y pequeños siguen llegando, abonando a la historia (qué rápido olvidamos, por cierto) de este pequeño país centroamericano llamado El Salvador, en donde la mayoría de sus habitantes viven en una absoluta burbuja individual, evitando enterarse de las desgracias que cada día son más notables y que con el tiempo tendrán sus lamentables repercusiones.

En este sistema son muy notorias las incongruencias de las leyes y normas establecidas respecto al deseo de vivir y experimentar la vida de la ciudadanía.

En El Salvador, por ejemplo, todos los meses se sigue cayendo en impago.

Este tema da mucha tela para cortar para los diferentes sectores involucrados. Nadie quiere ceder, porque, obviamente, todos quieren ganar sin dar nada a cambio.

Uno de los sectores que quiere seguirse lucrando de la rentabilidad del ahorro de los trabajadores son las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Es lógico, pues se trata de un negocio tres veces más rentable que una empresa productora de bienes o servicios. Otros, en cambio, buscan desbaratar a sus enemigos y permitir más ingresos económicos (además de los impuestos) a las arcas del Estado, asumiendo que son los únicos que tienen la solución a este problema.

En esta inestabilidad e incertidumbre surgen variedad de preguntas: ¿La sociedad sabe qué significa caer en impago? ¿Las personas —especialmente los trabajadores— saben realmente qué es un sistema de pensiones? ¿Los parlamentarios y parlamentarias de la Asamblea Legislativa solo quieren garantizarse la pensión a su conveniencia? ¿Qué está pasando en otros países con este tema? ¿En Chile, por ejemplo?

Las instituciones en el poder llevan todo el 2017 en diálogos vacíos y sin respuesta, generando un show que los beneficia a ellos y a los medios de comunicación, pues estos últimos solo están para informar los dimes y diretes de la clase política, sin presentar noticias objetivas con respecto a la temática, pues al parecer ni a ellos les interesa lo que pueda suceder con las pensiones.

Culturalmente a esta sociedad no le ha gustado nunca la planificación. Estamos acostumbrados a vivir el día a día (“Coyol quebrado, coyol comido”, es el grito de batalla), despreocupándonos del mañana, del siguiente año y del siguiente quinquenio.

Me tomo el atrevimiento y el espacio para proponer que la mejor solución es un paro de labores a nivel nacional (tal como lo hizo Guatemala hace unos días), hasta que realmente se demuestre que los y las cotizantes tendrán una pensión digna y vitalicia, reconociéndoles todo el esfuerzo que actualmente dan para el mantenimiento no solo de sus familias, sino además de la economía salvadoreña.

Guerra social no declarada

Además del tema de las pensiones, algunos se han comenzado a dar cuenta que hay una guerra social no declarada por la autoridades, pero todos los días vemos el repunte de homicidios en el país. Esos homicidios están compuestos por policías, civiles y pandilleros que, dicho sea de paso, estos últimos solo eso están esperando: que alguien los asesine, porque ellos fueron los primeros en darse cuenta que en este territorio las oportunidades son escasas y la única salida que les queda es la muerte.

Los conflictos armados están a la orden del día, en cualquier parte del territorio entre pandilleros y policías. En medio de esta guerra social, hay que señalar lo poco que afecta a los grupos élites de poder económico estos enfrentamientos, lo que se traduce en muy poco interés para ponerlo en una agenda política y presentar soluciones a diversas escalas.

La brecha económica

Una de las consideraciones más importantes que es necesario retomar es disminuir la brecha de la desigualdad económica social (otra problemática histórica de la sociedad salvadoreña).

Las instituciones de izquierda y derecha tienen muchos debates sobre el ritmo en que está creciendo la economía salvadoreña, pero en lo que ambos coinciden es que en El Salvador existe un crecimiento económico real. El problema es ¿para quién está creciendo? ¿Para todos por igual?

Obviamente no. Las capas medias y bajas de la sociedad no crecen como lo hacen las grandes trasnacionales y centros comerciales de prestigio.

Una de las pocas acciones que ha beneficiado a la población trabajadora fue un aumento al salario mínimo, pero este vino acompañado de un aumento de los productos y servicios que se ofrecen en el mercado.

La acumulación de riquezas por parte de algunos sectores en El Salvador es innegable. Esta ha sido una de las causas históricas de la situación que se vive actualmente.

Las causas mediáticas de la guerra social

Ante todo esto, los medios de comunicación, además del lucro económico que representa la violencia para el actual sistema económico, insistirán que el gobierno es incapaz de mantener la seguridad, que los mareros son mareros porque quieren dinero fácil, que hay que meter más policías a las calles, que se necesitan construir más cárceles, etc. Todas estas son meditaciones y reflexiones banales, que se seguirán repitiendo mientras sigamos siendo un pueblo sin memoria y con lo que nos digan en el momento con eso nos quedamos.

Y la militarización de las calles

El Gobierno de El Salvador ha sacado tanquetas militares a diferentes partes de la ciudad, con el fin de bajar los índices de homicidios y delincuenciales. Pero esta militarización no es algo de septiembre ni de este año: ocurre desde el gobierno del expresidente Mauricio Funes (2009-2014). La novedad de septiembre sí ha sido, en cambio, la militarización de la ciudad metropolitana, poniendo su artillería pesada es las principales plazas, parques y universidades.

Lo irónico del caso es que el partido en el gobierno actual se conformó como un ejército guerrillero, dispuesto a combatir las represiones del ejército de los años setenta y ochenta.

Actualmente se sigue dando continuidad a esa histórica persecución a la juventud, a los siempre sospechosos de todo, como diría el poeta Roque Dalton, con especial énfasis a los de clase social baja.

Este “control militar” busca vigilar las acciones pandilleriles y del narcotráfico, tan comunes en toda la región comprendida entre Colombia y Estado Unidos. Las autoridades no se han dado cuenta que el problema del narcotráfico no tiene fronteras y barreras que pueda ponerles un alto.

Uno de los principales problemas de la militarización de las calles (y la historia así lo confirma) es que, una vez los brazos armados del Estado obtienen un poder sobre la población, no lo quieren soltar y buscan perpetuarlos como la única solución a la diversidad de fenómenos sociales que puedan suscitarse.

De septiembre también aprendimos que los problemas ocasionados en el país (que lleva por nombre a la persona que nos llevará a una salvación), de acuerdo con nuestros representantes, son debido a que un sitio turístico cultural hace referencia al antagónico de ese Salvador. Así es, un sitio turístico que lleva el nombre del Diablo denota mucha maldad y causa violencia para una población hipócritamente religiosa.

Estas son las reflexiones de un septiembre de 2017. Me han hecho falta algunas otras cosas, como el pleito entre el actual alcalde de San Salvador y la dirigencia del partido en el Gobierno, con el que obtuvo su cargo público. Además, el marketing exitoso de las donas y de las fiestas patrias, que como los anteriores ocho meses no serán parte de la historia de esta población que no sabe el significado de la frase “El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”.

(Fotografía de portada tomada de: elsalvador.com)

Autor: Adrián Joachín. Sociólogo salvadoreño, consultor independiente, comprometido con la realidad social en la región centroamericana.

VoxBox.-

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