Alexandra Kerrinckx

Paradójicamente, cuando me pierdo, es cuando me encuentro. Cortázar dice que soy una chica excelente aunque bastante loca de a ratos. Veintiséis años aprendiendo, y desde hace unos diez desaprendiendo.

El 2017 simplificado

Opinión.- Iniciamos un nuevo año, y con este, la tradicional invitación para “comenzar de nuevo”. Nuevas resoluciones, nuevos objetivos, retomar viejas promesas… “Ahora sí voy a dejar de fumar, voy a bajar de peso”, “¡Ahora sí, este es mi año!”, pero muchas veces parece que todo esto es efímero.

Fallidos intentos de cumplir los propósitos de interminables listas de cosas por arrancar a partir de las 12:00 a. m. del primero de enero solo me trajeron frustraciones al final de mes, para luego, poco a poco, olvidar que alguna vez las tuve. Excepto, claro, el último día de ese año, y así.

En general, cuando esto pasa somos muy duros con nosotros mismos. Nos martirizamos por nuestras fallas y nos entra el sentimiento de culpa.

Hace un par de años me regalaron un libro al que al principio no le puse mucha atención. Pocos meses después decidí comenzar a leerlo en unos días de vacaciones. The Power of Habit (“El poder de los hábitos”), del periodista ganador del Pulitzer Charles Duhigg. Trata, en síntesis, de cómo funcionan los hábitos. Los hábitos emergen mucho más allá de nuestra conciencia cuando nuestro cerebro los aprende. Parecido a la acción involuntaria de respirar. No estamos conscientes de ello las 24 horas del día, solo lo hacemos. Los hábitos se generan con un impulso inicial, luego el desencadenamiento de patrones que luego se convierten en una rutina con el fin de obtener gratificación.

Cuando hemos adoptado un hábito que nos vemos en la necesidad de desechar, solo podemos hacer una cosa: sustituirlo. Un hábito no puede ser simplemente descartado, sino más bien reemplazado. Cuando queremos cambiar hábitos para lograr nuevas metas sin tomar en cuenta esto, nos vemos forzados a tratar de cumplir a ciegas con nuestros mil y un objetivos, abarcando más de lo que podemos apretar, para finalmente, colapsar y dejarlos de lado.

Tomando en cuenta esto, comencé a aplicar la más importante lección que me dejó esta lectura, algo que cambió muchísimo mi vida: para cambiar algunos hábitos es necesario enfocarse en cambiar un tan solo hábito, por más insignificante que parezca. Esto funciona porque los resultados que se van generando se van multiplicando con el tiempo.

Así que decidí comenzar por algo relativamente fácil: preocuparme más por mi salud y bienestar. ¿Qué implicaba esto entonces? Comencé por visitar de rutina a un médico. Esta sencilla acción desencadenó otra serie de acciones prácticamente por default. Luego de las recomendaciones del médico, comencé a comer más saludable sin las presiones absurdas que me ponía antes, a tomarme un tiempo para meditar una vez al día y estar más presente. Poco a poco comencé a disminuir la cantidad de cigarrillos de casi una cajetilla diaria a una cajetilla al mes, lo que naturalmente me llevó a sentirme mejor de forma física y mental, a rendir mejor en el día a día, a ponerle más atención a mis relaciones interpersonales, etc.

El enfoque en cambiar un solo hábito logra mucho más de lo que una lista de diez cosas que requieren de mucha fuerza de voluntad a ciegas pudiese. La fuerza de voluntad es un músculo, y así como los músculos de nuestro cuerpo se cansan, así también la fuerza de voluntad, y nuestro cerebro al encontrarse en dificultad, buscará resolver el caos con el mínimo esfuerzo posible, poniéndose sin querer en contra nuestra.

Te invito entonces a que conmigo, en este nuevo año, nos enfoquemos en cambiar un solo hábito. Por más pequeño que parezca, y que al llegar al final de este año hayamos formado otros nuevos que nos ayuden a la consecución de nuestras metas.

Que la motivación a la que el inicio de año nos invita no se desvanezca, más bien con el tiempo se transforme en un tiempo para reflexionar en lo que nos vamos a enfocar para poder dar paso a nuevas y aún mejores cosas.

“La definición de locura es repetir una y otra vez lo mismo esperando diferentes resultados”.

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Por qué el fin de una amistad no es el fin del mundo

Opinión.- Así como cuando una relación sentimental llega a su fin, cuando una amistad termina, por el motivo que sea, pareciera que también perdemos una parte de nuestras vidas.

Una amistad es una relación de tipo interpersonal que mantienen dos personas o más, y que se caracteriza especialmente por el afecto, el cariño, el amor y la confianza que los involucrados se profesan entre sí. Estos últimos en específico van apareciendo al tiempo de cultivarla. Muchas perduran con el paso del tiempo y otras se difuminan a su vez.

Una amistad es prácticamente una inversión. Desde unos niños de 5 años jugando a la pelota en el parque, hasta unas quinceañeras alistándose para las primeras fiestas de su adolescencia, la amistad es una inversión de tiempo. Los vínculos se van formando, aunque en las diferentes etapas de la vida, los vínculos amistosos se van volviendo más complejos, pues ya para entonces habremos adquirido capacidades y experiencias que nos dan mejor facultad de escoger con quiénes es que queremos interactuar.

Siempre fui una persona de pocos amigos. Perdí muchos, así como gané muchos más. Y a lo largo de mi vida he podido darme cuenta de cómo los lazos estrechados con ciertos de estos, hasta la fecha parece que nada podría romperlos.

Pero en infinidad de casos no es así. Recuerdo en varias ocasiones intentar reparar amistades que pensaba que, si tan solo ponía todo mi esfuerzo en darles lo mejor de mí, estas se restaurarían. Forcé hasta el cansancio el poder llevar a cabo relaciones que, ahora me doy cuenta, simplemente ya habían perdido significado. Y vaya, que en algunos casos más que otros, duele.

Pero por más que los recuerdos de los buenos momentos los llevemos con nosotros, tomar la decisión de terminar una relación de amistad que ya no tiene sentido, significado, o ningún valor para nuestras vidas, está bien y es saludable, y no tiene que tener un final desastroso, si nos responsabilizamos de ello.

La gente cambia a lo largo de su vida. El cambio es la única constante que tenemos. Muchos de nuestros amigos permanecen a lo largo del tiempo, porque se crearon lazos tan fuertes que una agitada discusión jamás podría romper. Pero ¿qué pasa cuando una amistad forjada por el tiempo y las buenas y malas experiencias termina de la noche a la mañana?

El cambio trae consigo una serie de decisiones. En matemáticas, la teoría de la decisión habla sobre la capacidad que tenemos de tomar decisiones con base en la información que recopilamos con el fin de obtener los mejores resultados posibles. Tomamos nuestras decisiones, y naturalmente estas afectan nuestro entorno. Decisiones tan pequeñas como cambiar de estilo de alimentación, o tan grandes como mudarse de ciudad o país, casarse —por cierto, conocí una persona que al casarse decidió romper con varias de sus amistades por la insistencia de su pareja, y parecía no tener argumento alguno más que la anterior mencionada solicitud—, comenzar un nuevo proyecto personal o, incluso, cambiar de religión, puede tener un efecto sobre las relaciones interpersonales mayor del que imaginamos.

Muchas de las personas que pasan por nuestras vidas, hacen solamente eso: estar de paso, para luego continuar su propio viaje, y quizá su propósito es enseñarnos alguna que otra lección de vida y viceversa. Recuerdo una corta, pero bonita amistad con una chica de Israel que vivió cerca de mi casa, mientras viví en Houston hace unos años. Fuimos muy amigas, hablábamos de todo y nada, y compartimos muchísimo tiempo juntas. Me enseñó a insultar en hebreo y a que me gustara el baba ganoush. Al paso de los cuatro meses, llegaba la hora de regresar a su natal Tel Aviv, y tras varias promesas de visitas y videollamadas, no volvimos a hablar jamás (aunque somos amigas en Facebook).

Nunca entendí por qué nunca nos esforzamos en seguir cultivando aquella relación, hasta que me di cuenta que, algunas amistades tienen fecha de expiración. En mi caso, no porque nos hallamos fallado mutuamente (o quizá sí, al no continuar invirtiendo en esta). O porque mi mejor amiga de toda la vida pasó a ser una conocida a quien saludo, a lo mucho, una vez al año. Pero la vida es así. Nada es permanente y el tiempo pasa y lo que vivimos con él.

Así como con el fin de algunas relaciones amorosas muchas veces nos invade ese silencioso sentimiento de culpa, también en el rompimiento de una amistad es necesario dejarla atrás. Aunque algunas veces seamos nosotros quienes con nuestras decisiones (inocentes o no) seamos los autores de su fin. Todo está en confiar en el proceso de aprendizaje que vamos viviendo día a día. Cuando creemos en este, damos lugar a nuevas y enriquecedoras amistades y experiencias.

Lastimosamente, desde pequeños, nos enseñan a aferrarnos a relaciones y cosas materiales para sentirnos seguros, y nos toca aprender a soltar, y con el tiempo, a apreciar lo que nos deja lo que ya no está. Lo mismo pasa en un matrimonio que se está por resquebrajar. Nunca he estado casada, pero he vivido de primera mano experiencias en las que dejar ir a una pareja significa perder todo el significado de la vida. Pero ese ya será otro tema.

Celebra los finales, pues estos traen consigo nuevos comienzos. – J. Lockwood

VoxBox.-