Cultura, Historia

Mozart y el amor

Opinión.- Hay una anécdota célebre acerca de Mozart, imposible de corroborar, pero que mencionan algunos de sus biógrafos, que cuenta que una vez los llegó a visitar un amigo de la joven familia y que él escuchó ruido de personas bailando, lo cual le extrañó, ya que era de noche y no se oía música por ninguna parte. Cuando se acercó a la ventana de la pequeña vivienda, vio a través de la mirilla y se guio a la luz de una débil vela, donde vio que Constanze y Mozart bailaban para calentarse, porque resulta que a veces ni siquiera reunían dinero para comprar carbón y así colocarlo en la estufa… y como se imaginará Viena era (y es) especialmente fría.

La primera vez que leí eso me impactó profundamente. Constanze tuvo varias propuestas matrimoniales y su madre siempre estuvo en desacuerdo en que se casara con Mozart, porque sabía que le esperaba una vida de penurias. Varían las versiones, pero se sabe que también el papá de Mozart se opuso, porque estaba consciente de que a su hijo no lo querían en esa familia. En una célebre carta, Mozart le escribió a su papá:

Uno de mis amigos contrajo matrimonio por dinero: Espero nunca casarme de esta manera. Deseo hacer feliz a mi esposa, pero no ser rico por medio de ella. La nobleza no debe casarse por amor o inclinación, sino por interés, además de muchos otros tipos de consideraciones. Pero nosotros, la gente pobre y humilde, tenemos el privilegio de poder escoger una esposa que nos ame y a quien amemos. Debido a que no somos nobles, ni altezas, ni ricos, podemos hacer esto y lo hacemos. No necesitamos una esposa con riqueza, puesto que nuestra riqueza yace en nuestras cabezas y muere con nosotros. Y esta riqueza, ningún hombre puede quitarnos, salvo que nos la corte, en cuyo caso ya no necesitamos nada.

Cuando Mozart enfermó gravemente (cosa que lo llevaría a la muerte), Constanze vivía abrazándolo y besándolo… incluso cuando murió, ella no se apartaba del cuerpo, porque esperaba contagiarse de algo (¡de lo que fuera!) y así poder morir con él y acompañarlo. Se puso tan mal y se deprimió tanto, que quedó en un estado que no le permitió asistir al funeral de su propio esposo. Como era pobre, apenas unas cinco o cuatro personas (según varían los testimonios) asistieron al funeral. Como no tenían dinero, el enterrador colocó el cadáver de Mozart en una tumba comunitaria (que casi equivaldría a la fosa común de hoy en día), junto con otros cinco o seis más. Es por eso que hasta el día de hoy nadie ha logrado encontrar un solo vestigio u osamenta del genio.

Pero hay algo característico en esta historia, lo cual espero que usted haya deducido, pero que si no, pues se lo refuerzo: Mozart y Constanze, a pesar de la maldita pobreza (y perdone que haga el énfasis, pero conozco a demasiadas personas que la maldicen sin comprender realmente su naturaleza), fueron inmensamente felices y eso todo el mundo lo sabía. Se escribían cartas obscenas, hacían el amor como conejitos, bromeaban vulgarmente e incluso jugaban juntos al billar.

Sé que esos detalles son irrelevantes, pero los menciono porque a veces la felicidad está en esas pequeñas trivialidades. Mozart siempre la hacía reír, tenía un chiste para ella, ambos poseían una curiosa sencillez de espíritu y sabían adaptarse a sus mutuas circunstancias.

Ella siempre respetó su trabajo, sus viajes, sus excentricidades, y sobre todo lo amó y creyó siempre en él. Siempre. Ella misma reconoció que nunca amó a nadie tanto y que nunca había sido tan feliz como lo fue con él. Y siempre le pareció que la vida fue injusta, porque esa felicidad duró apenas nueve años, porque a la edad de 35 Mozart falleció. Él, como muchos grandes genios, nunca encajó del todo en sus distintos grupos de relaciones humanas, pero Constanze le ofrecía ese espacio de niño provocador (¡oh!, sí, Mozart era casi un trol profesional), ese que le fue negado en todos lados, pero que ella amaba como nadie más. Su yo-trol no le quita lo genio. De hecho, esa curiosidad infantil creo que alimentó su obra.

Pocos creerían que el hombre que escribió más de 600 piezas musicales llevara SIEMPRE una vida con carencias, penurias, pobreza e incomprensión en general. Si Mozart hubiera vivido al menos unos años más, de seguro que su suerte habría cambiado, porque Alemania entró por entonces en una extraordinaria época de prosperidad. Pero la vida es así y no podemos cambiarla.

Si el más grande genio de la música, quien se esforzó toda su vida para tratar de salir adelante, tuvo el inevitable final tan atroz: ¿quiénes somos nosotros para cuestionar los designios de la existencia? A mis más cercanos siempre les persisto en que entonces seamos consecuentes por lo que consideramos en esencia nuestra felicidad. Debemos aprender a vivir conforme a nuestras decisiones.

Si la vida es o no misericordiosa, si la historia está o no de su lado, todo atañe a cómo confronte usted su propio destino. Nada más. Si Mozart se hubiera detenido a pensar en su pobreza, jamás habría escrito una sola sinfonía. Su pobreza era una circunstancia que NO era su culpa, porque era una variable del destino. Lo que SÍ es nuestra culpa es dejar de avanzar por nosotros mismos (y en caso, de Mozart fueron culpa suya un par de negligencias que por el momento no vienen al caso).

Detenerse nos vuelve a todas las personas culpables. Pero esa es una cuestión personal que cada quien asume. Hay quienes se asumen en la realización material. En mi caso, me asumo en otras cosas. Y eso es todo: son solo cosas diferentes, ni una es mejor que la otra y son solo diferentes. Y si no es la realización material lo suyo, le invito a que se cuestione: ¿Qué es lo suyo? Si lo encontró, asúmalo y sea consecuente. Eso es todo.

La soledad, el miedo, el tedio, la angustia de la existencia, suelen ser pruebas de que algo no marcha bien en nuestro camino a la felicidad (palabra demasiado sospechosa). Puedo estar de acuerdo con esa idea parcialmente, porque hay demasiadas variables en juego. De lo único que tengo certeza personal es que he asumido todos y cada uno de esos sentimientos, y por eso sé que mi ruta, lo que hago con mi aquí y ahora, es una cosa para mí, ni mejor ni peor, solo para mí. En resumen, he asumido lo que me toca, pues. Quisiera añadir palabras de sabiduría o algo así, pero nunca se me dio eso de escribir cosas motivacionales.

Es imposible para un simple mortal como yo abarcar y tratar con propiedad un tema como este. Eso lo digo porque el título del post es bastante irresponsable. Mea culpa, solo quería ser popular. Pero hace poco estuve conversando con alguien sobre un tema que es imposible no tratarlo en terreno fangoso y en términos escabrosos, el cual es la inevitable relación en la concepción actual de las relaciones de pareja: el binomio del amor y el dinero.

En mi turno en esa larga esgrima verborreica me acordé de esta historia, la cual es posible que ni siquiera haya ocurrido, pero que no por ello deja de ser aleccionante. Y como usted notará, prefiero defender con todas mis fuerzas la firme creencia en el amor, pero al mismo tiempo respeto si alguien considera que sin las condiciones adecuadas (términos que se me antojan ambiguos) es imposible la realización personal. Concepciones son concepciones y para eso son. Yo tengo una sostenida y profunda creencia en la pobreza y la fealdad, pero eso es otro tema, del cual paso por ahora.

VoxBox.-

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Dedicado a oficios y emprendimientos inútiles. Síndrome de Fausto. Escribo porque sí, por las dudas y por compulsión.

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