Literatura

La historia de la primera novela lésbica de Inglaterra

En 1928 la escritora Marguerite Radclyffe Hall publicó la primera novela lésbica de Inglaterra. La moral de la época no dudó en enjuiciarla: esta es la historia.

Literatura.- Era 1926 y la escritora Marguerite Radclyffe Hall acababa de publicar su novela Adam’s Breed, que se convertiría en un éxito de ventas y le reportaría multitud de premios. La escritora estaba en lo más alto de su carrera literaria.

Fue en ese contexto cuando la escritora comenzó a escribir un libro que llevaba ratos dándole vuelta en la cabeza. Hall quería escribir una novela sobre lo que en ese momento se le conocía como “inversión sexual”: el lesbianismo.

Radclyffe Hall era consciente de que un escándalo de ese tipo podría echar a perder todo lo que había conseguido hasta la fecha. Pero también sabía que podría poner fin al silencio que había en torno al tema de la homosexualidad, tratándolo como algo natural. El riesgo parecía valer la pena.

El pozo de la soledad

Durante los dos siguientes años, Hall estuvo trabajando en lo que se convertiría en El pozo de la soledad. La novela trata sobre una mujer de la alta sociedad inglesa, cuya homosexualidad es evidente desde su juventud más temprana. La protagonista se enamora de otra mujer, a quien conoce mientras trabaja como conductora de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial. La felicidad de la pareja, sin embargo, se ve afectada por el rechazo social y el aislamiento que producen en aquellos que las rodean.

Después de varios rechazos editoriales, Hall envió el manuscrito de la novela a Jonathan Cape, quien, receloso, aceptó publicarlo convencido del potencial comercial que tenía el libro.

Marguerite Radclyffe Hall vestida como hombre.

La primera tirada, de 1,500 ejemplares, fue discreta para evitar sensacionalismos y se vendió a un precio elevado, para que solo la compraran aquellos que estaban verdaderamente interesados en el libro. Las primeras opiniones no se hicieron esperar y fueron bastante variadas, sin que ninguna de ellas llegara a poner el grito en el cielo.

Para Leonard Woolf, marido de Virginia Woolf, estaba mal estructurada y muy descuidada en cuanto a su estilo.

El génesis del escándalo

El escándalo estalló cuando el libro cayó en manos de uno de los editores del diario Sunday Express, James Douglas, férreo cristiano y moralista. Orquestó una campaña de desprestigio del libro, aduciendo cosas como que “la inversión sexual y la perversión” eran ya demasiado visibles, que una novela como esa hacía que la sociedad necesitara “limpiarse a sí misma de la lepra de esos leprosos”. A él se le atribuye esta hermosa frase de tolerancia y respeto: “Preferiría darle a un niño o a una niña saludable una botella de ácido prúsico antes que esta novela. El veneno mata el cuerpo, pero el veneno moral mata el alma” (bastantes similares a algunas opiniones que leemos ahora en Facebook).

El editor también pidió que el Ministerio del Interior tomara cartas en el asunto.

Cape, en un ataque de pánico, envió una copia de la novela al Ministerio del Interior pidiéndole su opinión y ofreciéndose a retirarla, en caso de que lo consideraran oportuno. La respuesta del Ministro del Interior, el conservador William Joynson-Hicks, no se hizo esperar: El pozo de la soledad se consideraba “gravemente perjudicial para el interés público”, y si no se retiraba de forma voluntaria se iniciarían acciones legales.

Cape interrumpió la publicación, pero vendió los derechos de la novela a Pegasus Press, una editorial de lengua inglesa en Francia que imprimió el libro en París y lo mandó de vuelta a Londres. Está de más decir que todo este embrollo no hizo más que aumentar las expectativas del público. Cuando reapareció se vendió todavía con más rapidez.

Los intelectuales y escritores comenzaron a movilizarse

H. G. Wells y George Bernard Shaw publicaron un artículo en el que se criticaba la actuación del Ministerio del Interior. Leonard Woolf y E. M. Forster planearon hacer una carta de protesta que iría firmada por autores como Shaw, T. S. Eliot, Arnold Bennet o Virginia Woolf. Hall se opuso a la redacción inicial, porque únicamente se hacía referencia a la polémica y a la libertad de expresión, y no se hablaba por ninguna parte del mérito artístico y de la genialidad del libro.

Muchos de los testigos que la defensa llamó para testificar se negaron. El novelista Evelyn Waugh alegó que no se había leído el libro y Bernad Shaw dijo que él era demasiado inmoral como para ser un buen testigo.

El día del juicio se presentaron cuarenta testigos, incluyendo a Virginia Woolf, Forster y algunas otras personalidades. De todos modos, no se les escuchó, ni a ellos ni a nadie, porque el tribunal consideró que debía tomar la decisión sin oír ninguna opinión.

La sentencia final alegaba que el mérito literario era irrelevante y que la novela era obscena e inmoral, así que se dio la orden de que fuera destruida.

La apelación, que incluía un testimonio de Rudyard Kipling, quien tampoco fue escuchado, fue inútil.

Poco después Cape vendió los derechos a una editorial estadounidense y se produjo un proceso similar al que tuvo la novela en Inglaterra. En un juicio en el que declararon autores como Hemingway, Upton Sinclair o John Dos Passos, la defensa argumentó el antecedente de Mademoiselle de Maupin de Théophile Gautier, que describía una relación lésbica de forma más explícita que El pozo de la soledad y que fue absuelta en 1922.

Lo curioso es que en el mismo año en que fue publicado El pozo de la soledad se publicaron otras cuatro novelas de temática lésbica en Inglaterra: El hotelde Elizabeth Bowen; Orlando, de Virginia Woolf; Mujeres extraordinarias, de Compton Mackenzie; y El almanaque de las mujeres de la norteamericana,de Djuna Barnes. Ninguno tuvo problemas legales.

¿Sirvió de algo?

Más allá del valor literario de la novela de Hall, lo interesante de este episodio es que estas pequeñas acciones abrieron una brecha para que en algunos países, en especial europeos, la censura contra este tipo de formas de vida se redujera considerablemente.

Esperemos que nunca dejen de existir escritores con ganas de romper los moldes.

VoxBox.-

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