Opinión

“Nadie me vio llorar”: El poder de los invictos

Invictos. VoxBox.

También necesité del estoicismo de Henley, necesitaba recordarme el poder de los invictos.

Opinión.- El poeta William Ernest Henley tuvo que soportar una amputación hasta la rodilla, en una época en la que no existía ni la penicilina o los antibióticos. Y tuvo que soportarlo cuando era un niño de 12 años. En aquella época, la mayoría de personas terminaban desmoralizadas ante un proceso de esos y otros padecían traumas que podían tardar años en superar. No podría saber si Henley se traumó o no, aunque parece lo más lógico. Lo que sí puedo decir, porque la historia lo dice y lo ha documentado, es que en los primeros años difíciles y posteriores a su recuperación, en sus momentos más erosionantes de la moral y del empuje personal, los años que ahora llamamos de la difícil adolescencia, él escribió este texto que creo que todos conocemos:

INVICTUS

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable
le agradezco al dios que fuere
por mi alma inconquistable.

Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza sangra, pero está erguida.

Más allá de este lugar de furia y llanto
aguardan los horrores en la sombra.
Mientras tanto la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa qué tan estrecho sea el camino
ni cuán cargada de castigos la condena:
Soy el amo de mi destino,
Soy el capitán de mi alma.

Reconozco que es una mala traducción, pero es la versión que me gusta. Sé que el poema es bastante conocido y lo he visto en muchas partes. Sé que salió en la película Invictus (2009), basada en el libro de John Carlin El factor humano (2008), que a su vez se inspira en algunos hechos de la vida de Nelson Mandela. Para algunos es un texto clásico de literatura motivacional y para otros es con sinceridad un texto inspirador.

En lo personal, cuando me tocó vivir los 40 peores días de mi vida, pegué el texto en la pared de mi cuarto. Es obvio que el problema no desapareció, pero repetirlo una y otra vez, por alguna razón, resultó ser una buena válvula de escape. Llegué a repetirlo como un mantra, como en la legendaria historia de Nelson Mandela.

Como usted ya ha de saber, Nelson Mandela vivió un martirio de 26 (¿o 27?) años en las peores cárceles de Sudáfrica. Una de las versiones de la mítica historia (y es que la propia versión nunca la conoceremos) nos cuenta que poco a poco le fueron negando no solo las visitas, sino que le decomisaron libros, le impidieron enviar cartas y ejercer cualquier otra forma de comunicación. Había una fotografía que andaba consigo todo el tiempo (quizá la de su primogénito o de alguien especial) y atrás de la foto se encontraba el texto de Ernest Henley.

No sé si le habrá ocurrido a Mandela, pero llega un momento en que uno conoce el texto de memoria, pero no puede evitar volver a leerlo, como si se tratara de un sortilegio del culto órfico (“Soy hijo de la tierra y del cielo estrellado. Tengo sed. Dame de beber de la fuente de la memoria…”), como una oración secreta, como una medicina, como si la vida fuera a solucionarse de forma misteriosa.

Mandela estaba confinado en una celda húmeda de 2.4 m de alto por 2.1 m de ancho, con una estera de palma para dormir, trabajando de picapedrero para obtener grava, y él y otros presos eran insultados constantemente, y agredidos física y verbalmente por los guardias, todos de raza blanca, hasta que fue transferido a una mina de cal. Al principio no se le permitía usar gafas de sol, por lo que el resplandor de la cal dañó su visión. Por la noche continuaba sus estudios de Derecho, pero tenía prohibido leer periódicos y en varias ocasiones fue castigado con régimen de aislamiento por poseer recortes de noticias. Y la leyenda dice (ya que él nunca lo confirmó) que todas las noches repetía el poema de Henley, una y otra vez, una y otra vez, hasta que finalmente conciliaba el sueño.

Era un mantra. Y por mucho tiempo también fue el mío, aunque yo no he vivido absolutamente nada, nada. Pero no puedo invalidar mis sentimientos ni mi propio dolor: también necesité del estoicismo de Henley, de la sabiduría depositada en esas palabras. También necesitaba recordarme que debo tener un alma invicta.

Hay personas con una gran capacidad para sobreponerse a lo que sea. Y uno con el corazón de pollito, que llora o se siente mal por cualquier tontería, no le queda más que sorprenderse de la virtud extraordinaria de estas personas. Los mártires de todas las épocas, los sabios que prescindieron del materialismo y vivieron la austeridad de los siglos, la generación que nos antecede que sobrevivió a los horrores de la guerra, nuestros contemporáneos que están en este momento aguantando hambre e injusticias… y siempre la naturalidad, el estoicismo para contar la tragedia, la sorprendente capacidad para reponerse.

Solo vienen a mi mente aquellos versos de Whitman (no puedo evitarlo):

He oído lo que hablaban los habladores, el hablar del
principio y del fin,
Pero yo no hablo del principio y del fin.
Nunca hubo mayor inicio que ahora,
Ni mayor juventud o vejez que ahora,
Y nunca habrá mayor perfección que ahora,
Ni más cielo ni más infierno que ahora.
Impulso, impulso, impulso,
Siempre el impulso procreador del mundo.
De la penumbra surgen los iguales antagónicos, siempre
la sustancia y el incremento, siempre el sexo,
Siempre un tejido de identidad, siempre la distinción,
siempre la creación de la vida.
De nada sirve elaborar; sabios e ignorantes lo saben.
Seguros como los más seguros, íntegros e inconmovibles,
bien cimentados, afianzados y a plomo,
Fuertes como caballos, afectuosos, altivos, eléctricos,
Yo y este misterio estamos aquí.
Límpida y dulce es mi alma, límpido y dulce es todo lo
ajeno a ella.
Si falta uno, le faltan ambos, y lo invisible se comprueba
por lo visible,
Hasta que lo visible se hace invisible y se comprueba a
su vez.
Mostrar lo mejor y arrancarlo de lo peor, la edad hostiga
a la edad,
Conocer la condición perfecta y la ecuanimidad de las
cosas; guardo silencio mientras discuten y más tarde
me baño y me admiro.
Bienvenido sea cada órgano y atributo mío, y el de
cualquier otro hombre vigoroso y limpio,
Ni una pulgada, ni una partícula de pulgada es vil, y
ninguna es menos conocida que las otras.
Estoy satisfecho —veo, bailo, río, canto;
Cuando el compañero amoroso y sensual que duerme a
mi lado en la noche se retira sigilosamente al amanecer,
Dejándome canastas cubiertas de toallas blancas que
invaden la casa con su abundancia,
¿He de posponer mi aceptación y realización y de gritar
a mis ojos,
Que se vuelvan y dejen de mirar hacia el camino,
Y así cifren y me muestren con precisión,
El valor exacto de uno, el valor exacto de dos y cuál
vale más?
No sé qué más decir. Quizá no deba añadir nada más.  Cuando los grandes hablan, los pequeños solo debemos callar…

VoxBox.-

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