Opinión

Elogio de la pobreza y la fealdad

Ser pobre, en casi cualquier parte del mundo, no es ninguna ganga. Lo sé y muy bien. Quizá usted lo sabe también o tal vez ha sido un poco más afortunado.

Opinión.- Ser pobre, en casi cualquier parte del mundo, no es ninguna ganga. Lo sé y muy bien. Quizá usted lo sabe también o tal vez ha sido un poco más afortunado… de todos modos, sin importar la historia que yo tenga habrá una peor, ya sea en este mismo país o en alguna parte del mundo. Esta vida no es un lecho de rosas y hay personas que nacieron con un libreto mucho más macabro que el de Justine o los infortunios de la virtud. Pero no escribo por algún tipo de solvencia moral o intento de justificación de nada. No pretendo reducir algo al absurdo o invalidar algún tipo de supuesto moral. Tampoco quiero demostrar nada. Solo me parece sano el ejercicio de esta reflexión e intentaré llevarla a buen puerto.

Cuando me atacaban por tener mi apariencia descuidada —y con descuidado debo aclarar que es una expresión secular para referirme al uso cotidiano que tenemos los pobres de la ropa vieja o usada, y no como muchos pensarían, a estar sucio o algo así—, solía defenderme con esta idea (que ya me ha tocado volver a usarla, con tal de cortar por lo sano cualquier discusión al respecto, aunque ahora ya no se ha vuelto a dar, quizá porque finalmente ya no estoy tan joven y me he vuelto invisible): Elogio la pobreza y la fealdad: la pobreza, porque permite mantener alejados de mí a todos aquellos que son interesados; y la fealdad, porque las personas que me aprecian decidieron conocerme más allá de la apariencia. Por supuesto, una idea así tiene sus bemoles. No existe idea perfecta y esta quizá tiene más vacíos que los lugares comunes de algunos libros de superación. Por momentos me suena como el argumento de un novato para la vida, pero por otro lado debo confersarle que me baso en una serie de supuestos semióticos y de observación humana que preferiría no ampliar… daría para un libro.

En algunos círculos esto me atrajo discusiones que daban para toda la noche (si el espacio lo permitía) y en otros casos me miraban con una extraña mezcla de condescendencia, compasión y quizá lástima (siendo ya demasiado alcanzativo). A mí me causa gracia, porque en realidad mi apariencia nunca la consideré importante. Y entonces no falta alguien que me diga: “Es imposible que no te importe tu apariencia… si aparecieras desnudo en algún lugar no caminarías con normalidad”. Ese y otros ejemplos, como usted sabe, se llama reducción al absurdo y es un recurso que se utiliza con tal de tener la razón en algún punto. Y es que el punto es ese: ¿cómo convencerle de algo que para mí es una verdad? Ni modo: es parte de la carga de vida que me toca llevar. Le resto importancia a mi apariencia exterior y ni modo… resulta casi imposible hacérselo saber a los demás. Así que he dejado de intentarlo y permito que crean lo que quieran, que atribuyan mi descuido a la comodidad o tacañería, y que consideren por mí lo que crean más conveniente. Yo sigo elogiando la pobreza y la fealdad, porque aún me siento bien con esa idea.

El dinero es un problema. Si uno no lo tiene, con toda probabilidad la vida sea un caminar cuesta arriba. Para siempre. Pero en un país como el mío (El Salvador), no tener dinero también puede resultar una especie de bendición, porque aquí lo matan por dinero. Da igual la clase social de la que hablemos o de los problemas políticos, económicos o culturales del país. No importa la idea que se le ocurra para darme la contra: en todo el mundo, donde haya civilización, pero en especial en El Salvador, el dinero es un problema. Si no tiene para garantizarse unos buenos guardaespaldas y que no haya alguien intentando difamarlo, ponerle trampas, hundirlo, accidentarlo, desaparecerlo o suicidarlo, o si es de estratos más bajos robarle, extorsionarle, amenazarle constantemente, etc., la verdad es que no tener dinero resulta una bendición. Es cierto que no tendrá garantizado el acceso a la salud (por no mencionar todas las cosas de las que uno queda fuera por el maldito dinero), pero por otro lado tendrá una vida más simple, y si se sabe cuidar y llevar las cosas bien tendrá una vida casi tan buena y duradera como quien se preocupa por lo material.

He olvidado otros detalles, pero esto es más o menos lo que trato de decir —el párrafo anterior— cuando alguien me dice: “Y cómo se te ocurre elogiar la pobreza, si a nadie le gusta estar abajo, todos tenemos ambición de llegar arriba”. A veces prefiero no responder, les doy la razón solo porque sí y bueno… ¿cómo hacerle entender a una persona con ambiciones que existimos otros que tenemos ambiciones no relacionadas necesariamente con lo material? Es como querer convencer a alguien pragmático, superficial y utilitarista que las obras de arte no son inútiles. Y podría hacer otras analogías, pero no vale la pena.

Lo más gracioso es cuando alguien quiere discutir acerca de mi elogio a la fealdad. Los más suspicaces suelen decir: “Eso es tu consuelo para no aceptar que no te sale nada”, o: “Eso te lo has inventado porque estás solo, sin nadie”. Los más ingeniosos suelen decir algo más o menos así: “Es que esa es tu zona de confort, porque así no buscás ir a un gimnasio, aprender otro idioma, hacerte una persona más interesante, que no necesariamente destaquen sus cualidades físicas, pero que sí sea alguien que se estima a sí mismo, que trata de verse bien y sentirse bien”. Con opiniones así suelo sonreír y darles la razón, porque ¿cómo convencerle de que todas esas cosas se pueden hacer para uno, sin necesidad de buscar la finalidad de atraer al sexo opuesto? Porque en el fondo, la discusión es que creen que elogiando la fealdad hago referencia a que busco un consuelo ante mis problemas para flirtear. Así que, ¿todo debe reducirse a eso?

Con fealdad suelo hacer referencia a que no busco la belleza, tal cual. Sé que la frase no es autoexplicativa, y que vivimos en tiempos en que todo debe ser de forma minuciosa detallado y contextualizado. Tardaría una eternidad haciendo matices de cada cosa. Lo único que sé es que elogio la fealdad, porque la fealdad no tiene que preocuparse por seguir los cánones de belleza… no necesariamente debe hacer referencia a que elogiar la fealdad es amar lo horrible, mórbido y monstruoso. Lo malo es irse a los extremos.

Hace años que dejé de preocuparme de si le gusto a alguien o no. No soy asexual, pero no me preocupo si alguien no muestra interés en mí. Porque mi forma de pensar me ha llevado a comprender que si alguien se interesa en mí, no tengo que rogarle por meses o buscarle de manera incansable hasta que me encuentre como una persona interesante. Tengo mi propia frase de cajón: No hay que interrumpir el flujo infinito de las matemáticas humanas. Las personas vienen y van.

Mis amigos, mis familiares cercanos, las personas a las que puedo disfrutar y que nos respetamos de forma mutua nuestras distintas filosofías y formas de pensar, no me miran de pies a cabeza por calzar sandalias o andar las mismas camisas de hace diez años: me aman y están conmigo por lo que soy aquí y ahora. Siguen siendo los mismos seres honestos por quienes meto las manos al fuego. Y si alguien formará parte de mi vida, tendrá que trascender las nimiedades superficiales. ¿Cómo no elogiar la pobreza y la fealdad, si ambos filtros me permitieron eliminar todos los escombros y me dejó únicamente lo que necesito? La fealdad y la pobreza son mis mejores armas, porque lo que tengo para dar trasciende las apariencias. Si es mucho o es poco, que lo decidan quienes me aman, que es a quienes me debo. Pero eso poco o mucho que tengo para dar está ahí y lo ofrezco también con honestidad. Es todo lo que importa.

VoxBox.-

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1 Comment

  1. Básicamente dice que es pobre y feo por decisión personal, eso es respetable, por lo menos no dice que es feo y pobre porque el pentágono invadió a Iraq. La prueba de fuego para saber si es sincero es cuando llegue un payaso populista diciendo que hay gente pobre porque hay ricos y destruyendo a los ricos mágicamente se enriquecerán los pobres, si este señor sale corriendo a votar por alguien así siempre fue mentira que no le importaba ser feo y pobre

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