Literatura, Opinión

El lector supersticioso

el lector supersticioso

Fue de Jorge Luis Borges de quien tomé la definición de lector supersticioso. Solo en una entrevista lo mencionó, pero a lo largo de su obra hay más pistas.

Literatura.- En mi opinión, no hay nada más frustrante que no tener a nadie con quien compartir el placer de mis lecturas, y sin embargo, al mismo tiempo y de modo paradójico, una de las aficiones más íntimas y personales que cualquier ser humano puede tener son, precisamente, sus lecturas.

La definición de Borges

Borges, lector empedernido por excelencia y a quien le escuché por primera vez la expresión lector supersticioso, escribió alguna vez: “La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”. También escribió estos versos, que son un tributo al acto mismo de la lectura:

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos, la laboriosa mutación de las letras,
la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
Mis noches están llenas de Virgilio;
haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
Cuando en mis ojos se borraron
las vanas apariencias queridas,
los rostros y la página,
me di al estudio del lenguaje de hierro
que usaron mis mayores para cantar
espadas y soledades,
y ahora, a través de siete siglos,
desde la Última Thule,
tu voz me llega, Snorri Sturluson.
El joven, ante el libro, se impone una disciplina precisa
y lo hace en pos de un conocimiento preciso;
a mis años, toda empresa es una aventura
que linda con la noche.
No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte,
no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd;
la tarea que emprendo es ilimitada
y ha de acompañarme hasta el fin,
no menos misteriosa que el universo
y que yo, el aprendiz.

Y no olvidemos que escribió esto otro, que en definitiva es memorable: “Si Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas”. Y no puede faltar esta otra cita, que será necesaria para continuar con el post:

Yo no quisiera que la moralidad de esta comprobación fuera entendida como de desesperación o nihilismo. Ni quiero fomentar negligencias ni creo en una mística virtud de la frase torpe y del epíteto chabacano. Afirmo que la voluntaria emisión de esos dos o tres agrados menores (distracciones oculares de la metáfora, auditivas del ritmo y sorpresivas de la interjección o el hipérbaton) suele probarnos que la pasión del tema tratado manda en el escritor, y eso es todo. La asperidad de una frase le es tan indiferente a la genuina literatura como su suavidad. La economía prosódica no es menos forastera del arte que la caligrafía o la ortografía o la puntuación: certeza que los orígenes judiciales de la retórica y los musicales del canto nos escondieron siempre. La preferida equivocación de la literatura de hoy es el énfasis.

Pero fue en la entrevista A fondo con Joaquín Soler Serrano, en 1976, cuando Borges dijo: “Yo no soy lector supersticioso. Yo sé que debería de decir que el Fausto es una obra maestra, pero realmente me parece un error de Goethe. Pero en cambio pienso en las Elegías romanas pienso en Goethe mismo, en el hombre Goethe, y siento afecto por él y… puedo entender sus errores. La cultura alemana me gusta mucho”.

Más no podría añadir. No olvidemos que cuando los grandes hablan los pequeños debemos callar, porque si no es así se deja de aprender. De todos modos añadiré un par de cosas, porque no quisiera dejar un solo atisbo de duda en lo que quise exponer en esta ocasión.

Reflexión personal

¿Quién es el lector supersticioso? Para Borges es aquel lector que hace distinción entre lecturas trascendentes e intrascendentes, escritores grandes y pequeños, titanes de la literatura universal y escritores menores. Es el lector que es capaz de someter el placer (de la lectura) a la disciplina (leer solo el canon local, universal, etc.). Y a veces renuncia en absoluto a esa bella ingenuidad de cuando somos niños y tomamos un libro con todo el gusto del mundo.

No quisiera meterme en ese embrollo de justificar una postura que indique que hay buenas o malas lecturas. Y antes de que llegue la malinterpretación quiero resumir mi vida de lector: de los 8 a los 15 leí por placer; de los 15 a los 17 leí con placer y a veces por obligación; de los 17 a los 23 leí por disciplina; y de los 23 hasta la fecha he vuelto a leer por placer. ¿Soy disciplinado para leer? Ya no lo sé y no me importa. Prefiero el placer del texto. He tenido grandes e inolvidables lecturas. Muchos de los libros que forman parte de mi vida son como un mantra y de entre ellos hay algunos que los veo como maestros o como un talismán.

Reconozco que también tengo mucho de lector supersticioso, porque hay autores que considero grandes de verdad y mi intuición me dice que muchos deberían de estar leyéndolos para avanzar como personas. Pero también creo que la lectura por placer es el mejor camino para llegar a lecturas más sofisticadas, ya sea en su lenguaje o propuesta estilística. Así que no puedo invalidar el placer que le genere a quien lea motivacionales, los superventas juveniles del momento o autores que solo destacan por sus frases clichés.

Cada uno elige con qué alimentarse y en eso estoy de acuerdo con los detractores de la idea de leer cualquier cosa. Claro, si decido alimentarme con golosinas es natural que tendré una mala nutrición. Lo mismo ocurre con las lecturas. Pero haría mal si quiero obligar a alguien a leer La Divina Comedia, de Dante Alighieri, o El ruido y la furia, de William Faulkner, y tal vez solo provoque aversión literaria. ¿Qué tiene de malo leer por entretenimiento? Por supuesto, me encantaría convencer a todo mundo que el Fausto de Goethe es una de las experiencias más grandes de mi vida, que es un libro denso y brutal, o que cada vez que leo Las mil y una noches vuelvo a sentirme como un niño.

Y he escuchado miles de veces: “¡¿Que no has leído a Fulano de Tal?! No te creo. Y yo que te hacía un gran lector. Fulano es uno de los escritores más fundamentales de la literatura tal”. No culpo ni implico a nadie. Yo también fui así. Y también me emocionaba al infinito hablando de mis lecturas y todo, y a veces hasta muy tarde reparaba en que a mi receptor lo tenía harto. ¿Y qué si prefiero a Stephen King por sobre Fulanito de Tal? Prefiero recordar con una sonrisa y con asombro una lectura personal y de disfrute, que poner un rostro adusto e impertérrito afirmando que he leído a los más grandes de la literatura universal, solo por demostrar que los he leído y ya.

El año pasado, por ejemplo, comencé leyendo ficción detectivesca, pero en el camino aparecieron innumerables recomendaciones. Me gusta que me recomienden, porque soy de una curiosidad infinita. Pero al ser lector hedonista termino abandonando, si un libro no me gusta o me trabo en alguna parte. Pasó en mis manos de todo un poco. Interrumpí las sesudas cavilaciones detectivescas porque cayó en mis manos la saga Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. Hace 10 años habría desdeñado dicha saga solo por saber que era superventas. No sé en qué diablos estaba pensando, pero desde hace años me pude haber dado la oportunidad de leer autores que me autocensuraba, solo porque creía con esnobismo en la gran literatura.

He leído muchos clásicos, sobre todo del siglo XIX… pasé años de mi vida embelesado con ellos y algunos los sigo leyendo, porque me siguen atrapando como la primera vez, pero también por leer solo eso me he perdido de las novelas más contemporáneas. Y claro, no se puede tenerlo todo, pero hay mucha novela reciente que me ha dado un placer que desconocía. A partir de eso he decidido leer, única y en exclusiva, por placer. Sin agenda. He decidido dejar de recomendar lecturas, a menos que las personas me pregunten de forma explícita mi opinión personal. He decidido dejar de invalidar o satanizar los gustos literarios de los demás, así como desde hace años dejé de invalidar sobre los gustos musicales y cinematográficos.

Dicen que los millenials conciben la vida como una inmensa experiencia. ¿No le parece que podríamos aprender un poco de eso? ¿Para qué quiero que lea las obras completas de Shakespeare, si me transmitirá un sentimiento del deber en lugar de un sentimiento de placer? Prefiero que llegue a amar la lectura desde su propio camino. Y si ya es amante de la lectura y no tiene con quién conversar, tal vez un día quedamos en un café y podemos dialogar. Ya me hace falta hablar con alguien sobre el placer de la lectura.

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Referencias: El fragmento pertenece al artículo “La supersticiosa ética del lector” y aparece en el libro Discusión (1932). El poema citado se titula El lector y pertenece a Elogio de la sombra (1969). Sin embargo, ambos textos los extraje del tomo 1 de las obras completas editadas por Emecé en 1984. El artículo aparece en las páginas 202-205 y el poema aparece en la página 1016.

VoxBox.-

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