Opinión

Mi país es una tumba: así matamos a nuestros indígenas en 1932

1932. VoxBox.

En enero de 1932 se dio el levantamiento campesino. El pueblo estaba cansado de las condiciones infrahumanas de vida  y con el liderazgo de varios líderes indígenas, trabajadores y estudiantes universitarios, en diversos puntos del país se dio esta revuelta.

 

El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán

Fragmento del himno de ARENA, Alianza Republicana Nacionalista, partido de ultraderecha salvadoreño

Opinión.- Debo empezar diciendo que mi país es una tumba. Una enorme y terrible tumba. Un pedazo de tierra que se ha ido comiendo a cientos y cientos de muertos.

Esto no es de ahorita, cuando a diario desaparecen un promedio de 8 personas, ni tampoco data de tiempos de la guerra en la década de los ochenta, cuando cientos de salvadoreños ya no regresaron a sus casas, aun después de haberse firmado la tan anhelada paz.

Esto empezó hace muchos años, 86 años al menos.

En enero de 1932 se dio el levantamiento campesino. El pueblo estaba cansado de las condiciones infrahumanas de vida y con el liderazgo de varios líderes indígenas, trabajadores y estudiantes universitarios, en diversos puntos del país se dio esta revuelta. Todo en total desorganización y desvinculados unos grupos de otros. El levantamiento pronto fue reprimido y los primeros en ser capturados fueron juzgados y hallados culpables de insurrección, fueron condenados a muerte, ya sea en la horca o al fusilamiento.

Con los líderes asesinados no acabó. El gobierno que acababa de asumir el poder en El Salvador, justo en diciembre de 1931, encabezado por el General Maximiliano Hernández Martínez, inició 13 años de dictadura militar, llamada “martinato”. Fue él quien dio la orden: asesinar a más de 35,000 indígenas entre el 22 y el 23 de enero de 1932.

La versión oficial fue que los pocos fusilados eran comunistas, inconformes con el resultado de las elecciones de enero, pero que como rebeldes habían recibido justicia. Los líderes asesinados fueron Feliciano Ama, Agustín Farabundo Martí, Alfonso Luna y Mario Zapata.

Después de eso, durante más de un mes, el ejército salvadoreño persiguió y exterminó poblaciones enteras de pipiles, indígenas originarios. Además de la muerte, imperó en el territorio el terror, las violaciones sexuales y la humillación de toda una cultura. Se prohibió el uso de los trajes típicos y se implementó el uso de ropa de manta para los campesinos. Las familias con apellidos indígenas buscaron la manera de cambiar sus apellidos por apellidos castellanos, se destruyeron valiosos elementos de la cultura originaria y se dejaron de recitar los poemas que habían sobrevivido a base de tradición oral.

La vida de El Salvador cambió en esa semana. Para mi familia no fue distinto: yo soy nieta de una indígena de la zona de Panchimalco, mis tíos abuelos, que en aquel año eran adolescentes, murieron en un fusilamiento en el pueblo. Tenían 13, 15 y 16 años. No eran comunistas. Solo sobrevivieron mis bisabuelos, mi abuela y mis tías abuelas. Ese fue el común denominador de aquellos días de terror: las familias se quedaron sin hombres jóvenes, sin adolescentes. También murieron ancianos, mujeres y niños, pero en menor escala.

Mi bisabuelo decidió hacer lo único que pudo: huir y cambiar nuestro apellido. Desde aquel año nuestro apellido original se perdió. Era Tecpan. Ahora mi apellido por parte de mi madre es Palacios. Tecpan en náhuat significa “palacio”. Yo no soy yo. Así lo siento. Esto que siento cuando recuerdo los sucesos del 32 es una especie de falta de identidad, una falta de algo que nos define como nación. No conocí a mi abuela, es una figura mítica para mí, ella murió a los 38 años a causa de cáncer de útero. Mi mamá tenía 4 años. Era la única que pudo haberme contado lo que vivió a los 12 años durante esa semana en que se quedó sin hermanos.

Durante mi adolescencia me obsesioné y busqué respuestas, y todos los caminos me llevaron a las ancianas de Panchimalco: fueron ellas quienes me contaron parte de lo que se vivió en aquel entonces. Fueron ellas quienes me han dicho algo muy cierto: una parte de nuestro país se murió en aquel año de 1932 y nunca hemos podido recuperarnos de esa pérdida.

VoxBox.-

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Escritora amateur, planificadora compulsiva, dueña de tres gatos, madre a posteriori. Un poco cínica, un poco distraída.

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