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Escribir: la locura asumida

Detalles.- Cabría que pensar que sí. O al menos considerar la cuestión. En especial cuando Kay Redfield Jamison —profesora de psiquiatría en la Universidad John Hopkins— demostró en su libro Tocados por el fuego que los artistas tienen 8 veces más posibilidades de sufrir una enfermedad mental seria (especialmente desorden bipolar) que el resto de la población.  Eso sí, la mayoría de los escritores nunca atribuye su enfermedad al arte, sino que se refugia en él para hacer frente a la depresión.

Y es que quizás la literatura sea, como decía Homer Simpson del alcohol, causa y solución de todos nuestros problemas.

Casos famosos de otros autores como Sylvia Plath, Mark Twain, Emily Dickinson, Stephen King, David Foster Wallace e incluso J. K. Rowling hablan por sí mismos. De hecho, los problemas psicológicos son tan frecuentes entre escritores, que Hemingway llegó a llamarlos “la recompensa del artista”.

Históricamente, desde el romanticismo se ha visto la enfermedad mental como una especie de “precio a pagar” por la especial conexión con el elemento divino que tenían los escritores.

Después se interpretó en clave más pragmática: los escritores pasan muchas horas solos, pensando, y es una dedicación narcisista en la que se compite constantemente con los otros miles de novelistas, poetas, y dramaturgos que optan a uno de los pocos puestos que les asegurarían un lugar en el canon.

Sin embargo, un estudio de la Universidad de Graz (Austria) desarrollado por el científico Andreas Fink podría tener una respuesta mucho más ajustada a la realidad.

Fink encontró una relación entre la “habilidad para crear una idea” y la incapacidad para suprimir la actividad del precúneo. 

El precúneo es una parte del lóbulo parietal superior del cerebro que en los sujetos sanos se activa cuando la persona descansa. Su activación está relacionada con la autoconciencia y con la gestión y reevaluación de recuerdos. Es decir, con pensar en las actividades realizadas y en nuestra propia vida.

En las mentes de los escritores, sin embargo, esta área cerebral está casi constantemente activada.

Es decir, un artista nunca descansa, nunca deja de juzgar todo lo que sucede comparándolo consigo mismo, tratando de encajarlo en su propia experiencia y adecuándolo a sus recuerdos, lo que produce un casi inevitable desgaste mental.

Si la tesis de Fink fuese cierta, esto querría decir que la enfermedad mental no es un don de los escritores, ni una maldición, ni una casualidad: es un caso de enfermedad laboral, igual que lo es la hernia en los albañiles y la silicosis en los mineros.

Sin esta atención total, sin esta sutileza para observarlo todo, difícilmente podemos comprender la figura del escritor. Las grandes obras de la literatura, de hecho, se caracterizan porque son capaces de apreciar —y de dotar de significado— cosas que los lectores no habíamos visto, o que habíamos ignorado.

VoxBox.-

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